La basura forma parte del paisaje tucumano

03 Ene 2013
A esta altura podría ser considerada un producto típicamente tucumano. Su presencia no pasa inadvertida en nuestra capital y en el paisaje y a veces su protagonismo es excesivo. La basura forma parte activa de la vida de los tucumanos desde hace muchos años. Ella, por cierto, no nace por generación espontánea, sino gracias a vecinos desaprensivos que arrojan los residuos en la vía pública o le pagan a un carrero para que lo haga. Los lugares preferidos son los baldíos, pero también la calle.

Por ejemplo, este primero de enero, en uno de los costados de la ex Cerámica Matas, en Castro Barros al 900 (altura avenida Belgrano al 3.400) yacían unos 50 metros de desechos de todo tipo. El resto había sido arrastrado por el agua caída durante la madrugada. Vecinos de los barrios Modelo y 204 Viviendas le dijeron a un cronista de nuestro diario que en los últimos días la empresa 9 de Julio había recogido los desperdicios con topadoras y camiones, pero en los días subsiguientes, el basural reapareció. Dijeron que los carreros son los que arrojan escombros y residuos de todo tipo a lo largo de la calle. Aunque también señalaron que hay personas que pasan en auto o en camioneta y tiran allí sus bolsas con desechos. En la tapa de nuestra edición de ayer, publicamos una fotografía enviada por una vecina, en la que se ve a un hombre subida en la caja de una camioneta, tirando una bolsa.

Hay otros vaciaderos emblemáticos como los de 9 de Julio y Alsina, avenida Roca y Güemes, Lavaisse y Miguel Lillo, y Congreso al 1.800. También suele haber basura en forma permanente en la Salas y Valdés, entre Gobernador del Campo y Villarroel.

La Ley N° 7883/07 establece que la Policía provincial está facultada para controlar el traslado y el depósito de residuos, así como también prescribe las sanciones para quienes contribuyen a alimentar los basurales a cielo abierto. Sin embargo, la norma no está vigente porque, como muchas otras leyes, no ha sido reglamentada.

Sería interesante consultar a ciudades como Mendoza que han alcanzado renombre por su afición a la limpieza. Por ejemplo, en el Gran Mendoza -la capital y otras cinco ciudades- funcionan varias plantas de tratamiento de basura. Allí se hace una selección y se trabaja con celdas sanitarias. Parte de lo seleccionado se destina a la producción de abonos y se separan los vidrios, plásticos y metales. En Maipú y Luján de Cuyo, se aprovecha el 60% de los residuos. La capital del vino también padece el problema de los carritos, aunque los basurales sólo se forman en los baldíos; aún se mantiene la cultura del vecino que lava la vereda.

Muchas de las cosas que funcionan eficazmente en otras geografías, fracasan en Tucumán porque la inconveniencia no está en los métodos ni en los programas, sino en la gente. Ello significa que para revertir este problema social es necesario hacer pie en la educación ambiental. En alguna ocasión, hemos propuesto en esta columna que se introdujera ya en jardín de infantes -y prosiguiera hasta la universidad- la enseñanza del cuidado del medio ambiente o se trabajara con los centros vecinales. Por ejemplo, podría designarse un responsable de manzana -que fuera rotativo- para que se ocupara de concientizar a sus semejantes de la importancia de la higiene. Tal vez, ello ayudaría a cambiar un hábito que debería avergonzarnos a los tucumanos.

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