Por Ariel Hernando Campero

Para LA GACETA - TUCUMÁN

El 4 de diciembre de 1922, los principales diarios de Tucumán, LA GACETA  y El Orden, publicaron breves notas necrológicas informando el fallecimiento del fotógrafo Teófilo Castillo, sucedido el día anterior. Al enumerar las actividades artísticas del personaje, se mencionaba su oficio de pintor y de editor, además de señalar el éxito de sus retratos fotográficos entre el público tucumano.

El extinto era Teófilo Castillo Guas, nacido en 1857 en el pequeño poblado de Carhuaz, en el Departamento de Ancash, en el norte del Perú; siendo uno de los hijos de una familia criolla de antiguo prestigio con cierto bienestar económico. En 1861, su familia se trasladó a Lima, en donde comenzó a estudiar dibujo y pintura, hasta el año 1883, cuando Teófilo Castillo viajó a Europa para realizar estudios profesionales de arte y pintura. Aquel era el momento histórico de la consolidación de los estados nacionales sudamericanos, una de cuyas expresiones era la conformación de un “campo cultural”, tal como lo define el sociólogo Pierre Bourdieu, que incorporaba las bellas artes como un saber específico. De este modo, la creación de un “arte nacional”, era otro elemento necesario para la producción simbólica y la consolidación de las identidades nacionales.

En este clima de época transcurrió la formación artística de Teófilo Castillo, quien recibió la influencia de los impresionistas franceses y del pintor español Mariano Fortuny. A su regreso a América, en 1888, se estableció en Buenos Aires, convertida en un foco de irradiación artística, como también en un pujante “mercado de arte”, abierto a la modernidad y a la experimentación, tal como lo describe la historiadora Laura Malosetti Costa. Fue en ese ambiente donde el estilo de Teófilo Castillo alcanzó su madurez, regresando al Perú en 1906, donde su labor pronto alcanzó notoriedad en la esfera pública de la “República Aristocrática”.

El pasado épico peruano

Entre 1906 y 1920, la personalidad de Castillo resulta decisiva para la creación de un arte pictórico nacional peruano, siendo un artífice en la creación del imaginario histórico del Perú actual. Su pincel, preciosista, pero a la vez libre y audaz, brindó cuadros célebres para la reconstrucción del pasado épico de la historia peruana, tales como “El saqueo del Coricancha por los conquistadores”, “Los funerales de Santa Rosa”, “La entrada de San Martín en Lima”, “Sarao en el Palacio de Torre Tagle”, crearon la galería de imágenes patrióticas, reproducida hasta nuestros días en publicaciones escolares o en ilustraciones de contenido histórico. Esas pinturas de Teófilo Castillo nos evocan en nuestro medio las estampas de la pintora franco-argentina Leónis Matthis, quien, al igual que el pintor peruano, nos brindó la reconstrucción idealizada de sucesos y paisajes del Virreinato del Río de la Plata y de los tiempos de la Independencia. Tanto Castillo como Mathis fueron creadores de imaginarios históricos asociados con la percepción de la heroicidad y la épica de un pasado ilustre, que nos permiten reconstruir, con una mirada nostálgica, el esplendor del Cusco de los Incas, el oropel de las cortes virreinales o la visión de batallas o próceres memorables.

En Tucumán

También Castillo alcanzó notoriedad como crítico de arte y como propulsor de la creación de una Escuela Nacional de Bellas Artes en Lima, como la usina creativa para un arte nacional. Sus opiniones le valieron agrios ataques hacia su obra pictórica, llegando un crítico a minimizarlo como “el ilustrador de las Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma”. Quizás estos sinsabores, como también que fuese ignorado en la convocatoria para docentes de la Institución que él mismo impulsó, determinaron que Castillo abandonase el Perú en septiembre de 1920. Se instaló en Tucumán, y en nuestro medio editó una revista de arte y novedades, “Sol y Nieve”, y se ganó la vida como retratista y fotógrafo. Su talento pictórico asomó en estas tierras cuando su acuarela “Evocación Histórica” brindó una visión idealizada de la declaración de nuestra Independencia el 9 de julio de 1816. Luego de su muerte, Teófilo Castillo fue lentamente olvidado, hasta que la curadora de arte argentina, Elida Román, presentó una muestra retrospectiva de su obra en Lima, en 2008, haciendo justicia a la importancia de su producción pictórica para el arte latinoamericano. Hoy podemos considerar las pinturas de Teófilo Castillo como otro testimonio de “la ruta de la intelectualidad americana” que existía entre el Cusco y Buenos Aires, tal como lo describen los autores Ramón Gutiérrez y Graciela Viñuales. Tucumán fue parte de ese espacio cultural, descripto por Juan B. Terán, como el resultado de la confluencia del mundo andino del Perú, con el mundo atlántico de Buenos Aires, moldeando nuestra personalidad particular, tanto como provincia, y como parte del espacio sudamericano.

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Ariel Hernando Campero - Politólogo y diplomático. Agregado Cultural de la Embajada Argentina en el Perú entre 2014 y 2020.