“Y sucedió que al entrar él un sábado a comer en casa de uno de los principales fariseos ellos le estaban observando. Y proponía a los invitados una parábola al notar cómo iban eligiendo los primeros puestos...”.

El Evangelio (Lucas 14, 1; 7-11) de hoy nos habla de la virtud de la humildad como fundamento de todas las demás, y Jesús aprovecha cualquier circunstancia para ponerlo de relieve. La verdadera humildad no se opone al legítimo deseo de progreso personal en la vida social; de gozar del necesario prestigio profesional; de recibir el honor y la honra que a cada persona le son debidos... Todo esto es compatible con una honda humildad, pero quien es humilde no gusta de exhibirse. Sabe que en el puesto que ocupa no está para lucir y ser considerado, sino para cumplir una misión cara a Dios y en servicio de los demás.

Nada tiene que ver esta virtud con la timidez, la pusilanimidad o la mediocridad. La humildad nos lleva a tener plena conciencia de los talentos que el Señor nos ha dado para hacerlos rendir con corazón recto, y a dirigir hacia Dios los deseos de gloria que se esconden en todo corazón humano.

La humildad es la llave que nos abre el corazón de los demás y de Dios. Es la base del éxito temporal y eterno. Pensar que levantando la voz, enseñando los dientes o avasallando a los demás es como se triunfa hoy, es un error. La vida enseña cómo nos autoexcluimos del mundo familiar, laboral y social cuando se procede así.

La búsqueda de los cargos a cualquier costo en los diversos ambientes de la vida humana y eclesial son el producto de intereses poco rectos. La Argentina sufre hace décadas el posicionamiento de cargos forjados por intereses creados; y las realidades del mundo social, educativo y pastoral también lo sufren. El Señor nos advierte que cuando no existe la humildad, sino la ventaja del poder por el poder mismo, esa realidad se arruina y causa daño.

La invitación del Señor a no creerse con derecho al puesto principal es un estilo de vida que tiene muchas manifestaciones. Una de ellas es la facilidad para rectificarlo cuando la realidad nos persuade de una equivocación o de un error, de buena o de mala fe. Endurecerse, en cambio, y atrincherarse en esa postura juzgando que lo contrario es rebajarse, arrimarse al sol que más calienta o cambiar de camiseta (siendo ventajista) es no amar la verdad sino mi verdad, lo cual lleva a colocarse fuera de la realidad, causando dolor a familiares, colegas y amigos.

La búsqueda de los primeros cargos, que es muchas veces la búsqueda de sus poderes, es la triste historia de nuestra vida social, política, económica y eclesial.

Hemos de pedirle al Señor la humildad para saber desarrollar el talento dado, pero no la búsqueda del cargo para el cual no estoy preparado. Reconocer los límites es sabiduría; asumir cargos sin las capacidades correspondientes es temeridad.