“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: ‘He venido a prender fuego en el mundo ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra’” (Lucas 12,49-53).
Hoy volvemos a escuchar un Evangelio de gracia, pero un tanto incómodo; el Maestro que nos habla de mansedumbre nos plantea otro aspecto de su mision. Jesús comienza el viaje a Jerusalén, presentando las exigencias que conlleva para Él y cuantos lo siguen. De esta manera, nos sorprende hablando de sí mismo, de su misión y su destino, con palabras misteriosas: fuego, guerra, división.
Las lecturas de hoy, no sólo el Evangelio, presentan la fe como una lucha, y en el caso de Jeremías, como signo de contradicción, esfuerzo, peligro, como el mismo Cristo vivió la fe. Los profetas expresan en su propia carne que la verdad molesta y lleva a correr riesgos. Lo que hicieron con Jeremías, lo harán después con Jesús y sus seguidores.
En cuanto a nosotros, quizás nos hemos acostumbrado a vivir una fe líquida, conformista, descomprometida. Muchos cristianos tendemos a vivir la fe y considerar al cristianismo como una religión de paz tranquila. Sin embargo, la Palabra de hoy nos mueve el suelo que pisamos. Que quiere decir, que la fe tal como la vivió Jesús, nunca puede ser neutral. Nos sorprenden sus palabras de fuego, guerra y división, que purifican nuestra fe.
Porque si Él lo vivió así poniéndose del lado de los que sufren, sus seguidores no podemos callarnos ante los atropellos cometidos y esto provocará lucha e incomodidad. El mensaje central de hoy es, por tanto, que el creyente vivirá siempre con la cruz de la contradicción.
El fuego es otro signo. ‘Vine a traer fuego y como quisiera que arda’ es una expresión del celo de Jesús en que el Reino se haga presente en medio de los hombres. Cuando aplicamos este Evangelio nos sentimos convocados a renovar nuestra entrega en el servicio evangelizador del mundo y la sociedad.
La Iglesia no debe abandonar el mandato de salir por todas las realidades humanas para anunciar el evangelio de la Gracia. Cuánta necesidad tiene nuestra Argentina de un mensaje cristiano actual y lleno de verdad. No podemos callarnos, hemos de anunciar la verdad a pesar de la incomodidad que produzca su anuncio.