Detrás de cada objeto que usamos en lo cotidiano, existen cientos de pequeñas historias que hablan sobre la evolución humana. A la hora de desvestirnos, mucho tuvo que pasar para que hoy -durante el sexo- exista un corpiño desabrochado o unas medias desparramadas en el piso.
A lo largo de los siglos la ropa interior femenina ha cumplido diversas funciones. “En sus orígenes, las prendas íntimas fueron creadas con un propósito higiénico y de abrigo. Lo que se buscaba era practicidad para poder realizar las actividades diarias sin complicaciones o incomodidad”, comenta la diseñadora textil Luz Roldán Castillo.
Los registros más antiguos nos transportan hacia el Antiguo Egipto (3.000 años a.C); allí las investigaciones rescatan una especie de camisolín rudimentario. “Era considerado un símbolo de estatus entre las mujeres y estaba hecho con algodón o lino para brindar libertad de movimiento y permitir a la piel respirar”, detalla.
Sostenes
La relación que mantenemos las mujeres con el corpiño resulta realmente larga. Para ser exactos, ya proviene desde la Antigua Grecia.
“Su primer antecedente aparece con el zoster: una faja o paño bordado que iba sujeto a la cintura. Las jóvenes solteras lo empleaban como un ceñidor para resaltar el busto. Algunos libros indican que, luego del casamiento, el hombre debía quitárselo a su esposa como representación de la unión”, indica la docente.
Por su parte, las mujeres casadas solían portar sobre sus túnicas una cinta que sujetaba sus pechos (apodesmo).
Durante la Edad Media, las condiciones se mantuvieron parecidas en Europa y la ropa interior se centró en las fajas o los camisones. Al menos hasta la aparición “oficial” -a fines del siglo XVI- del corsé. Este elemento de tortura -literal y figurativa- fue introducido en Francia por la reina consorte Catalina de Médici.
“La indumentaria siempre ha servido para marcar las diferencias entre estratos económicos, además de reproducir a través de ella arquetipos sociales o de género. El corsé no fue una excepción, dado que solo las mujeres de la corte y alta alcurnia podían acceder a tal prenda”, destaca la profesora de Historia Aurelia Terrada.
Tales estructuras estaban hechas con varias capas de tela, pegamento y varillas de madera, hierro o huesos de ballena para otorgar rigidez y conseguir que las mujeres luzcan una postura recta.
“Los corsés alcanzaron su máxima popularidad durante la era victoriana y, de a poco, lograron captar al resto de la población femenina. En paralelo, la complejidad de sus estructuras creció hasta existir modelos que pesaban más de 10 kilos y tardaban horas en ajustarse”, acota.
A favor de la belleza y en pos de una figura idílica (de pequeña cintura y busto erigido), los problemas de salud no tardaron en manifestarse. “Antes del siglo XIX, cuando su empleo era excesivo, la intensa tensión de los cordones y el ajuste permanente podía llevar a que las jóvenes experimenten desmayos (por la reducción de la caja torácica), se deforme la cavidad pulmonar o desplacen los órganos internos”, enfatiza la docente.
Dato de color: tal era el poder del corsé que, en 1852, la reina Isabel II salió ilesa de una puñalada (tramada por el clérigo Martín Merino) gracias a que estaba usándolo.
La situación del “sacrificio a favor del cuerpo y su culto” cambió bastante con la posterior creación de piezas elásticas y un poco más sencillas de colocar para obtener una silueta de reloj de arena. A medida que la comodidad ganaba terreno y la mujer ganaba espacio en la esfera pública y ámbito laboral, el corsé dio sus últimos respiros alrededor de 1910.
“A partir de ese momentos, hay ciertas discrepancias sobre quién inventó los corpiños modernos o su proceso dado que (a partir de 1855) fueron surgiendo patentes afines en Francia, Estados Unidos, Reino Unido y Alemania. En esa lista hubo porciones de tela unidas con alambre, almohadillas sujetas por tirantes y pañuelos triangulares”, especifica Terrada.
Calzones
En el proceso emancipatorio femenino, otro elemento peculiar es el avance (en forma y confort) de los calzones. Durante el Renacimiento, las mujeres usaban antes de colocarse el vestido un tipo de pantalón bombachudo; ceñido y sujeto por cuerdas.
En plena época victoriana, estas mismas piezas fueron haciéndose cada vez más cortas hasta volverse culottes (similares en altura a las calzas ciclistas del presente). Su objetivo era evitar que la zona de la vulva y cola se lastimara o rozara con los objetos al hacer equitación, andar en bicicleta o sentarse.
Al ingresar al siglo XX, estos se acortan y el tradicional material de algodón se combina con encajes o textiles estampados. La apuesta gira hacia el erotismo y los placeres del dormitorio.
“Las referencias a esta lencería aparecen primero entre las bailarinas de cabaret, las prostitutas y personalidades famosas para después entrar en la vida marital. Pensemos que en paralelo, el mundo del cine y el espectáculo ya ofrecía estereotipos sobre cómo debía lucir un cuerpo de mujer deseable y lo que se consideraba ser sexy”, enfatiza Roldán Castillo.