“Un chico de 17 años una vez me dijo: ‘lo peor que me pasó es haber nacido’”, recuerda Emilio Mustafá, psicólogo social y especialista en adicciones en Tucumán. “Me ponía pensar que está pasando en la sociedad, en la que alguien que recién comienza la vida tiene es sentimiento. Qué es lo está pasando en nuestro sistema social que cada vez más jóvenes ven como la mejor opción morirse”, se cuestiona.

La realidad, según las últimas estadísticas de Unicef, es que el suicidio en la Argentina es la segunda causa de muerte de los chicos y chicas que tienen entre 10 y 19 años. Esta problemática fue creciendo en los últimos 30 años, al punto de triplicarse la tasa de suicidios en adolescentes en relación a la década de los ’90: la cifra ascendió a 12,7 cada 100.000 adolescentes entre los 15 y los 19 años.

Tucumán no escapa a esta situación. En la provincia, la depresión y los suicidios en jóvenes encienden un alerta.

“Siempre hubo suicidios y siempre tuvo una cifra estable en población adulta. Pero ahora bajó la edad de suicidio, desde los 2000 tenemos más entre los 15 y 20 años”, dice a LA GACETA, Mustafá, quien, en este sentido, asegura que la crisis de la pandemia por coronavirus profundizó la problemática.

Según su experiencia, en el 2020 y en el 2021 se instaló la incertidumbre, generado mucha angustia en la sociedad. “En los jóvenes se profundizó el escepticismo. Llama la atención que en chicos de 14 y 15 haya mucho escepticismo en el futuro, viven ‘el ya’ y eso  lleva muchas veces al consumo de sustancias”, describe el especialista, quien observó que la pérdida de proyectos en los más jóvenes fue en aumento, derivando en conductas depresivas o pensamientos suicidas.

En ese contexto, Mustafá pide transitar la pospandemia con estrategias y políticas de estado que aborden de salud mental de forma integral.

“Si hubo una declaración de la Legislatura, con fuerza de ley, de la Emergencia en la Atención Primaria y Preventiva de la Salud Mentales, queremos que se empiece a desarrollar concretamente”, reclama; considerando, a la vez, que en la actualidad los trabajadores sociales y psicólogos de Niñez y Familia “están sobrepasados”.  Cada profesional, tiene entre 45 y 60 casos a seguir, según comenta.

No obstante, en este punto también reclama de la sociedad otra mirada: “muchas veces se naturaliza ver a niños que piden o están repartiendo estampitas o vendido algo en la peatonal. Ahí se pierde la mirada crítica y esto es fenómeno social”, dice.

“Hoy de 10 niños 5 son pobres o indigentes. Ese descuido material se traslada, tiene un efecto subjetivo. Gran parte de los niños en Tucumán están peligro, muchos no pueden comer, escapan al cuidado integral o no pueden  desarrollar su infancia o adolescencia de forma plena”, continúa.

En este contexto, la idea de la muerte como opción en los chicos puede ser recurrente. “Es un fenómeno social que sucede, y mucho. Poco se habla del suicidio y hay que pensarlo desde una política de estado. Y más, después de la pandemia, porque la pandemia pateó el tablero”, asegura Mustafá.

Por esto, sugiere promover la organización comunitaria para que los mismos vecinos puedan fortalecer su propia red y puedan romper esa naturalización de que “los chicos están en la esquina consumiendo o que comió una sola vez al día”.

Frente a este fenómeno, que cruza todos los estratos sociales, el psicólogo recomienda  estar atentos a las conductas cotidianas de los adolescentes. El estado depresivo se puede “notar porque empieza a afectar la vida cotidiana del joven y que puede asociarse a la ideación suicida: comienza a tener poca motivación y mucha tendencia al aislamiento. Ahí es importante acercarse, fortalecer el vínculo y el acompañamiento”, sugiere.

Tras la crisis de la pandemia, Mustafá considera necesario repensar el tipo de sociedad que se está construyendo “tan desigual y cruel, que lleva a esos sentimientos de soledad”. Asegura que “la idea del que ‘sálvese quien pueda’” fue ganando terreno en gran parte de las personas. Pero esa idea solo lleva que “al final no se salva nadie”, según su experiencia; como en el caso de aquel chico de 17 que vio en su nacimiento lo peor que le pudo haber pasado: hoy tiene 23 años y está en estado de adicción extrema, limpiando vidrios en los semáforos.