“Cuando estás vivo siempre tienes la muerte ahí delante”. La frase es parte de “La carretera”, una de las obras de Cormac McCarthy y resume el pensamiento de este escritor estadounidense, ganador del Pulitzer, que murió el martes.

“La carretera” es un libro duro, como casi todos los que este hombre huraño, que siempre rechazó las distinciones y que prefirió vivir alejado de los lujos de la sociedad, escribió a lo largo de su vida. Trata de la relación entre un padre y su hijo en un mundo apocalíptico, en el que deben llegar al mar para tratar de sobrevivir, y para eso tienen que atravesar la mitad de Estados Unidos. No hay zombies, pero si otros hombres, desesperados, que matan para hacerse de provisiones. Esa es la síntesis de lo que McCarthy era como escritor: un hombre oscuro, desesperanzado para quien la muerte es algo siempre presente. Pero que al mismo tiempo creía profundamente en que los lazos, sobre todo familiares, podrían ser el último vestigio de humanidad en medio de una sociedad que se hunde en sus propias miserias.

Considerado como un continuador de William Faulkner y de Herman Melville, es imposible seguir su obra como algo liviano. McCarthy obliga a pensar. A estar atento, dispara frases lóbregas, sombrías. En “la carretera”, por ejemplo, no hay sol. Y hay que caminar entre las tinieblas. Pero todo esto obliga a un profundo ejercicio de retrospección. Difícil dormir después de leerlo.

A McCarthy muchos lo descubrieron por el cine. “No es país para viejos” se llevó el Oscar a la mejor película, con una actuación soberbia de Javier Barden. Viggo Mortensen encarnó a ese hombre desesperado por salvar a su hijo en “La carretera” y Matt Damon protagonizó a otro personaje torturado en “Todos los bellos caballos”, la primera parte de la trilogía de la Frontera que completarían “En la frontera” y “Ciudades de la llanura”. Pero las adaptaciones, exitosas de por sí, no terminaban de hacerle honor a lo que este hombre taciturno pretendía contar. Profundo admirador de Nietzsche (“Dios ha muerto”) y por Kierkegaard (“El silencio de Dios nos condena a la incertidumbre”) McCarthy empuja al abismo, pero sólo para que nos demos cuenta que al fondo de esa caída, tal vez haya algo distinto. Que la humanidad puede tener una oportunidad más. Pero que depende de recuperar valores, de no creer en falsos profetas y de saber que allí, en lo más recóndito de nuestros sentimientos, la solidaridad y el consuelo mutuo pueden ser la base de la reconstrucción de una sociedad que hoy se hunde en las sombras. 

McCarthy nunca pretendió ser un escritor fácil. Su obra es un pistoletazo, una trompada que llega cuando uno no la espera. No hay defensa ante sus palabras. Son un despertador. Demasiada profundidad en épocas de cristal. Tómalo o déjalo. El consejo es no dejarlo pasar. El Nobel ya llegó tarde y siempre le fue esquivo. La oscuridad no es algo que se venda fácilmente.