Walter Gallardo
Desde Madrid, España
Son las naciones con mayor índice de desigualdad donde más se enaltece el mérito y donde se le atribuye con exagerado énfasis, en ocasiones no exento de cinismo, la paternidad del triunfo; el triunfo entendido como una mezcla de educación elitista, posición económica e influencia social y política, todo ello envuelto en la idea excluyente de que lo anterior debe desembocar, por derecho natural o por la fuerza, en privilegios incuestionables para sus protagonistas, miembros de una suerte de “aristocracia de la virtud”.
Es un esquema de pensamiento que transmite algo así como “a la cima sólo llegan aquellos que saben aprovechar las oportunidades y creen en sí mismos”, por lo tanto, nadie debería tener una mala conciencia porque otros no lo hagan ni tengan medios para intentarlo, sobre todo esto último; aún más, los que se quedan por el camino o ni siquiera han podido emprenderlo deberían admitir una pesada culpa, la propia y de nadie más, por su alta responsabilidad en el fracaso. Es decir que “no llegaron” por perezosos, inútiles o cortos de inteligencia y el resto, mucho y no considerado para una conclusión, son excusas de perdedores. En esa línea, los espadachines de este argumento, creyéndose cargados de razón y para respaldar su teoría, lanzan un par de ejemplos dispersos en un siglo, poniendo en el mismo plano la excepción y la regla general: “¿Cómo es que fulanito de tal llegó a ser un magnate o menganito de tal presidente de un país poderoso proviniendo de donde provenían, de ese mundo de desheredados y hambrientos?”. De pronto, y con sospechosa vehemencia, intentan hacer creer que los miserables de Víctor Hugo, los hospicianos como el Oliver Twist de Charles Dickens o los “intocables” de la India también pueden competir cuando deciden renunciar a la holgazanería, a la delincuencia o a cultivar el resentimiento hacia los talentosos. Al acabar con su prédica, o perorata, se quedan mirando a sus interlocutores como si esperaran aplausos o que alguien se disponga a grabar esas palabras en mármol, incluso disculpas de todos aquellos que no supieron descubrir a tiempo una verdad tan clara, profunda e irrefutable.
En realidad, quienes adhieren a este esquema exponen un razonamiento simple (casi en todos los sentidos): sólo hacen falta determinación y constancia para lograr objetivos personales, sean estos un título universitario, una vivienda decente, un buen empleo, dar la vuelta al mundo o el desarrollo de habilidades, como hablar lenguas extranjeras o tocar el piano. Con energía, subrayan que todo está disponible para todos y que con un poco de ambición, apenas estirando la mano, hasta se puede acariciar el cielo.
Si no respaldara una actitud displicente y discriminatoria, y muchas veces clasista, hacia quienes corren con desventaja, podría decirse que se trata de una forma candorosa de pensar o, siendo demasiado indulgente, de una actitud positiva e inspiradora. Pero despejado el palabrerío, lo cierto es que la idea central se basa en un individualismo caníbal que disculpa y, peor, defiende un universo de prerrogativas sustentado en la injusticia, la falta de solidaridad social y la marginación. Y ningún sistema de bienestar conocido se alimenta de tanta carroña.
Es el mismo esquema de pensamiento que desde ciertas tendencias políticas se presenta como moderno y pragmático, hasta iluminado, que resolvería de un plumazo problemas tan graves como el hambre, el desempleo, las deficiencias sanitarias, el analfabetismo o la inseguridad apelando sólo a la iniciativa privada y a la voluntad emprendedora de los ciudadanos, con un desprecio insultante hacia las obras de conjunto, las que se construyen desde una conciencia de nación y con los impuestos de todos, como un servicio de salud universal y gratuito o una red de ferrocarriles, que no es otra cosa que suministrar un medio de transporte colectivo a quienes no se pueden permitir uno propio. Por el contrario, presume de una aduladora admiración hacia los que promueven el “sálvese quien pueda” disfrazado de libre albedrío. En algunos países, sus representantes van incluso un poco más lejos y tratan de apropiarse políticamente de la palabra libertad o de hacerse identificar con ella, manoseando su naturaleza generosa. La exhiben como estandarte de una causa que paradójicamente propone una convivencia sin barreras entre lobos y corderos. Quizás ignoran (difícil creerlo) o esconden a propósito la evidencia de que son enunciados de los siglos XVII y XVIII, con un idealismo voluntarista, a veces cercano a la metáfora, con resonados fracasos a lo largo de la historia (“dejó islotes de bienestar y continentes de exclusión, contradiciendo el pensamiento de Adam Smith”, destacaba el escritor Abel Posse); enunciados que alimentaron el espíritu de la Constitución de Estados Unidos, cuyos padres fundadores -es oportuno decirlo– rendían culto a la igualdad a la vez que eran propietarios de un verdadero ejército de esclavos. Fue el caso, por ejemplo, de Thomas Jefferson, autor de la Declaración de Independencia y tercer presidente del país. No encontró contradicción entre sostener que “todos los hombres son creados iguales”, prohibir el tráfico de esclavos desde África como muestra de su amor a la libertad y al mismo tiempo poseer alrededor de 600 en su famosa plantación de Monticello, a la que alguien, sin ruborizarse, llamó “el territorio de los esclavos felices”.
¿Por qué es falso, además de ingenuo, pensar que en ciertos modelos se puede competir en paridad de condiciones, que las oportunidades están en todas partes, a merced de quien se decida a escogerlas, y que exclusivamente el mérito es el vehículo que nos transporta al éxito? Se podrían enumerar unas cuantas razones, pero quizás ninguna más decisiva que la desigualdad. En las sociedades desiguales quien parte con ventaja para desarrollar sus talentos es alguien que dispone del espaldarazo de una situación económica solvente: así, el dinero ofrece a unos lo que a otros niega con su ausencia o escasez. De manera que haber nacido en un país o en otro, en una familia pudiente o pobre, en gran medida determina aspectos fundamentales del destino de un individuo en relación con la educación, la salud o el trabajo. El futuro, en definitiva, de cualquier ser humano y sus descendientes.
Sin una concepción solidaria de la sociedad, se educa y se cura quien tiene recursos para habitar ese paraíso para unos pocos. Ocurre con pruebas contrastadas tanto en países desarrollados, incluso admirados, como en países que no lo son. Si pensamos en una potencia como Estados Unidos, por caso, un año académico en las universidades de la llamada “Ivy League” (la liga de la hiedra), como Yale, Princeton o Harvard cuesta entre 45 mil y 60 mil dólares. Y sus porcentajes de admisión no superan el 10 % del total de solicitantes. No se accede a la educación superior por menos de 20 mil dólares en la gran mayoría de las universidades. Como contraste, para un europeo, una matrícula anual en Francia cuesta 170 euros, 50 en Alemania, 964 en España y nada (sí, nada) en Suecia, Finlandia o Grecia con niveles de calidad indiscutibles.
En materia de salud, Estados Unidos destina nada más y nada menos que un 19,7% de su producto bruto a la sanidad, una cifra que está muy por encima de países europeos como España (8.7%) o Francia (12,2%). Sin embargo, es el único país desarrollado sin cobertura universal sanitaria. Más de 30 millones de sus habitantes no cuenta con ningún seguro médico, es decir que algo tan imprevisible como una enfermedad o un accidente, puede acarrear la ruina económica. En el peor de los escenarios, la interrupción de un tratamiento, la imposibilidad de curarse y, como consecuencia, el final evitable de una vida. Según datos de una compañía de seguros internacional, un parto natural ronda los 30 mil dólares y 1051 un simple esguince o torcedura.
Si comparamos tasas de supervivencia a enfermedades graves, también el sistema y el país en el que se vive es determinante. A los cinco años de contraer un cáncer de mama, en Europa o Oceanía, en promedio, un 90% de los pacientes logra superarlo, mientras que ese porcentaje no alcanza el 50% en lugares donde el sistema sanitario es caro, deficiente, inasequible o nulo.
¿A qué suena entonces la igualdad de oportunidades y su asociación al mérito si unos pueden elegir, disponer y más tarde mandar mientras una porción significativa de la sociedad debe sufrir privaciones, caer en la resignación y luego obedecer? Hay que tener en cuenta que tanto una cosa como la otra se convierte en hereditaria en los países donde se perpetúan las inequidades. En ellos, más que en ningún otro sitio, las diferencias materiales acaban marcando el concepto de estatus al punto que lo importante y visible es qué se tiene y a dónde se ha llegado, pero no cómo ni a costa de qué o de quiénes, como si un porcentaje de la población mereciera la prosperidad y el progreso y otra, las estrecheces y la frustración.
Finalmente, la brecha que se abre entre unos y otros anula cualquier posibilidad de juego limpio y, por el contrario, genera un ambiente de hostilidad entre adversarios irreconciliables: ubica, como lo sostiene Michael Sandel, autor de “La Tiranía del mérito, ¿qué ha sido del bien común?” (podríamos quedarnos sólo con la pregunta), de un lado a los “elegidos” y su arrogancia y, del opuesto, a los que, según algunos, carecen de méritos, rumiando su humillación.