Somos  un país que vive endeudado. También somos un país que hace alarde de soberanía e independencia. Tal pretensión contrasta con las ataduras legales aceptadas libremente en el momento de solicitar dinero en préstamo, bajo la promesa de devolución en determinado tiempo y forma. Ya la Patria nació debiendo dinero (recordar el préstamo de Inglaterra solicitado por Rivadavia. Creo que este fue el  primero, ya olvidado). Cada Gobierno subsiguiente recurrió al viejo truco de pedir y... “ya se verá cómo se paga”. Esta costumbre  de endeudar al país es clásica. Tan clásica que ya tiene visos de inveterada picardía, pues dejan correr el tiempo, negociaciones mediante. Ningún presidente quedó cero a cero con la deuda. La que dejó el Gobierno anterior fue multiplicada hasta el hartazgo por el actual, en apenas dos años. “Verás que todo es mentira. Verás que nada es verdad”, llora el tango “Yira, Yira”. Y en este tren sin desvíos bajamos sin pausa al fondo del pozo de la estimación mundial. Todo por no saber respetar una regla básica de convivencia: “las deudas deben pagarse”.

Darío Albornoz

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