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El valor de la franqueza

Punto de vista por María Elena Ques, docente, investigadora, semióloga y Directora asociada de la consultora Analogías. Exclusivo para LA GACETA.
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La noción de "doble discurso" debe, tal vez, parte del éxito de su circulación al carácter difuso de su significado. Se trata, en el fondo, de un eufemismo para referirse a la falacia y la falta de coherencia. A la mentira, en buen romance.
El problema es que la palabra política es, por definición, doble. Como ha señalado Eliseo Verón, esa palabra se dirige simultáneamente al amigo y al enemigo. Apunta a fortalecer la confianza del "creyente" y a devaluar la posición del adversario. Todo político debe decidir en cada ocasión cómo dosificar la persuasión o la polémica, qué destinatarios se privilegian, cómo se regula la dureza frente a los adversarios.
Un discurso siempre igual a sí mismo sería un discurso autista. En el mejor de los casos, tendría un alcance testimonial, como ocurre en los casos de los "ultras" más cerrados, que renuncian a la tarea de persuadir al otro.
Centrándonos en la palabra presidencial, podríamos destacar que el discurso de Néstor Kirchner exhibe una zona más estable, que no ha introducido demasiadas variantes desde su asunción en 2003. Sin tratarse de definiciones ideológicas, recupera cuestiones eclipsadas en los 90: sostiene una revalorización de lo nacional; recupera el tema de los derechos humanos o asume una actitud más rebelde que sus antecesores ante los poderes internacionales.
Desde lo formal, esta rebeldía se refuerza por cierto descuido retórico y escénico -la tan mentada "desprolijidad"- que tiende a ser interpretado por buena parte de la ciudadanía, como franqueza y ausencia de cálculo. La palabra "franca", señalaba Michel Foucault, implica cierto coraje, supone asumir un riesgo en una situación de desequilibrio de poder entre los interlocutores.
Por ejemplo, un jefe que le dice a su empleado lo que este no quiere oír, no necesariamente encarna el paradigma de la franqueza. Pero esto sí ocurre cuando la relación de poder es inversa y es el empleado el que asume el riesgo de expresar una convicción molesta. Trasladado a los intercambios públicos entre Kirchner y el presidente de EE UU, George Bush, lo que define el "valor de franqueza" de la palabra presidencial son estos componentes de riesgo y el desequilibrio de fuerzas en el escenario internacional.
Es de suponer que, como cualquier político de cierta envergadura, Kirchner evaluarán en cada ocasión, si necesita dar "una de cal o una de arena". Del mismo modo, Bush alternó durante su visita las promesas de apoyo ante el FMI y las "recomendaciones" con matices de exigencia.
Los límites entre la sabiduría política y lo que se ha dado en llamar "doble discurso" son más morales que objetivos y eso plantea dificultades para hacer evaluaciones en términos absolutos. La palabra política tiene el poder de operar transformaciones sobre lo real y modificar los umbrales de lo que se puede o no se puede decir. Así como una promesa de campaña diseña un futuro deseado y sus posibilidades de transformarse en dato de lo real, dependerán del modo en que se ejerza el poder. El desarrollo de la polémica en torno del ALCA podrá alcanzar momentos de dureza y de acercamiento que no necesariamente implican voluntad de mentir. Es que de esos forcejeos está hecha la política.