Las autoridades y el pueblo hacían muecas a Jesús, diciendo: “A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido”. Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: “Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: Éste es el rey de los judíos. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro lo increpaba: “¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada”. Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Jesús le respondió: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23,35-43).

I- La solemnidad que celebramos “es como una síntesis de todo el misterio salvífico” (Juan Pablo II, Homilía). Con ella se cierra el año litúrgico, tras haber celebrado los misterios de la vida del Señor, y se presenta a nuestra consideración a Cristo glorioso, Rey de toda la creación y de nuestras almas. Esta fiesta fue instituida para mostrar a Jesús como único soberano ante una sociedad que parece querer vivir de espaldas a Dios (Pío XI, Encíclica Quas Primas). Cristo vino a establecer su reinado no con la fuerza de un conquistador, sino con la bondad y mansedumbre del pastor. Con esta solicitud el Señor buscó a los hombres dispersos y alejados de Dios por el pecado. Y como estaban heridos y enfermos, los curó y vendó sus heridas. Tanto los amó que dio la vida por ellos. El Reino instaurado por Jesucristo viene a revelar el amor de Dios, y actúa como fermento y signo de salvación para construir un mundo más justo, fraterno y solidario, inspirado en los valores evangélicos de la esperanza y futura bienaventuranza.

II- Es necesario que Él reine en primer lugar en nuestra inteligencia, mediante el conocimiento de su doctrina y el acatamiento amoroso de las verdades reveladas; en nuestra voluntad, para que obedezca y se identifique cada vez más plenamente con la voluntad divina; en nuestro corazón, para que ningún amor se interponga al amor de Dios; en nuestro cuerpo, templo del Espíritu santo (Pío II, Encíclica Quas primas); en nuestro trabajo, camino de santidad. La fiesta de hoy es como un adelanto de la segunda venida de Cristo en poder y majestad, que llenará los corazones y secará toda lágrima de infelicidad. Pero a la vez es una llamada y un acicate para que a nuestro alrededor el espíritu amable de Cristo impregne todas las realidades terrenas. Nosotros colaboramos en la extensión del reinado de Jesús cuando procuramos hacer más humano y más cristiano el pequeño mundo que nos rodea, el que cada día frecuentamos.

III- En la fiesta de hoy oímos al Señor que nos dice en la intimidad de nuestro corazón: Yo tengo sobre tí pensamientos de paz y no de aflicción (Jeremías 29, 11), y hacemos el propósito de arreglar en nuestro corazón lo que no sea conforme con el querer de Cristo. Le pedimos poder colaborar en la tarea grande de extender su reinado a nuestro alrededor y en tantos lugares donde aún no le conocen. Para hacer realidad nuestros deseos acudimos, una vez más, a Nuestra Señora, la Madre santa de nuestro Rey, la Reina de nuestro corazón. Le pedimos que sepamos componer nuestra vida y en la vida de los que nos rodean, como un río de paz.