La poesía y los poetas son temas sensibles, que levantan airadísimas protestas ante la más leve crítica. Baste como ejemplo el concurso 2020 del Fondo Nacional de las Artes. Allí se sustituyeron las tres convocatorias habituales (novela, cuento y poesía) por una sola, bajo el género fantástico y de terror. Los poetas protestaron, considerando que eso beneficiaba a los narradores. La presidenta del FNA, en un fallido intento de explicarse, señaló que "los poetas están acostumbrados a que el Fondo es una especie de proveedor permanente". La frase exasperó los ánimos y las quejas aumentaron, hasta que llegó el pedido de disculpas del organismo y la promesa de una convocatoria adicional para el género poesía.

Si cuestionar la poesía es delicado, hablar de "mala poesía" es, directamente, un suicidio. En el discurso establecido, y contra toda evidencia, los malos poetas sencillamente no existen. Una norma implícita, especie de imperativo demagógico, nos conmina a aceptar que: 1) Cualquier cosa que se proponga como poesía es poesía; 2) Todo poema es válido; luego: 3) Ningún poeta debe ser cuestionado. El argumentario cursi, por su parte, añade como principio que "Si se escribe con el corazón / alma, es poesía valedera". La demagogia y la cursilería blindan y protegen a los malos poetas a costa de tapar y enlodar a los buenos, cosa que no ocurre en ninguna otra profesión o actividad, afortunadamente.

El más difícil… y el más fácil

Sucede que la buena poesía es el género más difícil, porque requiere un don misterioso y escaso (talento, inspiración, genio, sensibilidad lingüística, como queramos llamarlo). Algo de eso exige la buena poesía, y una dosis menor de técnica y aprendizaje. Muy distinto ocurre con la novela, en la que se pueden alcanzar cotas aceptables con el mero empecinamiento del autor (empecinamiento supone trabajo, técnica, disciplina, infinitas correcciones, alguna que otra idea feliz). La mala poesía ―o la pseudopoesía―, en cambio, es en extremo fácil y de muy sumaria ejecución. Queda al alcance de cualquiera y no requiere ni el talento del buen poeta ni el esfuerzo del narrador. Roberto Bolaño comentó alguna vez, en una entrevista para la televisión chilena, lo fácil que es “escribir un texto en prosa, cortarlo arbitrariamente en cualquier parte y decir que eso es un poema”.

Pero los malos poetas tienen su antídoto ante cuestionamientos de este tipo: la consabida pregunta "¿Quién es usted para decir que lo mío no es poesía?". La crítica pusilánime traga olímpicamente con esto y calla, sin advertir que la verdadera y auténtica pregunta sería justamente la contraria, dirigida al autor: "¿Quién es usted para decir que lo suyo sí es poesía?".

Aluvión

La evidencia, en cualquier caso, es que los malos poetas abundan: se han convertido en legión y se abroquelan, nos abruman con antologías y presentaciones de libros, inundan las redes sociales, pretenden con insistencia que los leamos... ¿Qué lugar les corresponde en el espacio literario? ¿Estamos ante la eclosión facilista de una "pseudoliteratura", paralela a la "pseudociencia" y las "pseudorreligiones"? Vayamos a los hechos y sus consecuencias.

El aluvión de malos poetas arrastra, como toda masificación, un fenómeno de mercado: falsas editoriales, que son en realidad empresas de autoedición encubiertas en las que el autor paga para que se imprima su libro, sin el menor filtro editorial; falsos concursos literarios, en los que todo participante gana su "Mención Honorífica" y termina pagando algo por ella; falsas reseñas o notas pagadas; falsos comentarios y likes en las plataformas de venta de libros... Particularmente en internet se ha desatado esta especie de submundo literario donde campean los reconocimientos rimbombantes, los diplomas virtuales de retorcida estética, los títulos honoríficos que se intercambian con total liviandad en nombre de organizaciones creadas en Facebook. ¿Quiénes pierden con todo esto? Las verdaderas editoriales, en especial las pequeñas editoriales independientes que tienen que hacer grandes esfuerzos económicos y de gestión para promover a sus autores, y que terminan confundidas en un mar de sellos muy difíciles de diferenciar por el público. También los organizadores de auténticos concursos literarios, y sus premiados, cuyos méritos reales se desdibujan de igual manera.

Negocio del ego

Los malos poetas ―o malos escritores, en general―, lejos de la cara amable que declamaba Fogwill veinte años atrás, van mostrando también lo peor de nuestra sociedad: la búsqueda desesperada de un reconocimiento social frívolo y absolutamente vacío, de aparecer a toda costa en la prensa, de recibir elogios en las redes sociales, de salir en la foto con el rótulo de "escritor". En mi experiencia personal, después de gestionar talleres literarios y una editorial independiente, he visto a muchos pedir el presupuesto de un libro que aun no han escrito, pero que quieren editar, y para el que ya están imaginando el evento de su presentación. La escritura, en estos casos, lejos de ser una pulsión íntima, resulta un escollo molesto. En muchos países, el trabajo de negro literario es abundantísimo: personas que renuncian al esfuerzo de escribir y encargan a otros el trabajo (hay, incluso, empresas que ofrecen abiertamente este servicio en internet). Hoy es posible contratar que nos escriban el libro, lo publiquen, nos organicen la presentación (con público incluido), y salgan reseñas en una cantidad pactada de blogs; todo se compra: es el negocio del ego que el mercado ha sabido explotar. Pero resulta evidente el enorme vacío existencial que está en la base de estas conductas. Otra señal clamorosa de que algo grave está pasando en nuestra sociedad.

¿Qué hacer, entonces? Rechazar la demagogia y la cursilería. Apoyar a los medios culturales que aun aspiran a la credibilidad y al prestigio, como último eslabón en la larga cadena de filtros burlados. Y podría establecerse, quizá, para dimensionar y concluir en su tono aquella irónica convocatoria de Fogwill, un Índice nacional de malos poetas, concursos falsos y editoriales fingidas que, junto con los resultados PISA y otros muchos, nos vaya dando la medida de nuestra permisiva e ineluctable decadencia.

© LA GACETA / Juan Ángel Cabaleiro – Escritor.