La ingratitud con el creador de la Bandera - LA GACETA Tucumán

La ingratitud con el creador de la Bandera

20 Jun 2010
Pocos argentinos fueron ejemplos de amor por su tierra, de coraje, de nobleza, de inteligencia, de generosidad, de humildad, de decencia y también ejemplo de la ingratitud de un pueblo. Cuando la patria se encontraba en sus albores y la gesta por la independencia se iniciaba, el abogado y periodista Manuel Belgrano, vocal de la Primera Junta surgida el 25 de mayo de 1810, se improvisó como militar para luchar por la libertad. Ya había combatido antes junto a las milicias criollas durante las invasiones inglesas de 1806. Consciente de que era necesario tener una enseña propia para fortalecer el espíritu de los soldados, creó la Bandera y el 27 de febrero de 1812 la hizo enarbolar en las barrancas del río Paraná.

La primera vez que la bandera se izó en Buenos Aires fue el 23 de agosto de 1812, en la torre de la iglesia de San Nicolás de Bari, donde actualmente está emplazado el Obelisco. La Asamblea de 1813 dispuso que su uso se hiciese en secreto porque el gobierno no deseaba insistir en ese momento con símbolos independentistas. Luego de la declaración de la Independencia el 9 de julio de 1816, en San Miguel de Tucumán, la bandera azul, celeste y blanca fue adoptada como símbolo por el Congreso el 20 de julio de 1816. El Congreso le agregó el sol el 25 de febrero de 1818. Ciento veinte años después, el 8 de junio de 1938, el presidente de la Nación, Roberto M. Ortiz, promulgó la ley 12.361, que prescribe que el 20 de junio se celebre el Día de la Bandera y lo declaró feriado nacional en homenaje al prócer, muerto el 20 de junio de 1820.

El romance de Belgrano con Tucumán nació en 1812, cuando este se replegaba con el Ejército del Norte hacia Córdoba ante el avance de las fuerzas realistas. El pueblo tucumano le pidió que se quedara y ofreciera batalla y le prometió que le daría todo lo necesario para que lo hiciera. El patriota aceptó la propuesta y desobedeció las órdenes del gobierno central. Luego de la victoria de 24 de septiembre, el Triunvirato lo nombró capitán general del ejército, cargo que rechazó a través de una carta en la que señalaba que ser capitán general lo obligaba a gastar en "una escolta que nada conduce, pues el que procede bien nada de esto necesita". Y añadía que era "una representación que me privaría de andar con la llaneza que acostumbro". Al comenzar la misiva había escrito: "sirvo a la Patria sin otro objeto que el de verla constituida, y este es el premio a que aspiro".

En noviembre de 1816, Belgrano le pidió al Cabildo de Tucumán que le vendiera una "cuadra de terreno" en la zona de la plaza que actualmente lleva su nombre para erigir una "casucha para mi habitación", al lo cual se accedió. Tres años después, el prócer tuvo una hija con la tucumana Dolores Helguero, con la cual no pudo casarse porque el padre de ella la obligó a desposarse con otro hombre. En octubre de 1819, muy enfermo, Belgrano regresó a Tucumán, dispuesto a instalarse en la modesta casa que había construido y a retirarse de la actividad pública. En noviembre de ese año, un conspirador que había depuesto al gobernador tucumano intentó arrestarlo por miedo a que este interviniera. Abandonado, sin un peso, le pidió auxilio de dinero al gobierno tucumano pero se lo negaron. "Yo quería a Tucumán como a la tierra de mi nacimiento, pero han sido aquí tan ingratos conmigo que he determinado irme a morir a Buenos Aires, pues mi enfermedad se agrava cada día más", le dijo a su amigo José Balbín.

Se cumplen hoy 190 años de la muerte de Manuel Belgrano, muerto en la pobreza y el olvido. Para borrar tanta ingratitud, el mejor homenaje sería tal vez que se lo venerara imitando sus acciones. "Sin educación, en balde es cansarse, nunca seremos más que lo que desgraciadamente somos. Mucho me falta para ser un verdadero padre de la patria; me contentaría con ser un buen hijo de ella", decía.

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