"No hay que reformar la Constitución, sí nuestros actos"

Ricardo Haro pide que gobernantes y gobernados abandonen la mentalidad infractora. Profesor emérito de la Universidad Nacional de Córdoba, el jurista insta a trabajar en aras de una convivencia más justa.

30 Mar 2010
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No se ama lo que no se conoce. Con su amabilidad característica, Ricardo Haro, profesor emérito de las universidades Nacional de Córdoba y Blas Pascal, recurre a este aforismo para afirmar que la Constitución, "la Nación hecha ley", sólo presidirá todos los ámbitos de la vida argentina si es debidamente enseñada. "Pero, sustancialmente, a la Constitución habrá que conocerla a través de la ejemplaridad de las conductas de gobernantes y gobernados, para que entre todos nos convenzamos de sus bondades y de su cumplimiento. Sólo así lograremos alcanzar una cultura y una conciencia constitucional que se ’transpiren’ en la vida de los argentinos, porque es el ’Credo’ de nuestra vida política. A ella no hay que reformarla buscando escapismos, a los que somos tan afectos. A ella tenemos que vivirla, reformando sí nuestros comportamientos públicos y privados", asegura desde Córdoba durante una charla telefónica con LA GACETA.

-¿Nuestra conciencia constitucional está debilitada?

-La conciencia constitucional es el fermento indispensable de la cultura constitucional, y se nutre de los valores y fines que legitiman una Constitución. Ella es una facultad del hombre, en cuanto ciudadano, que le permite identificarse con el orden constitucional de su país en la medida en que satisface sus convicciones político-sociales. No creo que esa identificación exista en la gran mayoría de nuestro pueblo, que no considera a la Constitución como útil y valiosa. Las causas de esto son numerosas: la falta de conocimiento y la consiguiente falta de adhesión fervorosa por parte de los ciudadanos, lo que se puso de manifiesto en la indiferencia ante las rupturas constitucionales entre 1930 y 1983; así como la falta de un cabal cumplimiento por parte de los poderes estatales y de las clases dirigentes.

-¿Cuánto influye en esto la denominada anomia argentina?

-Lógicamente, la anomia es una cuestión cultural que se revela en nuestra falta de cumplimiento de la norma fundamental. Es la manifestación más grave de una mentalidad infractora instalada en la generalidad de los argentinos respecto del incumplimiento de las normas que, en sus distintos niveles, integran el orden jurídico. Violamos desde los semáforos en rojo hasta la Constitución.

-Los ciudadanos, ¿qué pueden encontrar de beneficioso en el hecho de leer la Constitución?

-No es fácil una respuesta. Pese a las violaciones a la Constitución, a las antinomias entre el ser y el deber ser, entre la norma y la realidad, que todos constatamos a diario y que tanta frustración provocan, la Constitución implica fundamentalmente -más allá de su texto formal y positivo- un sistema de creencias, valores, convicciones y, también, de sentimientos, que integran la cultura constitucional. Es esencial que los conozcamos, porque ellos constituyen la savia que sustenta y hace realidad la Constitución como "proyecto político de un orden de convivencia más justo", el "pacto político que concilia hechos, intereses y tendencias", según Juan B. Alberdi. En el cabal cumplimiento, por parte de gobernantes y gobernados de los derechos, deberes y garantías de la dignidad humana, como de la limitación y el control de los poderes estatales, están receptadas todas las legítimas apetencias de una mayor participación no sólo en lo político, sino, además, en una más justa distribución de la riqueza, y un pleno acceso a la educación y el bienestar. En definitiva, a la Constitución, más que conocerla, lo que supone entenderla, hay que vivirla.
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