Impactante el artículo sobre el hundimiento del suelo en Tucumán, sus causas, sus consecuencias y las soluciones. Soy pesimista al respecto, dado que es evidente que los sectores sociales con alcurnia y la pequeña burguesía intelectual han abandonado la ciudad para urbanizar el piedemonte, lo que se evidencia en la avanzada oxidación de los carteles de “se vende” en la emblemática avenida que lleva el nombre del adelantado hispano. Sin la participación decisiva de esos sectores, que son los únicos capaces de influenciar al cuerpo social, la huida se volverá inexorable. Se me ocurrió como vestigio de una futura resistencia la siguiente idea: construir un gran cañadón utilizando para ello las abandonadas vías del ferrocarril Mitre que cruzan la ciudad de este a oeste; dichas propiedades a mi criterio son mostrencas porque tengo entendido que fueron federalizadas. Ello permitiría el escurrimiento natural de las aguas, fétidas al principio por el sarro de las cloacas. Pero creo que al aliviar el tránsito cloacal sin la competencia promiscua del agua de lluvia, el canal se iría limpiando. Previo a difundir mi idea transmití mi pensamiento a los contertulios del bar, dado que es el ámbito donde se desarrollan muchas de nuestras intelectualidades. La respuesta fue una estruendosa carcajada. “¡Te creés que vivís en San Petersburgo y que nos gobierna Pedro el Grande!”. Hasta los más leales se mordían los labios y miraban la punta de sus zapatos para no reírse. Evidentemente no nos creemos capaces de grandes cosas. Aquello me trajo a la memoria la novela “La colmena”, en una de cuyas escenas un chaplinesco aspirante a doctor de Salamanca recitaba su tesis doctoral a sus compañeros de mesa, intelectuales expulsados por la dictadura franquista, quienes escuchaban al pretenso a cambio de que les pagara el café con leche. Me tranquilicé para mis adentros; todavía no pago el café con leche.

Marcelo Daniel Cena

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