Por José María Posse - Abogado, historiador, escritor.

En 1879 la República de Chile tenía dos estrategias para su expansión territorial: la primera era ocupar la desierta Patagonia Argentina; la otra, avanzar sobre los territorios del Pacífico que tenían Bolivia y Perú, ricos en guano y salitre. Tácticamente el Gobierno chileno decidió avanzar hacia el norte y el 14 de febrero de 1879, tomó militarmente el entonces puerto boliviano de Antofagasta, lo que dio origen a la segunda guerra del Pacífico, la cual duró cinco años.

Por esos años, el Gobierno argentino del presidente Nicolás Avellaneda ejercía su poder sólo sobre el 42% del actual territorio continental argentino. Fue en aquellos momentos que el ministro de Guerra, general Julio Argentino Roca, con un brillante sentido de la oportunidad, entendió que Chile no podía abrir un segundo frente de combate simultáneo. En consecuencia hizo que el Presidente propusiera al Congreso Nacional la hoy conocida como Campaña del Desierto, que terminaría con la ocupación efectiva de los territorios que nos correspondían por nuestra herencia hispánica, y que llegaban hasta el Cabo de Hornos. Ocupación que no había podido formalizarse hasta entonces por los constantes ataques de los indígenas chilenos en la frontera patagónica.

Resulta fundamental establecer que fue Estanislao Zeballos quien diseñó, a pedido de Avellaneda, el plan estratégico de la conquista del desierto en una obra titulada “La Conquista de 15.000 leguas“. Claramente no fue una campaña de exterminio del indio, sino que estaba destinada a marcar la presencia de argentina en la Patagonia y erradicar los malones de los indios araucanos (ladrones de hacienda y atacantes de poblaciones), que habían sometido a los Tehuelches e impedían la explotación de riquísimas tierras al sur del Río Colorado. También se predicaba la integración y respeto de las tribus pacíficas. De hecho así se hizo con los famosos “manzaneros”.

El Malón

El Malón fue la táctica que utilizó el Gobierno chileno para evitar el avance de la colonización argentina en la Patagonia. Los maloqueros se organizaban en tolderías dispersas, que sumaban armas para atacar las poblaciones argentinas, saquear todo lo posible y luego dispersarse. Las ganancias principales las obtenían vendiendo lo robado del otro lado de la cordillera.

Para vislumbrar la magnitud de la amenaza y el terror en el cual vivían las poblaciones de la llamada “frontera”, recordemos que, en 1872, un ejército indígena estimado en 6.000 combatientes inició, bajo el mando del cacique (chileno) Calfucurá, la llamada “Invasión Grande” a la provincia de Buenos Aires. Atacaron a sangre y fuego los pueblos de General Alvear, Veinticinco de Mayo y Nueve de Julio, resultando muertos alrededor de 300 criollos y europeos de manera inmisericorde. Además fueron secuestradas cientos de cautivas jóvenes y robadas 200.000 cabezas de ganado.

La táctica del Malón entonces, consistía en atacar poblaciones o haciendas indefensas y sembrar el miedo en los colonos y hacendados; ello retardó durante décadas el asentamiento efectivo de los argentinos en los territorios patagónicos, menoscabando la soberanía nacional. De esa manera, el Gobierno de Chile, por medio de sus personeros, ganaba tiempo y mantenía la “frontera caliente”, mientras se preparaba para tomar los territorios australes por la fuerza de las armas o por la convicción de la diplomacia. Por esos años, dos veces estuvimos a punto de entrar en guerra con Chile.

Los chilenos, sin inmutarse, compraban la hacienda robada de territorio argentino y que se pasaba al otro lado de la Cordillera de los Andes en arreos de miles de cabezas de ganado. Al tal punto llegó éste vil comercio, que Chile (país que carecía de ganadería de importancia) pudo ser el principal exportador de carne a Inglaterra en esos años.

Los maloqueros eran un grupo para nada homogéneo. En las tolderías convivían indígenas chilenos junto a criollos y europeos fugitivos de la ley. Asesinos, ladrones y violadores, quienes no tenían otra ocupación que la de guerrear y saquear las posiciones argentinas en la frontera.

Ante esta situación, en 1875 el entonces ministro de Guerra, Adolfo Alsina, intentó un acuerdo pacífico mediante la firma de un tratado de paz con el cacique Juan José Catriel. Sin embargo este, al poco tiempo, rompió la tregua atacando junto con el cacique (chileno) Manuel Namuncurá las localidades bonaerenses de Tres Arroyos, Tandil, Azul y otros pueblos y granjas, en una incursión incluso más sangrienta que la de 1872.

ATAQUE VIOLENTO. El pintor alemán Johann Moritz Rugendas es el autor de “El Malón”.

En medio de la barbarie más absoluta, masacraron cientos de criollos y colonos europeos y secuestraron numerosas cautivas a las cuales se les cortaba el talón, para impedir que se escaparan de las tolderías, donde eran violadas y esclavizadas. Las mujeres blancas eran golpeadas hasta morir si se resistían a los vejámenes. Basta leer “La cautiva”, de Esteban Echeverría (1837), para comprender el horror que padecían aquellos pobladores de la frontera.

Claramente, la guerra que llevó adelante el Ejército Argentino fue desatada por los maloqueros, como forma de respuesta armada a la constante agresión que recibían tanto los criollos como los propios indígenas argentinos.

Los nativos araucanos chilenos habían invadido hacía décadas nuestro actual territorio austral, matando y sometiendo a los tehuelches, primeros pobladores de la Patagonia. Fue por esa razón que cientos de lanceros Tehuelches acompañaron al ejército liderado por Roca, para terminar con la amenaza de los maloqueros. Es de destacar que los indígenas del lado argentino tenían trato permanente con las poblaciones de los criollos, con los que comerciaban y vivían en la más perfecta armonía.

Roca trató bien a los indígenas que se pacificaron, doblándole la paga al soldado que se casaba con una india. Prueba de ello es que el beato Ceferino Namuncurá, hijo y nieto de caciques pampas violentos, como Namuncurá y Calfucurá, se incorporó a la civilización. Su padre, el cacique Manuel Namuncurá, fue designado coronel del Ejército Argentino, con sueldo y uniforme, como otros caciques indígenas.

Hasta donde sabemos, la literatura que ataca al general Roca omite decir que, durante las operaciones en la Patagonia, obraron oficiales y soldados indios en el Ejército, en una proporción elevada.

La Campaña al Desierto fue el mayor acto de soberanía nacional después de la guerra de la independencia. Incorporó al territorio argentino el dominio efectivo de casi el 60% de las tierras y llevó la civilización a esas inhóspitas y violentas regiones. Terminó con la amenaza de los malones y liberó a cientos de esclavas blancas del horror de la esclavitud.

La eterna polémica

En relación al reparto de las tierras recuperadas, debemos tener en cuenta que la Argentina, un país que recién comenzaba a desarrollarse, y carecía de dinero suficiente para atender los costos de la campaña militar

Las operaciones requirieron de una enorme erogación monetaria para dotar de recursos y armamentos a una fuerza militar en marcha. Fueron muchos los particulares que aportaron dinero para solventar las acciones. Ellos recibieron, en compensación, tierras en los nuevos territorios. También se repartieron haciendas entre los soldados, oficiales y suboficiales para que las ocuparan y trabajaran. En los hechos, la gran mayoría de ellos vendieron sus fracciones a especuladores inmobiliarios, siendo el origen de las grandes estancias sureñas.

Claramente, algunos personeros aprovecharon la oportunidad para desarrollar negocios en beneficio propio. Pero la acción de unos pocos, para nada debe empeñar el carácter fundacional de la gesta que significó el afianzamiento de la totalidad del actual territorio nacional.

En cuanto a las vidas humanas perdidas, como todo conflicto humano que culmina en una acción armada, hubo víctimas inocentes de ambos lados. Ello no quita el carácter legal del accionar de las fuerzas argentinas comandadas por el general Roca, autorizado a realizar las operaciones militares por una ley de Congreso.

Con absoluta seguridad hubo excesos en el uso de la fuerza, que no pueden justificarse, pero han existido y existirán en todo accionar bélico. Es la razón por la cual cualquier acción armada debe evitarse a toda costa.

En su obra sobre Roca, hace casi medio siglo, Alfredo Terzaga nos daba la clave para comprender el desenlace final de la tragedia que provocó la guerra contra los malones. Señala que no debía olvidarse que su origen era “la coexistencia cultural y económica, a un mismo nivel temporal, de dos sociedades en opuestos estadios del desarrollo de la civilización”. Los maloqueros no conocían otra forma de vida; no eran agricultores o comerciantes, ni les interesaba desarrollar haciendas para la crianza de vacunos o caballares. Innumerables veces fueron invitados a deponer las armas, pero siempre regresaban a sus antiguas formas de proceder.

Por otro lado, resulta una ingenuidad teorizar (con mentalidad del siglo XXI) que el contexto patagónico de la segunda mitad del siglo XIX podría haberse mantenido en un status quo idílico hasta la actualidad.

Primero porque los malones tenían, como ya vimos, como única forma de vida el saqueo. En segundo lugar, porque Chile tarde o temprano hubiera invadido la Patagonia, seguramente apoyado por Inglaterra, su aliado estratégico histórico.

Palmariamente, de no haber ocurrido la Campaña al Desierto, hoy nuestro sur sería una colonia inglesa, como nuestras Islas Malvinas, o tal vez un protectorado británico habitado principalmente por chilenos. Cuando el Comodoro de Marina Augusto Lasserre, enviado por Roca, toma posesión de la Bahía de Ushuaia, en octubre de 1884, lo hace arreando la “Unión Jack” (bandera del Reino Unido), de la Misión Anglicana. Con ello se establece que existía una avanzada inglesa en nuestro sur continental.

Lo que es seguro, es que los nativos de uno y otro lado de la cordillera, hubieran sido desplazados o aniquilados por la fuerza del imperialismo victoriano.

¿Genocidio?

En este contexto, tras décadas durante las cuales habían fracasado otras políticas, se impuso el proyecto planteado por Roca al ministro Alsina, mientras vivía en Río Cuarto, en 1874, de terminar con los fortines y ocupar el territorio.

Nunca existió un plan sistematizado de exterminio del indígena por parte del Gobierno argentino. Nunca hubo un genocidio, entendido como la aniquilación o exterminio sistemático y deliberado de un grupo social determinado, de un lugar determinado por motivos raciales, políticos o religiosos. Las operaciones llevadas adelante por el general Roca provocaron enfrentamientos en los que se contabilizaron 900 maloqueros muertos “en batalla”. No se atacaron tolderías pacíficas, ni se asesinaron mujeres o niños indefensos, como pretenden sostener algunos enemigos de la verdad histórica.

Carlos Martínez Sarasola provee cifras que ratifican la arbitrariedad de la tentativa de distinguir a la Campaña del Desierto del resto del cuadro de la lucha contra los indios: para el ciclo que abarca desde 1821 hasta 1848, que incluye las campañas realizadas por don Juan Manuel de Rosas, el número de muertos se eleva a 7.587. A su vez, en la Patagonia, entre 1878 y 1884, las víctimas fatales suman un total, entre los indígenas y criollos rebeldes, de 2.196, contabilizándose alrededor de 14.000 prisioneros.

Debe añadirse que los sobrevivientes, como también los criollos pobres (bajo las leyes de conchabo), tuvieron como destino los obrajes y cañaverales del norte, ser peones de estancia o encerrarse en las reducciones, en el mejor caso, a laborear la tierra como medio de vida. Otros encontraron un destino militar, ganados para un Ejército que no guerreaba ya, pero tenía en los territorios un papel central.

En general, conquistado “el desierto”, estamos ante elw ascenso de la Argentina moderna, que deja atrás las guerras civiles, el mundo de los fortines, el malón y “las fronteras”, que el Martín Fierro reflejó genialmente. El país que la Conquista del Desierto afianza, no reunía condiciones que lo hagan acreedor de una añoranza postrera. No puede vérselo como un idílico paraíso perdido. Ninguno, entre sus habitantes, podía gozar razonablemente de una buena vida en aquella situación, donde lo atroz (la violencia, la incertidumbre, la miseria y el hambre), eran lo cotidiano.

Resulta incongruente atacar al general Roca, cuando se juzgan las relaciones de la sociedad criolla del siglo XIX con el mundo indígena. Su papel, a lo sumo, fue tener éxito donde otros fallaron: someter a los malones a la soberanía del Estado Nacional Argentino.

Julio A. Roca, dentro de la corriente política y cultural que organizó la República, le dio fisonomía propia e impulsó su progreso, transformando un desierto en la Nación más civilizada de América.

Fuente Documental:

- Carlos Martínez Sarasola, “Nuestros paisanos los indios”, pág. 357, Ed. Del nuevo Extremo, 2012.

- S. Assadourian, C. Beato, J. C. Chiaramonte,” Argentina, de la conquista a la independencia,” pág. 82, Hyspamérica, 1986.

- Coronel Juan Carlos Walter, La conquista del desierto, pág. 771. Ed. del Círculo Militar, Buenos Aires 1964.

- Alfredo Terzaga, Historia de Roca, Tomo 2, pág. 20, Peña Lillo, 1976.

- Álvaro Barros, “Fronteras y Territorios Federales de las Pampas del Sur”, Hachette, 1975.

- Hugo A. Santos, “Lasserre, Roca y la soberanía en la Patagonia Austral”, Revista Política 3, Marzo 2007.