Era diciembre de 2002. El sociólogo francés Alain Touraine, un estudioso de los movimientos sociales, hizo una escala breve y momentánea en nuestro país, camino a Brasil. Estaba invitado a la asunción de Luis Inácio Lula da Silva (juró su primer mandato el 1 de enero de 2003) y dio una entrevista a la extinta revista “Tres puntos”. En esa nota destacó que el caso del Partido de los Trabajadores (PT) representaba todo un fenómeno, porque era la agrupación de izquierda más grande de occidente, superada en número de afiliados, en todo el mundo, sólo por el Partido Comunista Chino. Entonces le preguntaron al pensador europeo si él creía que algo similar podía darse en la Argentina. Y él respondió con una elipsis diplomática y elegante. Dijo que, en el mundo, había dos tipos de “izquierdas”. Las que se encuentran “dentro de la realidad” y las que no. Aclaró, a renglón seguido, que la izquierda brasileña pertenecía al primer grupo. Y luego guardó silencio.

Alberto acompañó a Boric, a quien considera un aliado

La incógnita en torno de la nueva etapa que comienza en Chile es, tomando en cuenta el “esquema” de Touraine, a qué clase de izquierda pertenece la que acaba de asumir en Chile.

Detrás de la cordillera (desde la perspectiva de los que estamos del lado del Atlántico) acaba de estallar en pedazos la alternancia que la centro izquierda y la centro derecha habían prohijado a lo largo de unas tres décadas. Esa estabilidad generó una situación inquietante. En materia macroeconómica, Chile es uno de los países de la región con el mayor PBI per capita: ronda los 25.000 dólares. Es, casi, un indicador europeo: el PBI per capita de portugal es de unos 30.000 dólares. Allí está cifrada la mentada estabilidad económica del vecino. Ahora bien, en materia de microeconomía la realidad es brutalmente distinta. El 80% de la población ni siquiera gana 1.000 dólares por mes. Es decir, la prosperidad de Chile no se traduce en prosperidad para los chilenos.

Quién es Boric, el nuevo presidente de Chile, que promete un giro feminista

En este contexto, Boric es un político que ha prometido la universalización de los derechos sociales en la campaña presidencial, luego de liderar durante la primera década de este siglo las revueltas de los estudiantes universitarios. El resultado: el número de chilenos matriculados en carreras de grado pasó de 100.000 a 1,5 millón en los últimos años. Frente a ello, no asistimos a la “izquierdización” de la sociedad chilena, sino al triunfo de un candidato que viene de pelear por la universalización de un derecho básico supremo: la educación. A Boric lo votaron desde los más diversos flancos ideológicos: obtuvo el 56% de los votos en segunda vuelta. La suya es la victoria del hartazgo contra la centro derecha y la centro izquierda que mantuvieron una país sin movilidad social, donde el que nacía pobre estaba condenado a morir así. Por ende, no hay igualdad ante la ley, porque ella supone que el Estado garantizara que el origen de una persona no es su destino.

Boric parece consciente de que su triunfo es, por así decirlo, multisectorial. Ha nombrado ministro de Hacienda a Mario Marcel, quien para asumir ha renunciado como titular del Banco Central chileno. Este economista, que desempeñó varios cargos en los gobiernos de centro izquierda, es bien visto por los mercados, que leen en ese nombramiento un gesto de moderación del nuevo presidente. A eso se suma que el novel mandatario ha propuesto un plan de reformas a 20 años. No es sólo gradualismo: es el anuncio de que no habra “volantazo”. No menos cierto es que la nueva gestió enfrenta un Congreso donde no tiene mayoría y deberá negociar las reformas en pensiones, salud, inmigración, protección del medio ambiente y lucha contra el narcotráfico y la inseguridad.

Realidad o irrealidad, esa es la cuestión para Boric.