Juan María Segura

Experto en temas de Educación

Dado que la Argentina se ha convertido en un país que no sabe a qué dedicarse los años en los que no se celebran elecciones, no debería sorprendernos que ya estemos discutiendo equipos, alianzas e ideas de campaña para lo que será la contienda electoral mas importante de la historia (siempre lo es la siguiente...). Si este rasgo y práctica fuesen útiles para llenar de virtuosismo al proceso político que se dirime cada dos años, enhorabuena. No parece ser el caso… Y ahí vamos de cualquier manera.

Por interés personal y profesional, me toca seguir de cerca el debate y devenir educativo de nuestro país, y verifico que no escapa al rasgo señalado antes. Debatimos sobreactuadamente de educación en algún momento puntual y recurrente del año, y el resto del tiempo no sabemos qué más hacer. Tal vez, peor aún, hasta no sentimos que debamos hacer algo adicional.

Durante un ciclo escolar “normal”, marzo y septiembre se llevan todas las hormonas. Marzo, con negociaciones salariales selladas entre gallos y medianoche, siempre poniendo en jaque el inicio del ciclo lectivo. Y septiembre, reuniendo a Sarmiento, Estrada, estudiantes, bibliotecarios, analfabetos y demás en un mes de efemérides diseñado para ablandar hasta los corazones más duros. ¿Qué pasa en mayo, agosto o noviembre? Ni idea, poco importa. Mire ahora las noticias, portales y redes, y encontrará la respuesta.

Entonces...

¿Por qué no sabemos qué hacer cuando no debatimos, de política o de educación? ¿Por qué nos entregamos tan vehementemente al cuerpo-a-cuerpo de una supuesta diferencia de opiniones, pero no lo hacemos en otras arenas? ¿Somos dogmáticos de las ideas a tal nivel de exigencia? ¿Acaso el calor de la contienda de ideas o la disputa lisa y llana son lo único que nos moviliza y hacer hervir la sangre? ¿Acaso sentimos que en esas “batallas por tener la razón” se nos va la vida? ¿O lo que importa es quedar en pie al final del round solo para mostrar fortaleza y resiliencia? ¿Será eso, solo eso?

Creo que se podrían utilizar ríos de tinta para describir en qué nos hemos convertido como colectivo en las últimas décadas, pero me gusta sintetizarlo de esta manera: cada vez nos interesa menos dedicarnos a resolver los problemas. Eso sí, no tiene que notarse que los problemas no nos interesan, ¿se entiende? Cada vez más perezosos y parlanchines, una raza de contertulios mal preparados y bravucones, pero a su vez más hipócritas e infantiles.

El sistema escolar posee problemas claros y masivamente documentados: los chicos aprenden poco y mal en prácticamente todos los niveles de enseñanza, en prácticamente todas las escuelas del país. Son problemas bien conocidos por los ministros de cada jurisdicción, por cada inspector regional, por todos los directores de sus escuelas, por el docente de turno de cada materia, por el preceptor y por los padres, madres o adultos a cargo de esos niños. ¡Todos lo saben! Y saben que los chicos estudian poco, leen poco, trabajan en grupo poco, recitan poco, programan poco, codifican poco, ejercitan poco, repasan poco y, consecuentemente, progresan poco. Y, en muchos casos, ¡hasta saben que van poco a la escuela! Además, la mayoría carece de los hábitos de estudio mínimos necesarios en los cuales apoyarse. ¡Lo ven todos los días!

En detalle

Entonces, parece que “poco” es la palabra que mejor describe este momento. Poco es lo que hacen los adultos por la educación de sus niños, poco es lo que aprenden los niños durante la etapa escolar, y poco es lo que se interesa de verdad la sociedad por revertir este derrotero. Poco foco, poca agenda, poco sacrificio, poca atención, poco entusiasmo, poca concientización. Poco, en este contexto, debería convertirse en el enemigo público número uno de nuestra país. Claro, eso si y solo si, decidimos pelearnos de una vez por todas contra los problemas, y no entre nosotros.

Llevo años señalando que nuestro país posee un sistema educativo diseñado en otra época por otras mentes para otro contexto, y que por eso debe ser reinventado. Sostengo esa creencia con firmeza, con la misma firmeza que también sostengo que con el sistema y cultura actual estamos construyendo una sociedad incongruente de charlatanes incapaces siquiera de construir una medianera sin que se caiga. Y, en parte, eso es así pues nos hemos infectado de “poco” en el proceso educativo, nos hemos entibiado en nuestras aspiraciones más nobles, y hemos convertido ese poco esforzarnos y poco rendir en nueva norma. Nuestra nueva normalidad no es la del postcovid, sino que es la del “tranqui, que igual pasas”. Chau, meritocracia. Chau, esfuerzo. Hola, promoción sin rendir. Hola, graduación sin saber. Hola, plan social. ¿Conocemos esta Argentina que estamos construyendo? ¿La deseamos? ¿A quién cobijará la Argentina del “tranqui…”?

Hacerle creer a una sociedad que el Estado es quien provee empleo y que no es necesaria la concurrencia de un empresariado privado fuerte, expansivo y dinámico, es como hacerle creer a un niño que estudiar poco le garantizará las mejores oportunidades de progreso. La empresa (¡y la pyme en particular!) debe ser para una Nación, lo que la meritocracia debe serlo para el sistema escolar: lo que dé orden, coherencia y funcionalidad a todas las otras piezas.

Con poco esfuerzo y dedicación no se llega a ningún lugar anhelado. Salvo, claro, que ese anhelo sea solo el de flotar por la vida, llevado por el capricho del viento y por lo impredecible del azar. No creo que ese sea el proyecto de muchos, nunca lo han sido antes.

Lo que viene

En 2023 se cumplirán 40 años desde que recuperamos la democracia. Será un año difícil para los argentinos, pues al mirar para atrás tomaremos nota de lo poco que nos hemos ocupado de los problemas durante estas décadas. Notaremos con dolor que, mientras jugábamos como sociedad a discutir y disputar ideas (todos azuzamos ese fuego, que nadie se haga el distraído), le soltamos la mano a millones de compatriotas y convertimos a nuestro país en un lugar que nos ofende y avergüenza.

Bueno, tal vez sea el momento de abandonar la idea condescendiente del “poco” y del “tranqui”, y comenzar con la revolución de la dedicación. Qué bueno sería que nos podamos dedicar durante los próximos 40 años a resolver un puñado finito de problemas concretos, y qué bueno sería que la escuela sea el anfiteatro en donde la dedicación y el mérito vuelvan a recuperar un lugar central.