Gombrowicz o la cabal sinceridad

La clave del magnetismo que produce la lectura del escritor polaco (que quedó 24 años varado en la Argentina) reside en su signo inasible. Siempre hay algo que se escapa. Su viuda lo definió como un "cazador oficial de mentiras culturales". Por Jorge Consiglio para LA GACETA - Buenos Aires.

08 Ene 2012
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AQUELLA LÚDICA MORDACIDAD. En los textos de Gombrowizc hay un elemento cohesivo que permite que sus personajes deambulen por imaginarios determinados por la lógica de las pulsiones y por los exorcismos del deseo sin quebrar el verosímil.

El camino que lleva hacia las lecturas decisivas se aleja de las rectas; su rumbo es caprichoso. Cuando mi hija mayor tenía seis años, fui un mediodía a buscarla al colegio. Había otro padre en la puerta. Estaba leyendo un libro apoyado en un cantero. Yo lo conocía vagamente. Era Nacho Zoppi, el mejor librero de Buenos Aires. Busqué cualquier excusa para interrumpirlo: quería enterarme del nombre del autor que lo tenía encandilado. Hablamos hasta que salieron los chicos. El tema: Gombrowicz. Yo tenía alguna noticia acerca del polaco, pero mi curiosidad se había detenido antes de descubrirlo.
Zoppi cargaba Cosmos, que Gombrowicz define en su Diario como una "especie de novela policial". Había una escena, sobre todo, que había deslumbrado al librero. Y como las pasiones, si son genuinas, crecen cuando se las comparte, Zoppi me propuso leer en voz alta el fragmento en cuestión. Se calzó unos anteojos demediados y usó su talento para mostrarme el rumbo. Eligió la parte en que Fuks y el narrador, buscando amparo de un sol implacable, se meten entre unas matas y descubren a un gorrión colgado de un alambre "con la cabeza inclinada y el pico abierto". La imagen me impactó de inmediato. La extravagancia del hallazgo conjugaba horror con belleza. El pájaro muerto era una mueca congelada, un espasmo que articulaba lo gratuito en el sopor del tiempo. No se trataba del mero disparador de la intriga, sino de algo más complejo, una especie de crudo aleph que exigía el estupor de los exégetas.  
La historia es conocida: el gran Witold entró en el nodo argentino forzado por las circunstancias. Corre el mes de junio de 1939. Un grupo de intelectuales y periodistas polacos llega a Buenos Aires en el viaje inaugural de un trasatlántico. No planean una estadía prolongada; sin embargo, en septiembre Alemania invade Polonia y este hecho todo lo cambia. Gombrowicz se queda en Argentina hasta que la situación se calme. Pasan 24 años. En ese tiempo, el polaco expande en una obra única, por las características de su factura y por su solidez, el conflicto entre la infancia y la madurez. Lo verdaderamente impactante es que la esgrima entre estos conceptos no se agota en el marco de la ficción, sino que constituye una ética que determina hasta el último segundo de la vida del polaco. Y, justamente, ese pilar de verdad es uno de los ingredientes que respaldan el verosímil torrencial de sus textos. En 1963,  escribe en su Diario: "La realidad que de pronto se desborda debido a un hecho excesivo". Esa excesividad, ese acontecer voluptuoso pero ordinario, es lo que Gombrowicz se ocupa de narrar en su obra.
A Cosmos me lo devoré enseguida. Recuerdo que lo compré en una librería que quedaba cerca de la escuela. Fui con mi hija de la mano, no bien nos separamos de Zoppi. Después, leí Ferdydurke, Pornografía y La boda, sin respetar el orden en que fueron escritas. También me fascinó el Diario Argentino. Creo que la clave del magnetismo que produce la lectura de Gombrowicz reside en su signo inasible. Siempre hay algo que se escapa, un ingrediente que merodea el umbral de su propio sentido. En algún punto, las obras del polaco conjugan la lógica de la filosofía con la impronta súbita de la imagen poética.   
En los textos de Gombrowizc hay un elemento cohesivo que permite que sus personajes deambulen por imaginarios determinados por la lógica de las pulsiones y por los exorcismos del deseo sin quebrar el verosímil. Se trata de cierta mordacidad lúdica mediante la que progresan las escenas. Hace poco, Rita Gombrowicz, la viuda del escritor, visitó la Argentina y le pregunté sobre el tema. Su respuesta me ayudó a entender algo más sobre la potencia de este recurso. Dijo que Witold empleaba, sobre todo, la dialéctica de lo lúdico porque "él era como una suerte de cazador oficial de mentiras culturales". Nada más cierto. Gombrowicz, como nadie, organizó una obra genial para desbaratar las trampas que tanto la conciencia propia como la ajena terminan por tenderse a sí mismas. © LA GACETA
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