“Antes los mandaban a Ushuaia...”, la frase se sigue escuchando hasta el día de hoy en todo el país por parte de quienes peinan canas, y en este caso pertenece a Ana Petrona Sánchez, vecina del barrio Villa Urquiza, quien durante una entrevista con nuestro diario renegaba de los motochorros reincidentes en su barrio. Las cámaras de seguridad que puso en el frente de su casa ayudaron a esclarecer el crimen de Manuel Mohamed y captaron numerosos hechos de inseguridad en su cuadra. Cuando Sánchez habla de Ushuaia se refiere al presidio que se inauguró en esa ciudad (la más austral del mundo) el 15 de septiembre de 1902, y cuya edificación, convertida en museo, cumplió 120 años.

En 1947 el ex presidente Juan Domingo Perón decretó el cierre del presidio por las numerosas violaciones a los derechos humanos que se perpetraron allí. A los castigos físicos que sufrían los presos se les sumaba las temperaturas bajo cero que afrontaban en el invierno fueguino, y que causó numerosas muertes por hipotermia y por tuberculosis. Tantas denuncias sobre la situación carcelaria de esa ciudad llevaron a que en la literatura y en la prensa nacional se usaran expresiones como: “Ushuaia, tierra maldita”, “Ushuaia, la ergástula del sur”, “Ushuaia, el presidio siniestro”. Frases que contrastan totalmente con los paisajes naturales de una ciudad construida entre picos nevados, bosques patagónicos y la costa del canal de Beagle.

Llegar a la capital fueguina es encontrarse en cada rincón con algún libro de Arnolno Canclini, historiador de la ciudad y autor del libro “Tras las rejas”, en el cual cuenta como el presidio fue el gran eje de esa ciudad y el motor de su crecimiento. Con la construcción del penal no sólo comenzaron a llegar condenados, sino también guardiacárceles y sus familiares. Significó un crecimiento significativo para el comercio de una población que hasta entonces era muy pequeña. El escritor Ricardo Rojas, quien fue preso político de la “cárcel del Fin del Mundo”, entendió en sus escritos que el presidio era un verdadero “capitolio” en Ushuaia.

Proyecto y realización

En 1883 durante el gobierno del ex presidente Julio Argentino Roca se elevó al Congreso un proyecto que planteaba la construcción de un penal en el extremo sur del país. El plan tenía varios objetivos, pero fundamentalmente pretendía que se poblara la región patagónica sosteniendo que con la construcción de una colonia penal no sólo se trasladaría a los reos, sino que voluntariamente algunos comerciantes se asentarían en el lugar para satisfacer las necesidades de los nuevos habitantes y sus familias. Hasta ese momento, según Canclini, en Ushuaia sólo habitaban pueblos originarios, misioneros católicos y evangélicos y miembros de la Armada Argentina.

EL PRESIDIO. La parte inferior del pabellón que se conservó integro para mostrar cómo fue la época carcelaria.

El gobernador fueguino Pedro T. Godoy fue quien consiguió que el presidio proyectado se construyera en su provincia. Incluso, a modo de volcar la balanza a su favor, comenzó una edificación antes de recibir el visto bueno del Congreso. El deseo de Buenos Aires de acelerar el crecimiento poblacional en la Patagonia respondía a los constantes riesgos de una invasión chilena. Para esa época, Canclini recuerda que en la región sólo había dos ciudades importantes: Carmen de Patagones y la Colonia Galesa (Trelew).

Con la intención de descomprimir la sobrepoblación carcelaria de Buenos Aires, el Gobierno Nacional aceptó la propuesta de enviar reos a esas primeras alcaidías que había hecho Godoy. En enero de 1896 llegaron en dos barcos los primeros 34 presos voluntarios. El viaje era necesariamente en barco, duraba un mes y los reclusos eran transportados en las bodegas. Otros prisioneros tuvieron otra suerte y fueron enviados en camiones a Chaco para descomprimir la situación porteña.

El autor explica que años después la construcción se erigió sin cumplir los requisitos para ser considerada colonia penal, nació como presidio: una cárcel donde los prisioneros eran sometidos a trabajos forzados a cambio de un salario mínimo. De hecho, al edificio que existe hasta la actualidad lo construyeron los primeros presos que llegaron a las alcaidías. La obra continuó creciendo hasta concluir en 1920 y ya entonces la crisis carcelaria era noticia: tenía capacidad para 370 internos pero llegó a albergar a 600.

El frío

Ricardo Rojas, quien durante su confinamiento (fue alojado fuera del presidio) escribió el libro “Archipiélago”, describe que la construcción de piedra convertía a las celdas en “verdaderas cámaras frigoríficas”. El ex diputado Manuel Ramírez plasmó por escrito una observación similar. Allí, en el extremo sur de nuestro país la temperatura rara vez superaba el grado cero y era habitual que se registrara una mínima de -15°.

En invierno la calefacción era necesaria para la supervivencia y para ello se necesitaba combustible. Es así que los penados debían salir a talar arboles a diario para alimentar las calderas. En 1910 comenzó a funcionar un tren que trasladaba a los reos sobre vagones descubiertos hasta el monte Susana, en lo que hoy está comprendido dentro de un parque nacional. El ferrocarril regresaba cargado a tope con troncos y los presos (que en su mayoría no eran condenados) volvían a pie, rodeados por una fuerte custodia hasta el presidido ubicado a 25 kilómetros. Las fugas eran prácticamente imposibles: los reos vestían de azul y amarillo contrastando con el manto blanco de la nieve en invierno, en cualquier época del año era necesario prender fuego a la noche, y eso alertaba a los guardias que salían a buscarlos y, si llegaban a cruzar a Chile, no encontraban refugio porque los carabineros los devolvían a nuestro país. El gobierno trasandino sólo hizo excepciones con tres presos políticos que lograron evadirse.

PATRIMONIO HISTÓRICO. El edificio, terminado en 1920, conserva calderas y máquinas de la época.

“Sólo recuerdo que hacía mucho frío. Los árboles se congelaban y el hacha rebotaba como si estuviéramos golpeando una barra de acero. Es mentira eso de que para que el frío se pasara había que mover el cuerpo. Nada podía sacarnos el frío. Las manos se congelaban y a la hora ya no sentías los pies”, describió (con 90 años) el ex penado Santiago Vaca. Canclini rescata ese testimonio en su libro.

Los presos también se ocupaban de realizar los servicios públicos del pueblo, de la limpieza y de llevar a cabo algunas obras.

Los castigos

La etapa más oscura fue entre 1930 y 1934, durante los gobiernos de facto. Canclini escribió que en esa época Adolfo Cernadas fue el director del presidio, sindicado como el principal artífice de los atropellos que sufrieron los presos. Años después, en un juicio, Cernadas quedó libre pero se condenó a tres funcionarios del penal y a 19 guardias. Las denuncias salieron a la luz gracias al médico de la cárcel, Guillermo Kelly, que describió que por el simple hecho de hablar sin permiso los presos eran molidos a golpes y arrojados desnudos sobre las celdas heladas, donde eventualmente fallecían por falta de asistencia. Según el historiador, el pueblo ushuaiense se solidarizaba -como podía- con los reos ante tales atropellos. El presidio tenía su propio cementerio, al otro lado de la ciudad.

ATRACTIVO CULTURAL. El museo del presidio es muy popular entre los turistas.

Kelly denunció que, por las palizas, los presos sufrían múltiples fracturas y lesiones. En un fragmento rescatado por Canclini, el médico detallaba crudamente: “llegaron a retorcerles los testículos y a apretarles la cabeza con una prensa de copiar”. Un preso también contó que por esa misma prensa pasaron las manos y los pies de varios de sus compañeros.

Presos conocidos

Canclini dedica pocas líneas a los penados por homicidios que conmovieron al país. Entre ellos menciona a Mateo Banks, un chacarero que fue condenado por haber asesinado a sus hermanos, cuñados, sobrinos y a los peones de su estancia. Recuerda además el paso de Cayetano Santos Godino, “El Petiso Orejudo”, como se lo conoció en las crónicas policiales, quien fue condenado por la muerte de cuatro niños, siete intentos de homicidio y por incendiar siete edificios; así terminó en el presidio de Ushuaia.

Hay evidencia además de que allí estuvo Guillermo MacHannaford, condenado por traición a la patria porque le habría vendido información a Paraguay. Incluso en la ciudad más austral del mundo aseguran que hay serios indicios -pero no certezas- de que el reconocido cantante y compositor de tango Carlos Gardel haya pasado una temporada detenido en el presidio.

En el libro “Tras las Rejas” se hace hincapié en la historia de Simón Radowitzky “el preso más famoso” según el autor. Con apenas 18 años, el 15 de noviembre de 1909, el ruso perpetró un atentado a una figura pública. Ese día el jefe de la Policía de Buenos Aires, Ramón Lorenzo Falcón Jara asistía en auto a un funeral cuando Radowitzky lo interceptó en la esquina de Callao y Quintana, en Recoleta, y arrojó dentro del vehículo un paquete. El coche explotó y así fallecieron Falcón y su secretario Juan Alberto Lartigau; además varios testigos resultaron heridos. El criminal, que fue detenido tras un fallido intento de suicidio, militaba para el anarquismo y se convirtió en un símbolo de ese movimiento cuando fue trasladado al presidio del Fin del Mundo hasta 1930, cuando pudo recobrar la libertad. Sus seguidores ejercieron presión para que recibiera el indulto presidencial.

Presos políticos

Hubo tres marcadas épocas de presos políticos. La de 1934 es la más recordada en Ushuaia. Allí, tras una revolución encabezada por el coronel Roberto Bosch, se acusó a funcionarios radicales de haber conspirado contra el gobierno del presidente de facto José Félix Uriburu. Fueron detenidos Ricardo Rojas, Adolfo Güemes, José Luis Cantillo, Mario Guido y Enrique Mosca; todos ellos confinados a Ushuaia. También fue arrestado el ex presidente Marcelo Torcuato de Alvear, quien prefirió exiliarse en Uruguay.

A CIELO ABIERTO. La parte superior del pabellón está cerrada, la madera del piso tiene décadas.

Los políticos no sufrieron el mismo trato que los demás presos, pero sí padecieron el frío. El confinamiento los alejaba de sus aspiraciones de gobernar y los exponía a la posibilidad de morir por tuberculosis. Fueron alojados en casas y gozaban de libertad ambulatoria.

Si bien el presidio fue cerrado en 1947, en 1955, con la caída del gobierno de Perón, se arrestó y se confinó a Ushuaia a 17 funcionarios peronistas, entre ellos estaba Héctor Cámpora, luego electo presidente.

Actualidad

El famoso tren de los presos desapareció en la década del 50, pero en 1994 un grupo empresario reconstruyó el camino ferroviario y puso en funcionamiento al “Tren del fin del Mundo”, uno de los grandes atractivos turísticos de la ciudad.

El edificio del presidio, por otro lado, fue declarado monumento histórico. Hoy sigue siendo un motor económico para Ushuaia por al historia que contiene. Se convirtió en museo y en centro cultural. En el ex playón de comedor hoy se realizan actividades como ajedrez, patín y talleres de pintura. Por las noches hay actividades recreativas como la simulación de un motín y fuga del presidio; también hay una oferta sobre “experiencia paranormal” dentro del penal.

El museo, dividido en cuatro áreas, recuerda la historia de los pueblos originarios de Tierra del Fuego, la historia naval y la del mismo presidio, donde hoy los guardias y los presos son recordados en fotos y estatuas de cera. Uno de los pabellones quedó intacto para ver las condiciones en las que vivían los presos. En ese sector el herrumbre, el desgaste, los techos rotos y los espacios compactos pasan a ser detalles; lo que en verdad impresiona es que al cruzar la puerta hacia esa ala la calefacción se corta abruptamente, y no hay campera que abrigue al cuerpo de ese frío polar.