Paganelli, el fotógrafo de Tucumán

Llegó hacia fines de la década de 1860; su foto de la Casa Histórica fue clave para la reconstrucción del solar y su trabajo, que se extendió por décadas, abarcó toda la provincia

17 Jul 2017

Es una reliquia viviente de la sociedad tucumana, este señor Ángel Paganelli, radicado entre nosotros desde hace más de sesenta años. Ejerció su profesión de fotógrafo desde su llegada hasta hace quizá unos quince años, y cerró su laboratorio. Su archivo valiosísimo pudo resultarle una fortuna y, por su desprendimiento, muchos sacaron provecho, menos el propio dueño. ¿En qué familia no se conservan retratos de la fotografía de Paganelli?. Con estas palabras se iniciaba el artículo titulado “Don Ángel Paganelli” que abría la sección Recordando el pasado del suplemento del domingo 17 de julio de 1927 y que llevaba la firma del recordado José Fierro.

Paganelli es recordado por su fotografía del frente de la Casa Histórica de la Independencia tomada en 1868 o 1869 que sirvió para la restauración de 1943 realizada por el arquitecto Mario Buschiazzo. Con ella se pudo recuperar el frente original de la propiedad de Francisca Bazán de Laguna. Hacia 1874 la Nación adquirió el inmueble para sede del Correo y del Juzgado Federal. En 1875 se dispuso una reforma integral. Se demolió el frente que presentaba graves deterioros y se lo reemplazó por “una fachada neoclásica, con pilastras y medias columnas dóricas soportando un entablamiento y gran frontis”, describe Buschiazzo. Unos 30 años más tarde fue todo demolido para la reconstrucción de 1904 que dejó solamente intacto el Salón de la Jura.

Volviendo a Paganelli, como dice Carlos Páez de la Torre (h), “resolvió, sin imaginar remotamente la importancia que su toma tendría con el tiempo, registrar el ya derruido frente del caserón”. Su foto es hoy reconocida pero el hombre detrás de la cámara fue un retratista de los tucumanos y de Tucumán durante muchos años. Fierro recordaba que el fotógrafo llegó a Buenos Aires un 24 de agosto de 1860. Era un joven lleno de ilusiones y confianza que llegaba en busca de un seguro porvenir. Poco tiempo después comenzó a trabajar en Córdoba junto a su hermano José. Más tarde se independizó y se vino a Tucumán en tiempo del gobierno de los Posse (José y Wenceslao). Gobernaron entre 1864 y 1867. Había nacido en 1832 en la ciudad de Sassetta en la provincia italiana de Spezia, entre Pisa y Génova sobre la costa del mar de Liguria. Sus padres fueron Juan Bautista Paganelli y Paula Bertonelli.

Era Paganelli un gallardo joven, muy culto y elegante, y tan simpático para nuestras niñas como el Príncipe de Saboya que nos ha visitado últimamente, expresaba Fierro en relación a la visita de 1924, del que se convertiría en el rey Humberto II (por apenas 33 días al tener que dejar el cargo en junio de 1946).

Su llegada al Jardín de la República coincidió con el regreso del ejército aliado de tucumanos y santiagueños que a las órdenes del ex gobernador José María del Campo volvía vencedor de Catamarca y La Rioja. El retorno tras el triunfo sobre las montoneras era esperado por el pueblo Tucumán que adornó con arcos triunfales y con banderas blancas y celestes las calles céntricas, el Cabildo (que fue demolido en 1908 para darle lugar a la Casa de Gobierno) y las plazas. Este estado de fiesta impresionó al joven italiano que decidió probar suerte e instaló su taller en calle 24 de Septiembre en unos cuartos alquilados a la señora Jesús Pérez. Por entonces no había fotógrafos en la provincia ya que debido a sus tareas docentes habían dejado atrás la daguerrotipo -así se denominaba a la técnica usada por entonces para tomar fotografías y desarrollada por el francés Louis Daguerre- los profesores Amadeo Jacques y Alberto Cosson.

Como buen emprendedor desde el primer instante Paganelli cautivó a las mejores niñas de nuestra sociedad. Las invitaba a visitar su taller, las retrataba y las obsequiaba con una hermosa fotografía. Pero quizás tanto atrevimiento inicial era demasiado para la etiqueta de la sociedad tucumana. El entusiasmo de las jóvenes chocaba con la tenaz oposición de las señoras de edad y se propagó la famosa idea de que hacerse retratar era lo mismo que desafiar a la muerte. Al igual que en el presente las nuevas generaciones aceptaban las nuevas tecnologías con mayor naturalidad que los adultos. La idea que le abrió el camino fue que sacara fotografías a domicilio y que las señoras se retrataran vestidas de reinas. Cundió efecto y su presencia comenzó a ser requerida al imponerse la necesidad de que hacerse retratar era la mejor manera de conservar recuerdos de familia. El muchacho italiano adquirió gran popularidad entre el bello sexo. Fierro relata una anécdota: una noche tardaron en regresar al hogar dos niñas distinguidas y el padre de una de ellas las encontró en las pruebas, es decir en el circo, ocupando un palco en compañía de Paganelli. El relato se detiene allí pero podemos imaginar las diatribas de los padres a las muchachas al regresar. El texto dejaba en claro que el fotógrafo siempre cultivó la discreción y el respeto. Se popularizó gracias a su trabajo que presentaba a las damas ataviadas como reinas y sus coronas eran los pabellones de las camas de bronce. En su gabinete había una sala alfombrada, una cortina, una balaustrada y una pila de libros. Si el retratado era un hombre posaba el pie en la balaustrada y los libros a su lado. Si en cambio era mujer había una maceta. Dos o más personas, una de ellas sentada. A los niños los presentaba sentados en el suelo. Y sus palabras antes del disparo eran “puede pestañear pero no moverse”.

En abril de 1869 se casó con Francisca Solana Rojas en la iglesia de La Merced y el estudio se trasladó a la primera cuadra de calle Maipú. El ferrocarril hizo crecer la llegada de forasteros que querían vistas fotográficas de Tucumán. Paganelli, el único en ese arte, comenzó a obtener imágenes de los principales edificios y sitios; gracias a ello se han conservado importantísimos recuerdos del Tucumán antiguo. Fierro destacaba ya la trascendencia de sus fotos de la Casa de la Libertad.

Retirado de la actividad y con la llegada de las fiestas centenarias, comenzó la plaga de los buscadores de documentos para el conocido cuento de un libro en preparación y uno tras otro corrieron a escarbar y aprovecharse de sus archivos.

El recuerdo de Fierro hacia el hombre que dejó una huella de imágenes del pasado de los tucumanos y de los argentinos se realizó precisamente 90 años atrás. Y justo un año antes de su fallecimiento, a los 96 años, el 17 de julio de 1928.

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