Por Salvador Marinaro (*)


La llegada de un extranjero suele ser el punto de inflexión para que la vida cotidiana se detenga y empiece el relato. Existe un sinfín de ejemplos en los que un personaje toca la puerta una noche y detiene el orden establecido por la comunidad. Interrumpe, para empezar el relato, una historia que desenmascara los secretos de los individuos, o aquello que se da por sentado. Como observador y partícipe, el extranjero interviene de un modo distante. Se le recuerda que su presencia es tolerada, pero incompleta, que adolece de un código primario y, por ende, su lectura siempre será distinta. O, quizás, lejana.

En este libro de Idangel Betancourt, los hechos extraños suceden antes de la llegada del extranjero. Son milagros (o pecados) casi imperceptibles, intrascendentes, como la aparición de un naranjo en la puerta de la catedral, o las historias de camas que abundan en las localidades pequeñas. Estas apariciones funcionan como la voz coral de un narrador que circula sin hablar, que transita sin dejar huella y cuyo rol es, ante todo, atender a las palabras de los otros. El lector conoce su presencia por un juego de reflejos, por las voces que le recuerdan su lugar en la comunidad y por el tono general de la narración, que transita a través de fragmentos entre la prosa y la experimentación.

En estas 61 postales sobre el viento, los personajes conviven en un universo inestable, que desaparece ante las nuevas formas de ser pareja, de vincularse o, incluso, hasta de hablar. Son el recuerdo volátil de algo que dejó de ser o parece desdibujarse ante los temblores que sacuden el valle. Hay quienes ven la Virgen en los brazos de un amante, quienes esperan un milagro en la copa de un árbol, quienes buscan al ladrón del corazón inmaculado de un santo, quienes esperan la revolución a la hora de la siesta. El narrador se va disolviendo ante los sucesos que se superponen, como si fuera la voz del viento.

Uno de los habitantes de este pueblo imaginado se pregunta: “¿Por qué un milagro en Catamarca tan lejos de Jerusalén?”, y su duda resuena a lo largo de las páginas del libro. Da la sensación de que la búsqueda del milagro es 8

su propio germen: la necesidad de que algo interrumpa la calma y genere una digresión. Por eso, este libro, a mitad de camino entre la novela y el teatro, recuerda que más que el hecho portentoso, lo que importa es la puesta en escena.


(*) Salvador Marinaro obtuvo la Licenciatura en Periodismo con mejor promedio. Fue profesor en la Universidad del Salvador y terminó las maestrías en Sociología de la Cultura (IDAES/UNSAM) y en Escritura creativa (UNTREF). Actualmente dicta clases en la Universidad más importante de Shanghái. Obtuvo el primer Premio de poesía y cuento de la Provincia de Salta, el premio Azucena Villaflor organizado por las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, el Premio Regional de cuento por el NOA y el premio Filosofía sub-40, entre otras distinciones.  Colabora habitualmente en el suplemento literario de La Gaceta de Tucumán. Publicó libros de poemas, ensayos y cuentos.