"La escritura es un combate contra el silencio" - LA GACETA Tucumán

"La escritura es un combate contra el silencio"

Es uno de los escritores españoles más leídos y reconocidos. Aquí habla de sus inicios, de la influencia de Borges y de los cruces entre historia, política y ficción. "El escritor es lo contrario del político: el político toma un problema complejo, lo simplifica y lo resuelve; el escritor toma un problema complejo y lo vuelve más complejo todavía", afirma Cercas en esta entrevista realizada en su casa de Barcelona.

31 Jul 2011
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Por Fabián Soberón
Para LA GACETA - BARCELONA

- Me gustaría que me cuentes cómo fue tu formación intelectual. ¿Cómo te convertiste en escritor?
- No vengo de una familia de gente de letras. Mi padre era veterinario y mi madre una simple ama de casa, y además emigrantes. Nadie de mi familia ha sido una persona aficionada a las letras. Quizás mi abuelo, un tío abuelo que murió en la guerra y que era el héroe de la familia. Yo soy emigrante y eso es muy importante. Vengo de una familia que es de Extremadura y que emigró al norte de Cataluña y eso influyó mucho en mi formación. Eso que dice Pavese de que la literatura es un defensa contra las ofensas de la vida en mi caso probablemente se aplica porque si me hubiese quedado en Extremadura hubiese sido veterinario, como mi padre, o rentista. Pero al irme de allí la literatura fue un sitio donde yo estaba a gusto. Me aficioné a la lectura desde muy pequeño pero de una manera indiscriminada y no exactamente literaria. Y en la adolescencia descubrí lo esencial, los misterios de la vida y que la literatura está hecha con palabras. Descubrí la ironía, que es un buen instrumento para defenderte de las agresiones del mundo. Ahí me volví un chiflado de estas cosas, un freak. Hay muchas razones para mi dedicación a la literatura: en mi época todavía se decía que con la literatura se ligaba a las mujeres, lo cual es falso, pero cuando lo descubrí, fue demasiado tarde. En la adolescencia yo era el tipo más torpe de la historia, era una catástrofe con las chicas. Entonces pensé que la literatura podía ser algo interesante.

- Se podría decir que hay, al menos, dos figuras de escritor. La de Hemingway, un escritor que escribe desde su relación intensa con la aventura, y la de Borges, que añora la aventura pero que vive en una biblioteca. ¿Con cuál figura te identificas?
- Yo estoy más cerca de Borges, en todos los sentidos. Y qué alegría. Sí, yo no he sido un aventurero. El otro día mi hijo me preguntó quién era Jorge Semprún, que acaba de morir. Le conté la vida de Semprún y me dijo "pero tu eres un mariquita. Tu biografía es una mierda"; y yo le dije "sí". Semprún es el tipo Hemingway y yo soy el tipo Borges.

- La figura del intelectual ocupa un lugar central en tus ficciones. Pienso en Marcelo Cuartero, en el narrador de Soldados de Salamina, en el narrador de La velocidad de la luz. Creo que el personaje intelectual es una típica construcción de Borges. ¿Fue una decisión consciente imitar a Borges?
- No ha sido consciente pero? El otro día leía que Alberto Manguel dice que hay escritores antes de Borges y escritores después de Borges. Entonces yo soy después de Borges. Umberto Eco decía que él sería incapaz de escribir sin pensar qué pensaría Borges de esa frase. Y me parece que está muy bien. Yo creo que hay una literatura antes de Borges y otra después de Borges. Quien no es consciente de eso difícilmente me va a interesar como escritor, sobre todo en castellano. Así que ojalá me hubiese influido Borges. Claro, no hay nada peor que los "borgesitos", a eso hay que decirlo. Hace mucho escribí un artículo que se llamaba "Borges en salsa picante" y lo que decía es que a los maestros no hay que matarlos sino que hay que devorarlos, es decir, abrirlos, sacarlas las tripas, deshuesarlos, y comértelos enteros para que se conviertan en otra cosa. Eso es lo que hay que hacer con los maestros en general y, con Borges, en particular. Pero no se puede escribir sin él, como no se puede escribir sin Cervantes en castellano, como no se puede sin Quevedo. Desde luego no fue consciente la elección de la figura del escritor. Tienes razón tu que la mayoría de los libros tienen esa figura. Pero bueno, al fin y al cabo yo soy un escritor y es el mundo en el que me muevo. Fíjate que muchos son profesores universitarios en la época en que yo era profesor. De manera que eso responde simplemente a mi experiencia. La literatura es experiencia convertida en conocimiento. Entonces parto de mi experiencia para intentar convertirlo en conocimiento. Parto de lo particular, de lo individual para intentar convertirlo en lo universal. En mi caso, lo que ocurrió con Borges es curioso porque yo lo descubrí en la adolescencia. En la Wikipedia he visto que dice que yo descubrí a Borges a los 15 años. Con mis amigos, hicimos los cálculos y sí, yo lo descubrí cerca de esa edad. Y empecé a leerlo temprano por una profesora que estaba muy buena, una sex symbol; en parte ella fue culpable de que yo leyera a Borges muy temprano. Lo que ocurrió fue muy peculiar: a mí Borges no me hizo escritor. Al contrario, hizo que tardase mucho más tiempo en ser escritor. Y a esto lo he entendido después. El poeta Auden dice que para un escritor joven tener como modelo a un escritor enorme es malo. Si un chico inglés tiene como modelo a Shakespeare difícilmente va a escribir. Necesita un modelo más asequible. Entonces, dice Auden, Thomas Hardy es un modelo más asequible. Eso fue lo que ocurrió: como mi modelo era el mejor castellano desde Quevedo, o sea el de Borges, con ese modelo no pude escribir, tardé mucho en escribir. Yo empecé a escribir a los 14, pero de manera seria y regular a los 18. En ese tiempo lo que hacía era leer porque creía que había que leerlo todo y postergué mucho el principio de la escritura. Tenía sobre mí esa sombra alargada y aplastante.

- La prosa de tu primera novela, El móvil, es menos cuidada, está más cerca de la prosa de Cervantes, que la de tus últimas novelas. Me parece que Soldados de Salamina y La velocidad de la luz están escritas con una prosa más borgesiana. ¿Cómo crees que ha ocurrido ese proceso?
- Bueno, lo que dices es un gran elogio. Un escritor joven, relativamente joven, me ha dicho que mi mejor libro es El móvil. Y yo dije: ¡carajo! Si tu mejor libro es el primero, estamos en problemas. Yo creo que voy aprendiendo con el tiempo. Sólo puedo atribuirlo a eso: espero ir aprendiendo con el tiempo. Espero no pudrirme. Me das una alegría si me dices eso. Hay un peligro en el aprendizaje que es la facilidad. Para mí resulta mucho más fácil escribir ahora que cuando escribí El móvil, ahí tenía 23. Puedo escribir con más facilidad pero también me da mucho más trabajo. Es decir, escribir ahora es más fácil, pero escribir bien ahora es más difícil que antes porque me exijo más. Hay una frase que me encanta del crítico alemán Marcel Reich Ranicki que dice "¿qué es un escritor? Es una persona a la que le cuesta más trabajo escribir que a los demás". Yo puedo escribir un folio más rápido ahora pero escribir bien me cuesta mucho trabajo. Y si no ocurre eso estás jodido, estás haciendo trampa. Hay que desconfiar de la facilidad. En cuanto he dicho eso ya me voy a contradecir. Salvo en determinados momentos, cuando te sale fácil, te sale bien. Pero son momentos excepcionales. A mí me ha ocurrido eso alguna vez. Pero hay que sospechar, hay que asegurarse de que eso es así. Porque a medida que te haces mayor puedes caer en la tentación -y si tienes un cierto reconocimiento- de que todo lo que haces está bien y no es verdad. No todo lo que haces está bien. Y además, puede ser que todo lo que hagas esté relativamente bien pero no te puedes permitir que todo lo que hagas esté relativamente bien, tendrás que exigirte más. Porque a medida que más sabes, más tienes que exigirte. Es una regla ética elemental.

- ¿Qué pensás que cambió en tu escritura a partir de la escritura de Soldados de Salamina?
- Yo noto que hay un cambio importante a partir de Soldados de Salamina. Me refiero a la introducción de las cuestiones históricas y políticas. En las novelas anteriores esas cuestiones no estaban. El pasado no estaba, sobre todo. Yo lo atribuyo en parte a que con Soldados? ya tenía 39 años. A esa edad ya tienes un pasado. Antes de eso no has entendido algo esencial y es que pasado y presente no son cosas distintas sino que son la misma cosa, cara y cruz de la misma moneda. El pasado es una dimensión del presente y el presente una dimensión del pasado. Eso todavía no lo había entendido. Aunque yo creo que mis libros no hablan del pasado, hablan de la interacción entre pasado y presente.

- ¿Por qué crees que apareció tu interés por la Historia y el deseo de combinar el pasado con la ficción?
- Desde mi taller puedo explicarlo. ¿Qué es un escritor? ¿Cómo se escribe una novela? No sé en tu caso pero yo me planteo un problema, me planteo una pregunta e intento formularla de la manera más compleja posible. Dicho de otra manera: me planteo una pregunta e inicio una búsqueda para contestar esa pregunta y al final de la búsqueda descubro que no hay respuesta o que la respuesta es la propia pregunta o la propia búsqueda, es decir, el libro. Así escribo todos mis libros. A veces de manera evidente y otras veces menos. Entonces, con Soldados de Salamina, por vez primera se me planteó una pregunta que tenía que ver con la historia. O sea que no atañía al presente sino al pasado. Un día, como más o menos se cuenta en el libro, Rafael Sánchez Ferlosio me cuenta la historia de su padre, en Gerona, exactamente en el lugar que digo en el libro, y yo me quedé perplejo. ¡Qué imagen tan fantástica! Y esa imagen me persiguió mucho tiempo. Y para contestar la pregunta de por qué el soldado no mata a Sánchez Masas tuve que ir a la historia. No me quedó más remedio, aunque tengo que decir que yo ya había intentado escribir sobre el pasado y había fracasado muchas veces. Entonces para contestar esa pregunta o para formularla de manera más compleja tuve que lidiar con la relación del pasado con el presente. Yo no escribo novelas históricas. Ninguno de mis libros es un libro histórico. Mis libros hablan de la relación del pasado con el presente. Porque el pasado que yo trato es un pasado inmediato, no es el pasado del Imperio Romano, suponiendo que el Imperio Romano sea pasado. Yo trabajo con un pasado actuante, un pasado que tiene supervivientes y, cuando hay supervivientes, todavía no es pasado. Faulkner decía que el pasado no pasa nunca. Faulkner trataba de un pasado que todavía no había pasado, como la guerra civil, como la transición, como la guerra de Vietnam,

-¿Por qué incluiste un personaje llamado Roberto Bolaño?
-Hay que tener en cuenta que cuando yo escribía la novela, Bolaño todavía no era el que se convirtió después de muerto. Pero hay una razón concreta: Bolaño me habló de una persona que se llamaba Miralles. ¿Por qué aparece con su nombre? Porque todos los personajes de ese libro aparecen con su nombre, incluso el narrador, que se llama Cercas. Y hay un motivo más personal: en aquella época éramos muy amigos. Nos llamábamos cada día prácticamente. Él era un gran conversador telefónico. Nunca me había pasado. Era casi como una historia de amor adolescente, que te llamas a diario. Bolaño era un vicioso del teléfono. Yo nunca he vuelto a tener una relación así.

- En tus novelas hay un vínculo que se lee a primera vista, rápidamente, y es la relación entre novela y política. ¿Cómo pensás esa relación? Quiero decir, me parece que es una relación problemática. Sin embargo, hay en tus novelas una forma de resolverla que evita el didacticismo.
- Para mí, el didacticismo es ahora mismo lo contrario de la literatura, aunque en el pasado -quiero decir en otras épocas: la Antigüedad o la Edad Media- no fuera así.  El escritor es lo contrario del político: el político toma un problema complejo, lo simplifica y lo resuelve; el escritor toma un problema complejo y lo vuelve más complejo todavía. Por eso los políticos suelen ser tan malos escritores y los escritores tan malos políticos. Eso no significa, por supuesto, que los escritores no puedan plantear problemas políticos; de hecho, me parece difícil imaginar a un escritor serio que, de una forma u otra, no los plantee.

- Hubo -y hay- una tendencia de los novelistas a rechazar el relato clásico, el relato lineal. Si uno lee Soldados de Salamina y La velocidad de la luz piensa que están estructurados, en principio, en la superficie, como relatos clásicos. Y eso genera una ilusión en el lector. Quizás piensa que está leyendo novelas lineales. ¿Cómo ves esta cuestión?
- Es evidente que mis libros -empezando por los primeros que escribí- no son libros tradicionales que cuentan historias lineales. Sea como sea, a mí me gustan los libros fáciles de leer y difíciles de leer; es decir, exactamente lo contrario de esos libros pesadísimos y espesísimos cuyas páginas hay que pasar con la ayuda de una grúa y que al final no hacen más que solemnizar evidencias. Mi ideal son los libros que se leen de un tirón, como suele decirse, y que al terminarlos tienes que releer de inmediato, porque te dejan con la impresión de que dicen muchas más cosas de las que en una primera lectura has captado. Yo trabajo todo lo que puedo para escribir libros así; ojalá algún día consiga escribir alguno.
 
- Creo que la auto ficción, la idea de la autobiografía falsa, es central en tus novelas. Creo que las novelas trabajan con la idea de engañar al lector, de hacerle creer que está leyendo la vida del autor. ¿Por qué te interesa este recurso?
- Te contesto con una frase de Gorgias que nos ha llegado a través de Plutarco y que en 24 siglos ha sido imposible mejorar: "La poesía (es decir, la literatura) es un engaño en el que quien engaña es más honesto que quien no engaña, y quien se deja engañar más sabio que quien no se deja engañar".

- Hay un cruce en Soldados de Salamina de documento y ficción, de Historia y narración. ¿La literatura explica lo que no puede explicar la Historia? ¿O no te interesa la ciencia, la explicación?
- La literatura y la historia o la ciencia persiguen la verdad, sólo que la verdad de la literatura no es la verdad de la historia o la ciencia: ésta es una verdad concreta, científica, comprobable; aquélla, una verdad abstracta, universal, moral. Pero la novela -Soldados de Salamina, como todas- goza de una libertad absoluta: es un género infinitamente maleable, infinitamente versátil, y esa es su principal virtud. El único requisito que debe cumplir es que, gracias a ella, el lector alcance una verdad moral, literaria: una verdad que, al menos según Aristóteles, es superior a la histórica o la científica. Esto no significa, por supuesto, despreciar la verdad histórica; esto significa sólo que la novela debe buscar su propia verdad en los recovecos o, como decía Novalis, en las fisuras de la historia.
 
- ¿Qué es un "relato real"?
- Un relato que aspira a narrar la verdad de los hechos, la verdad histórica o periodística, pero lo hace siendo muy consciente de que eso sólo puede ser una aspiración, de que en el fondo es imposible narrar la verdad de los hechos y de que por eso la escritura es un combate contra el silencio, contra lo que no puede ser dicho.
© LA GACETA

Fabián Soberón - Escritor y docente de la
UNT. Publicó La conferencia de Einstein y
Vidas breves. Fue finalista del Premio
Clarín de Cuento 2008.

PERFIL

Javier Cercas nació en Ibahernando (España) en 1962. Es escritor, traductor, colaborador del diario español El País. Se doctoró en Filología hispánica en la Universidad Autónoma de Barcelona y fue profesor de las universidades de Illinois y Gerona. En 1987 publicó su primer libro, El móvil. Con Soldados de Salamina (2001), título que superó las 30 ediciones y el millón de ejemplares, se convirtió en uno de los autores más leídos de habla hispana. El protagonista es un personaje real: Rafael Sánchez-Mazas, ideólogo de la Falange que esquivó la muerte por la caridad de un miliciano durante la Guerra Civil española. La novela La velocidad de la luz aborda la Guerra de Vietnam. Con Anatomía de un instante, su último título, se sumerge en el intento de golpe de estado español de 1981. El libro fue uno de los más vendidos en España durante 2009. Su obra, traducida a más de veinte idiomas, fue reconocida por Mario Vargas Llosa, J.M. Coetzee y Susan Sontag.

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