"Soy un escritor tucumano, aunque haya nacido en Quilmes”

Es un escritor atípico, excéntrico, con señas artificiales que nos remiten a un autor extranjero. Es, no obstante, un autor ineludible para entender cabalmente la literatura argentina del siglo XXI. Y, al mismo tiempo, un autor que despedaza la solemnidad que connota ese rótulo y que provoca desde los títulos de sus libros. Washington Cucurto es Santiago Vega, un narrador que hace 20 años no para de publicar libros como La máquina de hacer paraguayitos o Cosa de negros. Es uno de los fundadores de Eloísa Cartonera, editorial con la que hace libros con material reciclado comprado a cartoneros. También pintor y dibujante. Un hombre múltiple, al que vale la pena conocer mejor.

12 Ago 2018
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ENTREVISTA A WASHINGTON CUCURTO

Por Alejandro Duchini

PARA LA GACETA - BUENOS AIRES

Santiago Vega, conocido como Washington Cucurto o Cucu, suele escribir desde temáticas que rozan el humor: sus personajes atraviesan situaciones irrisorias en terrenos infrecuentes: bailantas, supermercados, colectivos o fiestas donde abunda lo popular. Siempre hace que el lector dibuje una sonrisa. Editor, pintor y dibujante, además de escritor, acaba de publicar la novela Con todas mis fuerzas (Planeta), donde cuenta las peripecias de un adolescente por ingresar al Colegio Nacional de Buenos Aires. Por otro lado, Cucurto reinició una muestra de sus dibujos. Mientras, sigue al frente de su emprendimiento Eloísa Cartonera, con el que edita libros sobre la base de material reciclado comprado a cartoneros. Y hay más: el también escritor, poeta y periodista Facundo Soto publicó el recomendable Conversaciones con Washington Cucurto (Blatt & Ríos). Más de 300 páginas de entrevistas y repasos de sus libros. Este panorama ayuda a entender que Cucurto, más allá de su perfil bajo, no es un autor más de la literatura argentina de las últimas dos décadas.

Sin embargo, en diálogo con LA GACETA Literaria se define como “un autor no profesional”. Tampoco se toma la escritura con solemnidad. Ni se toma muy en serio a sí mismo. Todo esto lo comenta mientras cena unas milanesas que comparte con sus hijos. “Vienen muertos de hambre, así que hay que comer a esta hora”, dice a las 7 de la tarde.

- No a cualquiera le dedican un libro entero (Conversaciones con Washington Cucurto) mientras sigue publicando. No son frecuentes estos halagos en vida. ¿Cómo te llevás con el ego?

- Facundo Soto es un tipo muy interesante. Un escritor border, un amigo. Tiene buenos libros, como Olor a pasto recién cortado o Juego de chicos. Es un lindo personaje para retratar: te lo recomiendo. Hace una literatura alternativa. Este libro le llevó un año o año y medio de proceso a través de viajes, charlas. Él iba anotando, grabando y de a poco lo armó. Fue muy llevadero hacerlo. No se notó que podía convertirse en un libro, porque al principio lo encaramos como un reportaje, pero después salió bien. Mucho de egos no sé porque siento que todavía no aprendí bien cómo es esto de la literatura. Soy una persona que no pudo aprender. Entonces eso me saca un poco del ego porque siento que me faltan conocimientos. Estoy agradecido con que pude publicar libros y mantenerme publicando y encontrando lectores que siempre me dicen que se rieron con una historia mía o que me repiten un poema escrito por mí. Tengo cero ego. En eso soy muy relajado.

- En Conversaciones con Washington Cucurto le decís a Soto que te gusta mezclar al escribir, o “romper con el purismo”.

- Son cosas que me salen. Ahí me preguntan por Cosa de negros (Interzona, 2003). Intento promover el desfachamiento de los personajes, le digo a Soto. A veces es difícil caracterizar a los personajes. No soy un escritor profesional, así que hay muchos temas importantes de la literatura que no los tengo muy claros. A lo mejor no sé darle una voz a los personajes.

- ¿Qué considerás por escritor profesional?

- Cuando digo profesional me refiero a algo que se puede ver mucho en la cultura argentina o latinoamericana. Hay ciertos escritores norteamericanos o europeos que tienen todo elaborado aún antes de escribir la novela. Nuestra cultura, que es fragmentaria y viene de la inmigración, no termina de ser identitaria, siempre aparece ese quiebre, esa duda, que hace que los escritores argentinos elaboremos los libros a medida que los vamos escribiendo. Es algo de nuestra cultura. No pasa con escritores de, por ejemplo, Europa o Estados Unidos, salvo que sean experimentales, alternativos. En Estados Unidos inclusive hay carreras (universitarias) para escritores. Tal vez en esa línea podrían estar nuestros escritores más afrancesados, como Borges o Cortázar: no tienen margen de error. Pero los argentinos por lo general empezamos a escribir en una especie de pantano, sin saber adónde vamos. Son distintos procedimientos más relacionados con la cultura. En ese sentido no me considero profesional porque cuando escribo un libro no tengo idea de hacia dónde iré.

- ¿Qué buscás el escribir?

- Contar lo que sucede a través de mi mirada. Si uno se sienta, y sigue una metodología, cada libro se puede sacar adelante. Es lo que puedo hacer.

- ¿Disfrutás?

- Me siento cómodo. Escribiendo es dónde mejor me puedo desarrollar según mis temas, mis inquietudes, mis intereses. Si de repente me dicen que escriba una novela con un determinado desarrollo no podría hacerlo. Porque nunca lo hice y porque no es mi forma de escribir.

- ¿En Con todas mis fuerzas buscaste contarte a vos desde la mirada de un adolescente?

- No. Este último libro, como todo libro mío, es una aventura tanto para escribirlo como para leerlo. En este caso partí de una anécdota que se me ocurrió en 2014, cuando uno de mis hijos quería entrar al Colegio Nacional de Buenos Aires. Yo lo acompañaba y me empecé a relacionar con ese mundo. Entendí que ahí había un tema.

- Apelás a la cotidiano.

- Claro. Hace poco fui a Catamarca y conocí a un pibe de 18 años que era futbolista, que llegó a Primera, pero se lesionó y tuvo que dejar. Terminó siendo una historia muy linda, porque desde entonces empezó a leer. Dice que los libros como los de Sidney Sheldon lo salvaron. Es un muchacho que renace, que se reinventa. Ahí encontré un personaje sobre el que seguramente escribiré. Así van surgiendo mis historias. Tiene que surgir una idea para que uno se ponga a escribir. Puede ser una vivencia propia o algo que te cuenten.

- ¿Por qué tus personajes no tienen maldad?

- Se me hace difícil construir personajes. Me siento más ubicado en lo satírico, lo burlesco. En mi escritura, la maldad no tiene un lugar, por lo que mis personajes son más livianos. Además es difícil construir un personaje realmente malo.

- ¿Quiénes te gustan entre tus colegas?

- Walter Lezcano es un escritor talentoso, productivo, con muchas ideas, movedizo, con condiciones. Está desarrollando una obra muy interesante en poco tiempo: escribe y publica bastante. Leo Oyola también me gusta; sus historias de malandras de la provincia de Buenos Aires me gustan. También me gusta el lenguaje oral que utiliza. Y Pedro Mairal, por cómo construye sus historias de amor, sus relaciones con las mujeres y cómo las vuelca a sus libros. Es altamente comunicativo. Después, Fabián Casas y Fernanda Laguna. Cecilia Pavón me parece una genia total. Y Mariana Enriquez. Son escritores relacionados con lo que hago yo. Autores siempre cercanos porque son contemporáneos. Entonces se los lee de otra manera.

- ¿Cómo anda la editorial Eloísa Cartonera?

- Estamos seleccionado autores suizos para publicar próximamente. E incorporaremos a escritores como Alejandro Caravario, Ariel Schettini y Guillermo Bravo. Por ahí viene la cosa. Es un orgullo la editorial. Bajó la venta. Estamos en un momento duro, el más duro desde que empezamos.

- ¿Seguís con tu exposición de dibujos y pinturas?

- Estamos desde agosto, por tiempo indeterminado, en el departamento de un amigo galerista, en el centro de Buenos Aires (Cerrito 446, CABA). La muestra es de dibujos sobre papeles, afiches, gráficos, servilletas y tela. Se llama Deseo y ternura.

- ¿Cuál es tu proyecto como escritor?

- Estoy escribiendo la continuidad de Fran Vega, el protagonista de Con todas mis fuerzas, pero un poco más grande. Le suceden algunas cosas que completan el primer libro, cuando no entró al Nacional. Ahora tiene 20 años.

- ¿Al final tu hijo entró al Nacional?

- No. Entró al Otto Krause.

© LA GACETA


PERFIL

Santiago Vega nació en Quilmes, en 1971. Vivió tres años en Alemania becado por la Akademie Schloss Solitude. Entre sus libros, pueden mencionarse La máquina de hacer paraguayitos, Veinte pungas contra un pasajero, Cosa de negros, Las aventuras del Sr. Maíz, Hasta quitarle Panamá a los yanquis, El amor es mucho más que una novela de 500 páginas, 1810. La revolución vivida por los negros y Sexibondi. Fue traducido al alemán, inglés y portugués. En diálogo con este diario, se ríe mientras cuenta que se considera autor tucumano: “Mi mamá es de Tucumán. Olga del Valle Aguirre, se llama. Tiene 87 años. Y también están ahí mis primos Guillermo y Rosa Abregú... Conozco algunas zonas de Tucumán, como San Miguel o Tafí, que me encanta. Ojalá me inviten, que me llame la gente de la Universidad de Tucumán: soy un escritor tucumano, aunque haya nacido en Quilmes”.

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