Gustavo F. Wallberg - Especial para LA GACETA

A raíz de la noticia de que se imprimirá un billete de mayor valor nominal, de dos mil pesos, podría agregarse que contra la frase popular de “cero a la izquierda” para indicar que algo no sirve o que carece de valor, en los signos monetarios agregar ceros a la derecha es la señal de pérdida de valor.

Pasa en Argentina. La inflación crónica implica que el precio monetario de los bienes va creciendo. Un recuerdo: hacia fines del año 2001 el kilo de pan costaba 1,65 peso. Inflación mediante, en la actualidad el kilo de pan ronda los 450 pesos. Su precio se multiplicó por 272,72: un alza de 27.172 por ciento.

Además de los problemas que la inflación trae para el poder adquisitivo, el sistema de precios relativos y el cálculo de inversiones, tal manifestación del proceso inflacionario implica dificultades operativas. En primer lugar, la expresión nominal de los precios. Números cada vez mayores requieren más tinta y más espacio para ser escritos. En segundo lugar, se complica la comprensión de la magnitud. En parte por eso surgen signos monetarios nuevos que le quitan ceros al anterior (o “corren la coma”) así se ahorra en dígitos.

Por ejemplo, si el precio de La Gaceta se mostrara en pesos moneda nacional, signo monetario vigente hasta 1969, el ejemplar de los domingos en vez de $ 350 costaría… m$n 3.500.000.000.000.000. Es decir, 3.500 billones de pesos moneda nacional. Por supuesto, la expresión se puede simplificar utilizando notación científica. El precio referido sería de 35 por diez elevado a la catorce. Aunque dado el nivel educativo del país tal vez sería mejor poner muchos ceros. O tal vez al revés: la necesidad de entender los precios podría haber contribuido a los conocimientos matemáticos de la población. Dudoso, pero… hay que imaginar el precio presente de un auto o un departamento en moneda nacional.

Vaya un repaso de la “evolución” monetaria. El peso moneda nacional rigió desde 1899 hasta 1969. El peso ley 18.188 le quitó dos ceros y estuvo desde 1970 hasta 1983. Le siguió el peso argentino, con cuatro ceros menos que el peso ley, y vigencia desde 1983 hasta 1985. Continuó el austral, que le quitó tres ceros al peso argentino, y llegó hasta 1991. Y desde 1992 el peso, con cuatro ceros menos que el austral, versión convertible hasta el año 2002 y sin convertibilidad desde ese año. En total, trece ceros menos desde el peso moneda nacional. O trece ceros a la derecha si no hubiera habido cambios de signo monetario.

Para mostrar la magnitud del desconcierto que esto puede generar, o del que tienen los gobernantes, podría citarse una opinión del entonces ministro de Economía de la Nación, Axel Kicillof, cuando ante la discusión sobre lanzar o no un billete de más alta denominación que el de cien pesos, el mayor entonces, dijo en agosto de 2015 que eso no tenía sentido porque coincidía con el de más alta denominación de los Estados Unidos y la inflación en ese país desde que apareció el billete de cien dólares había sido mayor que la de Argentina desde que apareció el de cien pesos.

No aclaró que el primer billete nacional de cien dólares fue emitido por el Banco de los Estados Unidos entre 1791 y 1811 pero había emisiones estaduales al menos desde 1780 (aunque el dólar no era todavía unidad monetaria oficial). Como antecedente moderno está el primero emitido por el Sistema de la Reserva Federal, creado en 1913, y es del año 1914. En cambio, el billete de cien pesos al que se refería Kicillof fue creado en 1992. El ministro comparó la inflación acumulada de un país desde 1780, en el mejor de los casos desde 1914, con la de otro país desde 1992. Pareciera que con más inflación acumulada el mismo valor nominal es menos útil, pero eso olvida que lo importante para el uso es la magnitud de los precios, menor en los EEUU que en Argentina, el ritmo de crecimiento, mayor en Argentina, y la bancarización, mayor en los EEUU.

Su visión podría ser un caso de miopía del nominalismo (o tal vez sólo un sinsentido), como la que lleva a varios a criticar la época de la convertibilidad de 1991 a 2002 con el argumento de que un peso no podía valer un dólar. Bien. ¿Y cuánto podía valer? La convertibilidad con tipo de cambio fijo se estableció durante la vigencia del austral. Eran diez mil australes por dólar. ¿Así estaba bien? ¿Y si se ponía diez billones de pesos moneda nacional por dólar, hubiera funcionado mejor? ¿O 3,1416 “pesos pi” por un dólar? Da lo mismo. O casi. La diferencia hubiera estado en la tinta y papel utilizados y el esfuerzo mental empleado en entender las cifras. Pero lo trascendente de la economía pasa por otro lado.

Cambiar el signo monetario tiene mucho de marketing, se quiere dar una señal de cambio de época, de cambio de sistema, y con la convertibilidad en particular se intentó asimilar el peso con el dólar para trasladar al peso la confianza en la divisa estadounidense, ayudado porque bajo un cambio obligatorio para el Banco Central cada billete era en realidad un certificado de depósitos en dólares emitido al portador.

Por supuesto, la practicidad parece justificar el nuevo billete. Ya con los de mil pesos hay un enorme movimiento de papel pintado que complica las transacciones. Se saturan los cajeros automáticos y autoservicios, aumentan los costos bancarios de guarda, depósito y logística, y los de la Casa de Moneda. Puede llegar a ser más caro pintar papel que el valor nominal impreso, así como se gastan dólares, esos que el Central retacea, en importar tinta, papel e incluso billetes porque la imprenta oficial no da abasto. Pero será apenas un alivio. La necesidad de la mayor denominación muestra la realidad del menor valor.