“A los chicos les digo: dejen el celular e imaginen, sueñen”

Una charla con Bernardo Vides Almonacid: artista, maestro y, sobre todo, un enamorado de la vida.

30 Oct 2019 Por Guillermo Monti

- ¿Qué es Tucumán para vos?

- Mi lugar en el mundo. Cuando estás afuera mucho tiempo salís y tratás de encontrar el Aconquija. Es una estupidez para algunos, pero a mí no ver el cerro me causa una angustia muy grande. Lo primero que hago cuando me levanto es ver la montaña. Me encanta Tucumán, a pesar del embrollo que es a veces caminar por acá. Pero en ninguna otra parte sentís ese perfume de mediados de agosto: los azahares, los lapachos, todo eso es poesía.

- ¿Y cómo se define la tucumanidad?

- Me resulta extraño. Tengo amigos que han ido al exterior y se regodean con la limpieza, con la educación de la gente. ¿Por qué acá hacen lo contrario? Creo que es un problema cultural, casi atávico. Hay gente que insulta a un chiquito que va a limpiarle el parabrisas en una esquina y sin embargo hablan de la religión y de amar al prójimo. Como cristiano es algo que no entiendo.

- Contanos de tu infancia.

Soy de Villa Santillán, que serían todas las manzanas entre la Viamonte y la Bulnes. Cuando yo era chico, la Bulnes era un arroyo con una arboleda hermosa donde a veces íbamos a bañarnos. La última casita de la calle Uruguay era la nuestra. Fue una infancia muy feliz, con la dicha de tener una familia extraordinaria. Mi papá era ferroviario, después fue visitador médico, después profesor de religión, poeta, filósofo y escritor. Era un loco que hacía teatro en la calle, y lo escuchábamos en la radio porque también hacia radioteatro.

- ¿De dónde viene tu inclinación artística?

- Terminábamos de comer y mi mamá tocaba una campanilla. Entonces íbamos con mis hermanos a la biblioteca y cada uno sacaba un libro. A la media hora ella volvía a tocar la campanilla y teníamos que escribir sobre lo que habíamos leído. Mi mamá no terminó la primaria, pero tenía una intuición fantástica. Para mis cumpleaños me regalaba papeles, tintas, acuarelas.

- Y a la vez te enamoraste de los dibujos animados...

- A los 8 años iba a la biblioteca Sarmiento o a la Alberdi. Ahí copiaba de los libros, había muy poquito material. Una vez llegó una revista con un artículo que explicaba cómo se hacía un dibujo animado. Imaginate, no existían las fotocopias. La bibliotecaria, que ya me esperaba con un mate cocido y una tortilla, me dijo “esto no se lo digas a nadie”. Cortó la hoja y me la entregó. Todavía la tengo. Después tuve la dicha de conocer a Fued Amin, que además de ser un gran artista fue un gran hombre. Él se puso en la tarea de estudiar dibujo animado para explicarme cómo se hacía.

- Además tenés un enamoramiento con la tinta china, ¿no?

- Es una pena que ya no haya tinta china. Yo abría el frasco, lo olía, y sentía el perfume de Dios. Para mí desde chiquito era el espíritu, porque podía dibujar con un palillo, con una caña o con una pluma de gallina.

- Otra de tus facetas pasa por las historietas. ¿Cómo se dio?

- Comencé a publicar a los 17 años. José Ignacio García Hamilton fundó el diario El Pueblo y no sé cómo se enteró de que yo tenía el personaje de Goyito el Lustrín. Le gustó y así empezó a salir. Después estuve en el vespertino Noticias, donde dibujaba El Tío, una historieta absurda que me gustaba mucho pero que por presiones de los militares dejó de salir. Eso ya era al comienzo de la dictadura. Goyito pasó al diario La Tarde y Magoya salió hasta el 99, ya en LA GACETA.

- Hablaste de la dictadura. ¿Cómo te trataron esos años?

- Tenía un grupo de amigos y llevábamos cine a las villas de emergencia. También enseñábamos cómo se hacía una huerta, cómo tratar el agua para evitar las enfermedades, a formar cooperativas... La gente se sentaba y no es que se sentía feliz, sino importante. Cuando el otro se siente respetado se abre a lo que puedas decirle. Bueno, eso parecía que era subversivo y así nos trataron. De hecho, mis amigos están en el Pozo de Vargas. Yo me salvé gracias a los monjes benedictinos. ¿Qué hacíamos de subversivo? Lo nuestro era amar al prójimo, y yo, como cristiano, estaba comprometido con el que sufría. No nos interesaba la idea política.

- ¿El cristianismo es el hilo conductor de tu vida?

- Sí, desde chiquito. Yo los oía a mi mamá y a mi papá cuando tomaban mate, estaban leyendo algún pasaje de la Biblia y lo comentaban. Yo los escuchaba. Por eso para mí la Biblia es la razón de vivir, ahí está todo. En la primera carta de San Juan dice muy clarito: “el que dice amar a Dios y no ama a su prójimo es un mentiroso. Porque, ¿cómo puede amar a Dios, al que no ve, y no amar al prójimo, al que ve?” Eso caló hondo y todo lo que hice fue a partir de esa premisa.

- Del humanismo se desprende el amor por la naturaleza, otra de tus luchas.

- Es lo que vengo predicando desde siempre: hay que cuidar la naturaleza o nos extinguimos como especie. Pero me da esperanza la actitud de los jóvenes.

- ¿Sos optimista a toda prueba?

- Por supuesto. Te cuento lo que me pasó: estaba con el plan de construir una casa para irme a vivir cuando me jubile y tenía ahorrados 63.000 dólares para empezar a construir. Le hicieron el “cuento del tío” a la señora que trabaja ahí y se robaron todo. Me quedé sin la casa. Pero bueno, por algo será, como dice mi esposa. Dios querrá que tengamos otro lugar u otro fin.

- ¿Cómo afrontás situaciones tan complejas sin enloquecer?

- Vos creerás que soy un místico. Yo leo la Biblia. Si todo el mundo la leyera todos los días no habría violencia, no habría destrato, no habría desprecio hacia nadie. Y lo que te toca te toca. Algunos pondrán pensar que soy un estúpido, pero no me importa. He pasado tantas cosas... Mirá, las veces que descubría que algún amigo estaba en el Pozo de Vargas me daba alegría, por supuesto que combinada con el dolor, pero era un cierre. La mamá de un amigo que no sabe dónde está su hijo pide un lugar para ir a poner una vela, rezarle. Ella no pudo cerrar eso.

- ¿Cómo es tu relación con el arte?

- El arte es como leer la Biblia, un descanso espiritual. Todo lo que hago es arte. Es más, me conocen mucho más afuera que acá. Hay dos formas de encarar un lienzo, es como el escritor que se sienta frente a la máquina: puede tener una idea de lo que va a escribir o nada, y sale sola. Lo mismo pasa frente al bastidor. Generalmente uso las dos manos para trabajar en el lienzo, en una con la espátula y en la otra con el pincel. Y van saliendo cosas hermosas que te ayuden a alienarte, a despejarte. Entonces en vez de tomar una pastilla tranquilizante te ponés a pintar.

- ¿Qué te inspira?

- En el fondo todos somos artistas, nada más que la cotidianidad obliga a andar corriendo siempre atrás de algo. La utopía mía es hacer cosas lindas, y sabés que nunca vas a terminar, porque siempre hay algo mejor. El artista ve belleza donde no hay, inclusive en un tacho de basura podés descubrir planos, luces, contraluces, y eso es arte.

- Definí tus trabajos en dibujo animado, con los que tanto te reconocen en el mundo.

- Música e imagen en armonía perfecta. Vos tomás el cronómetro y te fijás cuánto dura un compás o una frase. Por ejemplo, un segundo y medio. Bueno, son 36 fotogramas. Hacés una marquita en el número uno y una marquita en el 36, y empezás a jugar. Y me pasó no usar la cámara para filmar, porque se había roto y no tenía un mango para arreglarla. Además se había velado la película, así que tuve que lavarla con lavandina y quedó transparente. Después me puse a dibujar cuadrito por cuadrito y quedó “La cumparsita”, junto con otras músicas. Estaba en París y decía para mis adentros “esto no es arte, es subdesarrollo” (risas).

- Pero la cuestión es no rendirse.

- Si no tenés recursos, pero tenés ganas e intuición, lo hacés. Por eso les digo a mis alumnos: “ustedes no tienen derecho a no crear, porque tienen los instrumentos que yo no tenía”. Lo mío era todo artesanal. Ahora pueden hacer un dibujito y ya lo están subiendo a YouTube, es genial. Yo no tuve eso, tuve lo otro, que capaz que es lo que me ayudó a ser más creativo.

- ¿Cuáles son las condiciones que no pueden faltarle a alguien que enseña?

- Amor y gratitud. ¿Por qué? Cuando uno enseña más aprende, y cuando el alumno ve que entregás todo lo que tenés recibís su cariño.

- ¿Y cómo sos en el aula?

- Por ahí peco de soberbio, pero me gusta más cuando me dicen maestro en lugar de profesor. ¿Sabés por qué? El profesor se va; el maestro enseña y se queda. El maestro atiende al alumno que le llega el domingo a las 4 de la tarde porque quiere preguntar una cosa. O a una chica que aparece un sábado porque no le sale un dibujo y quiere saber cómo hacerlo. Vos tenés que estar, son hijos.

- ¿Qué les pedís a tus alumnos?

- Que durante dos horas diarias apaguen el celular, salgan a caminar, miren los pájaros, las flores, la gente... Escuchen qué se dice en la parada del colectivo, porque de ahí salen las ideas. ¿De dónde crees que salían mis historietas? De lo que escuchaba.

- No es sencillo hacer contacto con los chicos hoy. ¿Te pasa?

- Es una generación diferente, pero la entiendo, de lo contrario no podría ser profesor ni maestro. Cuando a los chicos los entendés los vas llevando a que se identifican con lo que les estás diciendo, hasta que lo aceptan. Una vez vino la madre de un alumno, quería conocerme. Me dice: “quería agradecerle lo que hizo por mi hijo. Dejó las drogas porque se pasa todo el día dibujando y filmando”. Ahora él está trabajando en una agencia publicitaria en Buenos Aires, ¿cómo no te va a conmover una cosa así? Después de 38 años en la universidad tengo alumnos que me abrazan en la calle con ternura.

- ¿Sos un tipo feliz?

- ¡Si! Tengo una esposa que es lo más extraordinario que hay en el mundo. Dos hijos extraordinarios. Dos nueras extraordinarias. El hombre ambicioso cree que va a ser feliz cuando tenga todo, pero cuando tenga todo va a querer más, así que no va a ser feliz nunca. Mirá, tengo un jardín grande, con un montón de plantas, que se llena de picaflores. Ver eso es extraordinario. La gente que se pierde eso, o se pierde un atardecer porque está apurada, solamente va a ser feliz si se pone a ver “Friends”. Hay que disfrutar las pequeñas cosas, y cuando te tocan momentos feos decir “ya va a pasar”.

- Y para todo, empezando por la vida, hay un final. ¿Cómo lo esperás?

- Si tuviese miedo no creería en Dios.

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