Hoy la Iglesia celebra la fiesta de Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo. Es el cumpleaños de la Iglesia en su salida publica al mundo: La Iglesia renueva el compromiso de ser testigo del Señor Resucitado en medio de la sociedad de cada época y circunstancias que le toca vivir.

El Espíritu Santo es Dios mismo en su tercera persona y es el amor entre el Padre y el Hijo. Su acción es eminentemente santificadora y sostiene a la Iglesia en el recordar y enseñar lo que Jesucristo nos predicó. Por ello la Iglesia debe escuchar siempre las mociones del Espíritu y ser fiel a lo que el soplo de Dios nos dice para cada época.

La venida del Espíritu Santo en el día de Pentecostés no fue un hecho aislado. El Paráclito la santifica continuamente como también a cada alma a través de innumerables inspiraciones, que son “todos los atractivos, movimientos, reproches y remordimientos interiores, luces y conocimientos que Dios obra en nosotros, previniendo nuestro corazón con sus bendiciones, por su cuidado y amor paternal, a fin de despertarnos, movernos, empujarnos y atraernos a las santas virtudes, al amor celestial, a las buenas resoluciones; en una palabra, a todo cuanto nos encamina a nuestra vida eterna”. Su actuación en el alma es “suave y apacible (...)”; viene a salvar, a curar, a iluminar.

El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia. Y es importante discernir que nuestra Iglesia católica que camina en el siglo XXI no deja de tener una tarea ardua en este momento histórico de su vida misional; su tarea evangelizadora se ve muchas veces cuestionada y sobre todo ignorada por el creciente camino de la incredulidad; esta retractación de la fe en la Iglesia ha dificultado mucho su camino, llevando a una proliferación de experiencias seudoreligiosas que no se saben cómo comienzan ni como terminan. El resultado es la confusión y disgregación de las comunidades. Hay que pedirle al Espíritu que ilumine a nuestros Pastores y llevar la vida eclesial con una nueva fuerza en el Espíritu.

La Iglesia no puede dejar de observar en el mundo. Estamos frente a un cambio de época, con un desquicio global sin precedentes. El mundo antes y después de la pandemia ha cambiado, se ha empobrecido no solo materialmente sino en su humanidad misma. Hay mucha confusión, depresión, angustia, falta de sentido existencial, violencia, guerra, búsqueda desenfrenada de compensaciones vacías, etc. No estamos bien porque lo único que reina es confusión. Es el momento de volver al Espíritu, a lo más esencial, a Dios en nuestro interior y a su vida de dimensión sobrenatural. No vamos bien y hay que calmar al Espíritu Santo que insufla su acción vigorosa en la Iglesia para que sepamos responder al momento que nos toca vivir. ¡Ven Espíritu Santo!