Nadie podrá eludir la veracidad del hecho. Cada vez que se emplea la palabra casualidad para describir una situación meramente azarosa entre dos cuestiones, inmediatamente se descuelga otra palabra del profuso léxico del español. Y todo para explicar -desde una posición de cuasi erudito- que tal cosa no sucedió por los caprichos inescrutables e inesperados del azar sino por una lógica que deviene en ley.

Todo, todo, tiene una causa (causalidad). Sea lo que fuere. Una causa que origina la cosa o el suceso. ¡Vaya descubrimiento! Necesario precedente para que se materialice la cosa o el suceso ocurra. La ley natural de la causa-efecto. O del aserto que instala, sin más, que no hay efecto sin causa anterior que lo origine. Bueno resulta advertir, llanamente, que las dos palabras se escriben con las mismas diez letras: CASUALIDAD. CAUSALIDAD.

Sólo difieren en una sílaba. Sílaba “espejo”: SU/US

Hasta aquí, desbrozado el entorno de estas palabras, tan ligadas ellas en el habla y la escritura del español, conviene incursionar en otros idiomas para mejor comprender.

Esa tendencia a pontificar (es un decir, nomás) cada vez que se da la oportunidad de advertir que tal o cual situación “no es por casualidad” sino “por causalidad”: filósofos de entrecasa dixit. ¡Bravo!

Bien, veamos ahora cómo se escriben en otros idiomas estas dos palabras que, casi siempre, yuxtaponemos en nuestras explicaciones de lo que no resulta posible explicar de otra manera, reflexiva, serena, precisa e intelectualmente aceptable.

Así se escriben casualidad y causalidad, respectivamente, en otras lenguas:

Italiano: incidente – casualitá.

Alemán: unfall – kasualitat.

Portugués: acidente – casualiudade.

Francés: accident – casualité.

Turco: kaza – nedensellik.

Sueco: olycka – orsakssamband.

Polaco: wypadeck – przyczynowsc.

Catalán: istripua – kausalitatea.

Esperanto: istripua – kausalitatea.

A un polaco, por ejemplo ¿se le ocurrirá decir que tal o cual efecto se produjo por casualidad (wypadeck) o por causalidad (przyczynowsc) orientada su respuesta por la “similitud” de los dos términos que definen una u otra significación? Seguro que no. Ni a un turco ni a tantos otros…

Si hubiera que definir en una conclusión la ventaja de la lengua que hablamos* habría que esbozar sobre el concepto filosófico-lingüístico del empleo del español. Que dos palabras (casi gemelas, como las definiéramos) muestren naturalmente el camino de la comprensión del fenómeno natural, el de la causa-efecto, es una “bendición”. La de que “no hay efecto sin causa”. Que el azar no es orientador de nada por sí mismo sino que está indisolublemente trenzado con la ley inmutable de la naturaleza y de los actos, sean éstos humanos o de otra entidad. ¡Cuánta ventaja llevamos los que hablamos y escribimos en español! Sobre los italianos, los alemanes, los portugueses, los suecos, los polacos y tantos otros. Y, aún sobre aquellos que pretenden desmoronar la Babel erigiendo el esperanto, esperanza casi ilusoria del entendimiento entre todos.

© LA GACETA

Carlos Duguech – Pperiodista, poeta, ensayista.

* “…pero a los bárbaros (los conquistadores españoles) se les caían de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí, resplandecientes…el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras”. Pablo Neruda.