El ministro de Economía de la Nación, Sergio Massa, virtualmente presidente de la Nación, se encontró con un obstáculo inesperado en su carrera. Tiene la impronta presidencial porque Alberto, ha abandonado su rol, mareado por sus propias contradicciones. Y, Juan Manzur, que en todo caso debía ayudarlo a acomodar los otolitos del primer magistrado no ha podido definir su perfil. Ha sido mucho para él conformar a dos amos como Cristina y su invento. Para Massa estas incongruencias han sido, precisamente, las que han consolidado su liderazgo que también se veía deshilachado por la capacidad de construcción –y de daño- de la vicepresidenta de la Nación.

Lo que no esperaba el ministro de Economía es que le apareciera en frente una oposición tan férrea. No se trata de Juntos por el Cambio que anda rumiando sus incapacidades y sus desventuras para saber quién manda. Son los gobernadores de las provincias –los mismos que lo abrazaban y le deseaban suerte el día de la asunción- los que están poniendo palos en la rueda.

Lo llamativo es que mientras Massa se despedía de la Cámara de Diputados, los “gober” –así les gusta que les llamen- instruyeron de urgencia a sus senadores

para que dieran fuerza de ley al consenso fiscal firmado en diciembre de 2021 con el Poder Ejecutivo Nacional. Algo de lo que pocos se acordaban. Salvo ellos. ¿Cual fue el sentido de ese apuro? Esquizofrenia política aguda. Mientras vivaban al “Salvador”, lo primero que hacían era intentar munirse de esa herramienta que les permite aumentar alícuotas y bases imponibles de los tributos provinciales. Claramente, se estaban “blindando” ante la amenaza de ajuste fiscal que podría llevar adelante Massa. ¿Como se entiende esa actitud contradictoria? De manera simple: sin la llegada del “Salvador” el 2023 está irremediablemente perdido y los mandatarios necesitan plata. Si hay algo que no han aprendido es gobernar con poco dinero, y si la Nación no lo da por un ajuste, habrá que sacarlo del bolsillo del contribuyente.

Massa. estos días. volvió a encontrarse con la persistencia de esta “oposición amiga”. Los mandatarios en su documento –redactado entre empanadas y asado- hablan de trabajar por la unidad y por un federalismo real. Casi dos falacias. La unidad es una máscara de carnaval que se ponen todos para no sacar los pies del plato –y seguir atado a la caja estatal- y que sirve también para entrar en todos bailes, aún en la de aquellos que ni siquiera son capaces de saludar a cara descubierta. De lo contrario, ni Cristina ni Alberto, ni la CGT ni el propio Massa podrían estar en una misma coalición.

Y, si decidieron ponerle el adjetivo “real” al federalismo es porque están haciendo una tácita confesión de que el federalismo que se aplica desde 1983 a la fecha es una ficción.

Entre muchas palabras, ambages y habilidosas declaraciones los gobernadores advirtieron a Massa la necesidad de garantizar el plan de obras y la construcción de viviendas “para dinamizar la actividad económica y facilitar el acceso a los derechos sociales a nuestra comunidad”. Si esta fuera una película extranjera el subtitulado diría: “Sergio, ni se te ocurra ajustar metiendo mano a las obras que ya tenemos previstas. No te demores en mandar la plata porque si no perdemos”.

En la casa de Axel Kiciloff, estaba comiendo, firmando y avalando esto el gobernador Osvaldo Jaldo, que forma parte de esta liga, la fuerza opositora más potente de Massa ya que ni Alberto ni Cristina están en condiciones de decirle nada al ministro de Economía porque es el salvavidas de ambos.

Soledad y temores

En el conflicto por el estacionamiento pago nadie aparcó sus ambiciones políticas. Detrás de la discusión entre el gobernador y el intendente de la Capital, Germán Alfaro, pasaron cosas.

Lo que Jaldo quería era que el peronismo actuara lo más rápido posible para que se anulara el contrato. Sin embargo, todos se movían arrastrando los pies. El más lento fue el mismísimo Concejo Deliberante que dio más vueltas que una calesita para actuar y no tomaron ninguna decisión. Esperaban que otros actuaran antes. Ahora con un amparo en la Justicia decidieron sesionar.

Algo parecido ocurrió con la Defensoría del Pueblo, donde su titular también arrastró los pies a juzgar con la velocidad que hubiera querido el gobernador interino o mejor dicho el político que se jugó por él al punto de entrar en guerra con quien hoy es el jefe de Gabinete de la Nación. Eduardo Cobos hizo una conferencia de prensa para anunciar sus planteos por el costo de los servicios y para contar que iba a presentar un recurso de amparo por el tema del estacionamiento y terminó solicitando a la Justicia una declaración de certeza. Demasiada liviandad para la dureza con la que se pronunció su jefe político. Tantos pies arrastrándose dejaron traslucir cierto temor político a enfrentar a Alfaro, un viejo compañero de andanzas de cuando compartía el espacio político. Cobos, con esta actitud no sólo dejó más en soledad a Jaldo en esta cruzada en la que pocos ministros y figuras lo acompañaron, vuelve a poner en tela de juicio el rol de la defensoría. Es que esta institución está inhibida de hacer política, algo que le cuestionan los propios empleados al ombudsman, al punto que ya hay trabajadores en pie de guerra contra Cobos.

Manzur mirá desde Buenos Aires todos estos movimientos como quien ve una comedia de enredos con la cual puede distenderse y pasar el rato tranquilo. Para él Tucumán es un asunto cerrado y confía –y así lo hace saber a sus principales apóstoles- que la fórmula Jaldo-Manzur ganará cómodamente en los comicios de 2023. Y, la aparición de algunas candidaturas o postulaciones dentro del oficialismo, sólo son –para él- señales para tener mejores cartas a la hora de negociar algunos temas con Jaldo.

Nada nuevo bajo el sol

En sentimientos tan nobles como el amor o en actividades tan potentes como la política la sorpresa es un motor fundamental para su desarrollo. En la vida de los últimos días ha faltado esa dosis de energía. Ni siquiera la Justicia aportó sorpresa alguna. Por eso a nadie le llamó la atención que el planteo de un amparo por parte del destituido juez Enrique Pedicone le fuera adverso.

Pedicone había pedido que se lo restituya en el cargo pero la Justicia tucumana es absolutamente previsible cuando le toca juzgar cuestiones referidas al poder político.

Por más dividido que esté el fallo la balanza se termina inclinando en favor de la política que vienen diseñando con mano y prolijidad de orfebre José Alperovich y Manzur-Jaldo.

Hasta el más novato y el más naíf de los optimistas del foro tucumano se animaba a afirmar que el resultado final del planteo judicial de Pedicone iba a salir en contra del ex magistrado.

Esa resolución tenía menos suspenso que ver hoy en televisión –y esperar- el resultado de la final de fútbol de México 86 donde competía la selección de Bilardo y Maradona.

La prepotencia con la que se ha manejado la política ha generado un descalabro institucional notable en la provincia. Tanto es así que recientemente en la Casa de Gobierno había funcionarios que caminaban sonrientes y festejaban que se había hecho bien un sorteo.

Y el poder responsable de poner quicio en aquel desorden institucional siempre ha debido ser la Justicia, sin embargo, es tal la crisis que atraviesan los tribunales provinciales –hay días donde la Corte no se puede constituir por las desordenadas licencias de sus miembros- que muchas veces contagia desconfianza. Por eso el resultado del amparo de Pedicone estaba cantado desde el mismo momento en el que lo presentó. Ni él mismo se debe haber podido sorprender por el fallo. ¿Para qué lo hizo, entonces?

Pedicone, como si estuviera entretenido con un juego de mesa no hace más que cumplir con las reglas para llegar lo antes posible a la salida. Debe obligatoriamente agotar las instancias judiciales provinciales y nacionales para finalmente llegar a un tribunal que le transmita una mayor sensación de imparcialidad que le permita tener la ilusión de que su cuestión será estudiada y resuelta sin temores en un ámbito donde la cancha no esté inclinada.

En realidad el gran daño institucional se consumó hace mucho tiempo -y no va a ser revertido-, específicamente, el día en que se archivó el pedido de juicio político en contra de Daniel Leiva, actual presidente de la Corte Suprema de Justicia de la provincia.

Una de las cosas más difíciles para una gran número de tucumanos era no reconocer la voz de Leiva en la famosa grabación en la que le pedía a Pedicone que regulara la intensidad de una causa judicial que se refería justamente a un tema político en la que un legislador de la oposición era protagonista.

Eran muchos, demasiados, los que sabían que quien hablaba era Leiva. Se trataba de la voz del entonces vocal de la Corte. Sin embargo, se archivó el juicio político por mandato del poder. Ahí es donde se consumó la vergüenza y se contribuyó al deterioro de la Justicia y de la Legislatura tucumana. Después de eso es más difícil que la ciudadanía se sorprenda

El problema no es la destitución de Pedicone ni su restitución al cargo. Lo grave es que no se le haya iniciado el juicio político a Daniel Leiva. Eso es en definitiva lo que actualiza el resultado del amparo que nuevamente pone en el tapete aquella mentira –Leiva negó el hecho- y vuelve a poner sobre la palestra sus excesos de poder.

Las efemérides y los archivos han tenido esta semana el atrevimiento de juntar dos hechos de la historia argentina. Uno es la muerte del general José de San Martín y la otra es la noche en que José López fue a esconder dinero en un convento. La fuerza y la convicción de un hombre que jugó su vida por la libertad y la vergüenza por la corrupción es tal vez la grieta más profunda.