Por Hernán Carbonel

Para LA GACETA - SALTO

Sudamericana acaba de publicar Soriano. Una historia, maravillosa biografía a cargo del periodista, editor y docente Ángel Berlanga. Soriano fue un autor que conjugó el best seller, lo popular, lo político, un estilo despojado y original, la narración oral y la crónica precisa, y que supo pintar a la Argentina como pocos, con un marcado gusto por lo épico y los personajes fracasados. “La memoria, si voraz y violenta”, escribió, “es una materia exquisita”.

Rescatemos, de este monumental volumen, una historia. Comienza así: Osvaldo Soriano sale a caminar por el cementerio de Père Lachaise, como acostumbraba hacer durante sus largas estadías en la capital francesa, hasta que un día da con un busto de mármol y una inscripción en él: Julio Carrié. Inspecteur General Des Consulats. Agent Confidentiel Gouverment Argentin. 1857-1910

Lo obsesionó la leyenda de ese hombre sepultado en París. “¿Otro chanta argentino?”, se pregunta, y sospecha: “ningún servicio secreto identifica a sus muertos. La tumba tan ostentosa y la placa delatora son obra de alguien que lo quería mal”. Soriano toma fotos y llama a Cancillería, donde le dicen que saben de quién se trata y que tienen información para ofrecerle, a lo que Soriano agradece y rechaza, ya que no se considera un “historiador o un escritor realista”, y los hechos, de conocerlos, limitarían su imaginación. Pero luego, con el paso del tiempo, varía su percepción: que la tumba era un modo de encubrir, de hacer pasar por muerto a quien no lo estaba, para que pudiese continuar con su trabajo desde las sombras.

La novela de Soriano se llamó, provisoriamente, “Agente confidencial” (que remite, claramente, a El agente confidencial, de Graham Greene, novela publicada en 1935) pero terminó publicándose bajo el título El ojo de la patria, en 1992. Su protagonista: Julio Carré. El ojo de la patria sigue las delirantes aventuras de un solitario agente secreto argentino en Europa que recibe la orden de una absurda misión: repatriar a un prócer del siglo XIX resucitado gracias a un complejo método tecnológico. Carré fragua su deceso para encarar sus tareas de manera encubierta, frecuenta el cementerio y tiene el privilegio de husmear en su propio entierro y llevarse flores a sí mismo.

“Todo empezó con la repatriación de los restos de Rosas y con esa lápida que encontré en el cementerio de Père Lachaise”, confesó Soriano. “Si un espía tiene una tumba con su nombre, es una trampa para que lo crean muerto”.

Pero, a todo esto: ¿quién era, quién fue el verdadero Julio Carrié, inspector general de consulados, agente confidencial del gobierno argentino? En una nota de 1992 llamada “Nuestro hombre en París”, Soriano arriesga “la hipótesis de que hiciera informes sobre anarquistas a comienzos del Siglo XX”. “Uno de los guardias del cementerio -refiere Berlanga- le contó que cada tanto un desconocido meaba la tumba después de dejar allí unas flores negras”.

Los cementerios no eran lugares gratuitos a la escenografía sorianesca: una de las mejores escenas de Triste, solitario y final se desarrolla allí, frente a la tumba de Stan Laurel, en Los Ángeles.

De nuevo: ¿quién era, quién fue el verdadero Julio Carrié? Hacia 2013, Francisco Juárez escribió un par de notas en Página/12 desandando esta historia.

Vínculo con Sarmiento

Augusto Carrié Malvin, comerciante francés, emigró a Argentina y se instaló en San Juan, donde contrajo matrimonio con Eloísa Salcedo Sarmiento, prima de Domingo Faustino. En 1869, cuando se lleva a cabo el primer censo nacional, Sarmiento, por entonces presidente, figura domiciliado en una casa de la calle Belgrano de la ciudad de Buenos Aires junto a la familia Carrié: Augusto, Eloísa y sus siete hijos, uno de ellos, Julio. Este se doctoró en leyes en la Universidad de Buenos Aires, con especialización en formas constitucionales; tuvo una importante vida diplomática (The New York Times cita sus gestiones para establecer una ruta de buques de pasajeros entre esa ciudad y Buenos Aires), hizo las veces de estanciero bonaerense y fue convencional en la reforma constitucional de 1898.

En los primeros años del Siglo XX, Julio Carrié aparece viviendo en Londres. Su última pareja, la alemana Anna Winberger, reconocida pintora que llegó a exponer en Buenos Aires y París, es quien yace en una tumba junto a él. La misma tumba que inspiró a Osvaldo Soriano. La de Julio Carrié. O la de Julio Carré. Todo depende del ojo de la ficción con que se lo mire. Si apenas es una “i” de diferencia.

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Hernán Carbonel - Periodista y escritor.