La violencia en el fútbol, dentro de una cancha o fuera de ella, con protagonistas directos de los partidos o con fanáticos, sea por el motive que fuere, jamás será un tema para mirar a otro lado y buscar excusas. Es cierto que los hechos se repiten de manera sistemática y que, si bien existen organismos y entidades encargadas de evitar que se produzcan, lejos se está de una salida. Y no hablamos sólo de aquellos actos en los que se llega a la agresión física, sino también a la verbal, a la psicológica y la que se irradia de parte de quienes ostentan poder. Poner en evidencia la situación, exponiéndola ante la opinión pública, es sólo una parte de lo que se necesita hacer. Los demás tiene un ABC conocido: exigir responsabilidad de parte de quienes salen a un campo de juego, pedir acciones preventivas por parte de los organizadores, control de quienes deben velar por el orden y, llegado el caso, medidas rigurosas determinadas por las autoridades deportivas y judiciales.

De tan recurrente, el tema parece ser minimizado. Mientras, los violentos siguen transitando un camino sin retorno. En una sociedad como la nuestra, en la cual se ve día a día que cualquier chispa enciende un fuego, el deporte es termómetro y también vidriera. De allí que haya que tomar nota urgente de cada hecho, y actuar.

Los ejemplos de actos violentos en el fútbol aparecen casi día a día. Algunos  -por citar los más recientes- llegan a tener un cartel que irradia una luz roja en un tiempo extenso, como pasó con los sucesos del partido de la Liga Profesional entre Barracas Central y Patronato. O con los desmanes que protagonizaron socios de Independiente, previo al partido con Atlético. Hay otros que por su naturaleza encienden alarmas que deben ser oídas y resueltas, como las amenazas sobre la integridad física de dirigentes, cuerpos técnicos y jugadores.

Nada justifica la violencia, ni siquiera las fallas que pueden originarse por el uso de un sistema que llegó -paradójicamente- al fútbol para darle mayor justicia, como lo es el videoarbitraje, una asistencia tecnológica cuyo objetivo es evitar flagrantes errores humanos que condicionen el resultado. Hay quienes sostienen que en la Argentina es donde peor se lo aplica, aunque esa parece ser una visión demasiado temeraria y localista. Sí es cierto que, en un deporte con pasiones a flor de piel, una de las cosas que el VAR trajo es un componente frecuente de polémicas lo que se suma, cuando las decisiones no favorecen al equipo que un fanático alienta, al sinfín de dimes y diretes, contrapuntos fuertes y violentos que generan palabras tales como robo, asociación ilícita y parcialidad. Y aunque siempre es necesario opinar, incluso discutir y disentir, llegado el caso debe hacerse con respeto. Cuando ello se vulnera, aflora en el fútbol una violencia que complica más el panorama y saca de foco lo verdaderamente importante. El mal llamado folclore del fútbol también contribuye a ello, como así también el anonimato que se maneja en las redes sociales o los cantos xenófobos y racistas que suelen escucharse en los estadios.

La violencia en el deporte, en todas sus formas, debe ser combatida, dentro de marcos legales y con el rigor necesario. Nunca esta temática debe ser trataba como una sucesión de hechos que alimentan una estadística inútil. Tampoco como un terreno en el que nadie quiere intervenir para evitar herir susceptibilidades de los “dueños” de la pelota, quienes con sus prácticas vienen resquebrajando desde hace años un sistema cuya salud es precaria. Hay leyes sobre seguridad deportiva de aplicación en todo el país. Es tiempo de hacerlas cumplir sin dobleces ni intereses de por medio.