Sólo puedo atribuir a un trasnochado delirio o a un desborde de mi febril imaginación, creer que la obra literaria puede adquirir una entidad ajena y distinta del autor, y manifestarse con emociones humanas, de odio o amor, hacia quien le ha dado existencia. Pero lo cierto es que experimento esta creencia hace muchos años, y recién en este texto la verbalizo, a riesgo de exponer graves fisuras en mi racionalidad.

Es que tengo para mí que la perfección literaria buscada, y encontrada, por Leopoldo Lugones, generó la venganza de una oscura entidad viviente en la obra magistral del gran escritor argentino, que ha despertado fuerzas ocultas incontrolables y maldicientes. No es casual que publicase en 1906, como un oscuro anuncio del maleficio, su libro Las fuerzas extrañas.

Se sabe que Leopoldo Lugones fue un hombre de letras que disfrutó del éxito literario y social. A diferencia de Oscar Wilde, que luego de su protagonismo glamoroso en la Inglaterra victoriana, acabó en la cárcel de Reading, nuestro poeta nacional brillaba en el universo intelectual del Buenos Aires del primer tercio del siglo XX, sin cuestionamiento alguno que no proviniera de las izquierdas que había frecuentado en su juventud, y abandonado luego en su desplazamiento ideológico hacia “la hora de la espada”, con cuya prosa convocó al derrocamiento militar del presidente Yrigoyen.

Su obra literaria, como dije, pretendía la perfección en la expresión poética. Borges lo amó y denostó con igual intensidad, probablemente perturbado por la oscura maldición que seguramente ya vivía en los octosílabos lugonianos.

¿Qué llevó al creador de Lunario sentimental a ingerir arsénico en una oscura isla del Tigre, para poner fin a su vida?

Y la saga maldita recién comenzaba. Su hijo, Polo Lugones, tuvo una vida signada por la perfidia. Fue designado comisario durante el régimen de Uriburu, y en esa función, se mostró como un perverso torturador de perseguidos políticos, introductor de la “picana eléctrica”, entre otros mecanismos de “persuasión” policial, que disfrutaba utilizar en sus sesiones de interrogatorio. Su final también fue el suicidio.

Y la nieta de Leopoldo Lugones, Pirí, que acostumbraba presentarse como “la nieta del escritor y la hija del torturador”, sufrió la tortura en carne propia cuando fue secuestrada el 24 de diciembre de 1978 por un comando militar. Algunos testimonios de su paso por centros clandestinos de detención dan cuenta de su sufrimiento y muerte, precedida por una dolorosa agonía. Alejandro Peralta Lugones, hijo de Pirí, bisnieto del escritor, se suicidó, como su bisabuelo, también en una isla del Tigre, a fines de 1971.

La saga maldita de los Lugones no merece ser considerada casual. Yo, en todo caso, creo que fueron víctimas de la maldición del verso perfecto.

© LA GACETA

Eduardo Posse Cuezzo - Presidente de Alianza Francesa de Tucumán y de la Fundación Emilio Cartier.