El informe denominado “Retorno a la senda de privaciones que signan a la infancia argentina “ ha sido una cachetada para la sociedad toda, al revelar que seis de cada 10 niños, niñas y adolescentes están sumergidos en la pobreza. Peor aún porque el diagnóstico elaborado por el Observatorio de la Deuda Social Argentina, de la Universidad Católica Argentina (UCA) alerta que la situación socioeconómica tiende a profundizarse en la medida que el país no abandone el escenario de inflación elevada y de caída de su actividad económica. La socióloga Ianina Tuñón, coordinadora del trabajo, dice que las deudas sociales con la infancia se retrotraen a los niveles prepandemia, marcando lo estructural de las carencias y desigualdades sociales que condicionan su desarrollo. Las 122 páginas del diagnóstico académico deberían servir para que el Estado, principal responsable de las políticas públicas asistenciales, para buscar opciones que permitan la inclusión de la población empobrecida. Sin embargo, “la clase política no ha puesto a la infancia en su agenda de prioridades”, afirma durante la entrevista telefónica concedida a LA GACETA.

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-De esta fotografía se infiere que cuesta muchísimo cambiar la película socioeconómica en la Argentina, de tanta pobreza infantil...

-Se modifica un poquito. Respecto de la pandemia bajamos algunos puntos cuando estuvimos en 65% en 2020, pero se viene incrementando desde 2018 de modo sostenido. Es difícil en un contexto tan inflacionario como este año bajarlo, pese a que los sistemas de protección se incrementaron mucho, se actualizaron pero no tanto para seguirle el ritmo a la inflación. Lo que ocurre es que, en estos sectores sociales, casi todos los ingresos se los destina a cuestiones alimentarias. Y, aun así, requieren de transferencias directas (subsidios estatales) para cuestiones alimentarias. El problema no se circunscribe a los estratos sociales más bajos. Lo que observamos en los últimos dos años es que hay niños de sectores medios que están necesitando aquellas transferencias, sobre todo alimentarias.

-¿Esta es una consecuencia del empobrecimiento de la clase media en un escenario económico que se mueve con una inflación de tres dígitos anuales?

-Esta es una tendencia que es progresiva de estos tres últimos años, con un incremento de la pobreza en los estratos medios de la sociedad. Aquí se da aquel fenómeno del trabajador pobre. En ese contexto, se incrementó el trabajo infantil que había bajado mucho durante la pandemia. Hoy estamos a niveles prepandemia, con un 15% de los chicos de entre 5 y 17 años de edad desempeñando algún trabajo o abocados a tareas de acompañamiento. Estas estadísticas se complementan con otras. Por ejemplo, observamos que hay más niños y adolescentes que concurren a escuelas estatales que a colegios privados, que no tienen cobertura de una obra social, de una mutual o de una prepaga. Dependen del Estado para la atención de su salud.

-Todos estos datos nos llevan a pensar que se hipotecó el futuro...

-Estamos viendo más infancia que va a tener cierto grado de compromiso en sus desarrollo porque, más allá de la pobreza por ingreso, no se está invirtiendo para que esa franja de la población tenga mejor educación y mejor salud. Esto también está relacionado con la cobertura alimentaria que, además, es de muy baja calidad en los productos que se ofrecen y que, en suma, están causando un nivel muy alto de sobrepeso y de obesidad en la población infantil, eso que los especialistas llaman malnutrición.

-¿Este escenario puede ser comparado con lo que sucedió, por ejemplo, a fines de 2001, cuando la Argentina entró en una profunda crisis?

-No estamos en niveles de 2001, cuando la tasa de pobreza infantil era del 73%, pero tampoco estamos tan lejos. Creo que las ayudas sociales del Estado tiene más impacto en la transferencia de ingresos para no caer en la indigencia. En el contexto de la pandemia a lo máximo que se llegó fue a un 15% de indigencia infantil. Y hoy estamos en un 13%.

-¿Cómo se reconstruye una sociedad a partir de estos indicadores de pobreza y de indigencia tan altos en niños y adolescentes?

-Entiendo que no debe ser fácil poner a tantos equipos a trabajar en tantos frentes para combatir estos problemas. Pero, en los últimos gobiernos, tampoco hubo políticas para producir transferencias significativas en educación y en salud. Los datos obtenidos nos llevan a mostrar que la adolescencia es hoy la población más pobre en la infancia. En condiciones de pobreza, esos chicos asumen responsabilidades de adultos, ya sea trabajando, cuidando u ocupándose de cuestiones domésticas, que son también una segunda ventana de oportunidades en términos de desarrollo y de habilidades sociales, importantes para su integración social. De algo que habla el mercado laboral, además de la formación educativa, es, precisamente, de esas habilidades sociales que hoy están muy deprimidas, que son las denominadas habilitadas blandas.

-¿Cuáles?

-Por ejemplo, jóvenes que puedan mantener un diálogo, llegar en horario al trabajo o sostener una rutina de compromisos en actividades. Pero también se habla mucho del déficit vinculado a la salud. En nuestro informe se indica que los chicos de clase baja carecen absolutamente de salud odontológica. Parece una cuestión menor, pero no lo es. Chicos que durante toda su infancia no han podido atender la salud odontológica probablemente lleguen a la juventud con una dentadura en estado deficitario. Hay muchos frentes sobre los cuales hay que trabajar en un país como el nuestro, con dificultades socioeconómicas que se acumulan y con una clase política que no he visto que haya puesto la temática de la infancia en su agenda de prioridades.

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-¿Esa agenda no se percibe ni en el Estado nacional ni en las provincias?

-Los niveles de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del Indec para el último trimestre de 2022 dan cuenta que la pobreza infantil en el interior es altísima. Por ejemplo, en Tucumán está por encima del 60% y en Santiago del Estero, en el 70%. Son tasas muy elevadas.

-Uno de los datos más significativos del informe es que los niños y las niñas de entre 1 a 8 años de edad no pueden celebrar su cumpleaños. Casi el 22% de esa población no lo hace. ¿Cómo repercute eso en el proceso de crianza?

-Esto está vinculado con la primera infancia. Faltan estímulos emocionales y sociales, y no se habla mucho de esto, porque solo se analiza el alimento, aunque ambas cuestiones están relacionadas. Absorber menos nutrientes incide en la respuesta emocional. De allí la importancia del apego entre ese niño y su mamá. Esto implica también jugar o festejar cumpleaños, más allá de las condiciones socioeconómicas, para generar seguridad emocional y social. Es superimportante para que gane confianza en sí mismo y construya su propia identidad. Y el cumpleaños es un indicador de ese resguardo social en el que ese niño, de alguna manera, tiene la oportunidad de crear una identidad distinta de los demás, al ser el festejado, sino que además es una oportunidad social para reconocer otros roles. Por ejemplo, el de un primo, un tío o un amigo. No tener esa oportunidad social es, sin dudas, un déficit en la construcción de su identidad y para ganar seguridad de saber que cuenta con otro. Es ese proceso de construir, desde pequeño, ese capital social que es importante en la vida de los seres humanos.

-¿Estos indicadores son un indicio de lo que nos pasa como sociedad, del nivel de agresividad social que se ha potenciado en algunos ámbitos?

-Pongo énfasis en la población adolescente, que está muy invisibilizada, aunque es la que mayor desprotección tiene dentro de la infancia. En ese momento de nuestras vidas comienza a afectar y a tomarse conciencia de lo que es la desigualdad social. Esa desigualdad genera violencia y resentimiento. Creo que es un aspecto en el que no nos damos cuenta de la magnitud del riesgo que significa perder la cohesión social. Otras sociedades de América latina son mucho más conscientes de lo que eso significa, como el caso de Colombia o México, en donde la desigualdad social es mucho más profunda de la que tenemos, como así también los niveles de violencia.

-En estos últimos días en Tucumán se vivieron momentos tensión con chicos que han llevado armas a las escuelas. ¿Esto está asociado a la falta de afectividad o de contención de la adolescencia?

-Afortunadamente, todavía no son episodios generalizados, pero sí son situaciones desviadas que se producen en contextos donde efectivamente hay otros problemas adicionales a la pobreza. Se dan en mayor medida en situación de pobreza, con consumos nocivos o todo lo que tiene que ver con el malestar psicológico. Hay situaciones en la que los chicos las tienen todas. Son mochilas de privaciones y de problemas que cargan los chicos. Sin dudas, el espacio escolar no logra suplir todos los inconvenientes que los chicos tienen en sus propios hogares. En ese sentido, es difícil pedirle a las escuelas absolutamente todo, pero evidentemente la escuela sigue siendo un espacio muy privilegiado para el desarrollo de políticas públicas integrales y también es cierto que está muy lejos de ser eso, porque en algún momento el espacio educativo tenía servicio de salud en los cuales los chicos periódicamente o una vez al año eran revisado por un fonoaudiólogo y por un odontólogo o tenían espacios para la vacunación. Todo ese vínculo entre el mundo de la salud y el la educación se ha perdido totalmente.

La clase media tucumana sigue empobreciéndose

-¿Qué podemos hacer? ¿Esto obliga al Gobierno a reforzar su estrategia. ¿Cuál es el granito de arena que puede aportar la sociedad para cambiar esta imagen de pobreza infantil?

-Estas estadísticas que difundimos no las modifica la buena voluntad de una sociedad. Las organizaciones de la sociedad civil realizan aportes muy micro y no logran revertir este tipo de estadísticas, que han alcanzado un nivel de masividad muy importante. Solamente la fuerza del Estado logra cambiar este tipo de cuadro de situación. Por eso la responsabilidad principal la tienen los gobiernos, pero por supuesto que cada uno desde su lugar de relación del vinculo con los niños se pueden hacer cosas maravillosas en la singularidad de un niño más que en lo colectivo. Hay profesiones que tienen mucha ascendencia en los niños como son por ejemplo los maestros o los médicos pediatras, pero también se requieren liderazgos que entusiasmen y enamoren a los colectivos sociales detrás de buenas causas. Y esos liderazgos creo que nos están faltando.

-En el informe concluyen que siete de cada 10 niños se exponen al sedentarismo por estar frente a las pantallas. ¿Qué consecuencias apareja eso?

-Es un hábito propio entre los adolescente. Ya no es el acceso a la información tan solo, sino a la socialización. Los chicos se vinculan entre ellos y con los otros a través de los dispositivos mediante las redes sociales que se manejan en las pantallas. Hay que comprender que estamos en presencia de nuevas formas de socialización y no las vas a poder modificar, pero si es importante saber que la salud física de los chicos requiere de movimientos para ser más saludables en la vida cotidiana.

-Terminaste el informe de 122 páginas, ¿qué fue lo primero que pensaste ante tanto bombardeo de datos de pobreza y privaciones infantiles?

-Me había planteado el para qué. ¿Será un informe más? La realidad es que veo a los gestores de la cosa pública muy lejos de los informes que hacemos. Hay poco interés, pocas consultas y poco feedback con los investigadores que se dedican a marcar estas problemáticas. Es una lástima porque la realidad nos puede llevar a la interacción, de nuestra parte como científicos que contribuyen con su tarea a mejorar la sociedad, pero vemos que desde el mundo de la gestión pública, no se considera que estos estudios sean lo suficientemente importantes.

Conclusiones del informe de la UCA

• La pobreza monetaria en la población de niños, niñas y adolescentes (NNyA) en el segundo semestre de 2022 fue del 61,5%, y dentro de esta población se estima que 13,1% son indigentes.

• Se estima que, en 2022, la AUH y otras transferencias han alcanzado al 49,8% de la infancia y adolescencia.

• La exposición excesiva a pantallas (comportamiento sedentario) es algo frecuente que afecta al 69% de la población de NNyA.

• El 53% de la población de NNyA no tenía una PC en su casa, y un 55% no tenía un celular propio.

• El 83,5% de los NNyA entre 6 y 17 años asisten a una escuela de gestión estatal.

• La precariedad de la vivienda afecta a dos de cada 10 NNyA en el país urbano, y el hacinamiento también.

• El trabajo infantil en actividades domésticas intensivas y en el mercado tras la pandemia recuperó su prevalencia y afecta a casi el 15% de la población entre los 5 y 17 años.

• El no festejar el cumpleaños de un niño/a entre el año de vida y los ocho años es un fenómeno que afectó en 2022 al 21,9%.

Perfil

Ianina Tuñón

Socióloga y magíster en Investigación en Ciencias Sociales (UBA), es investigadora del Programa del Observatorio de la Deuda Social Argentina (Universidad Católica Argentina). También es docente e investigadora de la Univ. de La Matanza.