La drástica historia de Drayke Hardman, el niño de 12 años de Utah, EEUU, que se suicidó porque sufría de bullying, encendió las alarmas. El caso nos interpela como sociedad y surgen interrogantes: ¿nadie pudo prevenirlo? ¿se puede? ¿cómo debemos cuidarlos?
Según la Unesco, al menos 246 millones de niños y niñas sufren violencia escolar cada año a nivel mundial.La ONG Bullying Sin Fronteras declaró, en un comunicado, que esta problemática enferma estudiantes que en general abandonan sus estudios o los sobrellevan con angustia y cansancio.
El bullying es la persecución o la agresión de parte de un grupo que se considera más fuerte sobre otro al que estima débil. “Esto ocurre entre pares, niños, adolescentes y jóvenes. sucede cuando hay un adulto que no ve”, explica la licenciada en psicología y profesora de la UNT Silvina Cohen Imach. “El bullying es algo sistemático que toma a un niño o niña como la víctima. Si entendemos esta situación, se puede actuar en consecuencia”, agrega.
“Para mí es como una de las enfermedades más grave de la infancia. Es la que peores efectos provoca a corto, mediano y largo plazo. Tenemos que tomar las riendas en esta situación y hacernos cargo”, dice la especialista.
¿Cómo nos hacemos cargo? ¿Es tan fácil darnos cuenta cuando nuestros hijos sufren algún tipo de bullying? “Si el contexto es la escuela, el agente inmediato que observa es el docente, un preceptor, un tutor o los mismos compañeros. A partir de ahí, ya se enciende una alarma”, explica la psicopedagoga Silvia Bono. “Ese es un camino, porque estar en contacto directo con la situación, llama la atención”, añade.
Bono destaca que a partir de ese primer momento hay un segundo paso: el hacer. Como familia, como amigos, tíos, abuelos, etcétera. “Tenemos que empezar a preguntar e investigar qué le está pasando a ese niño. Observar los mínimos detalles: si le falta algo en la mochila, si está distante, silencioso, callado, agresivo, angustiado o si nos evita. El interrogante es ¿qué le pasa?. Hay que generar espacios de confianza, es decir, invitarlos a hablar o como padres ir a conversar con los responsables de los ámbitos donde se desarrolla el niño”, subraya la psciopedadgoga y se pregunta, “¿acaso nadie vio nada del hostigamiento al niño que se suicidó?”.
Hablar y escuchar
Cuando los indicios son imperceptibles y el diálogo no fluye entre los miembros de la familia, el foco se debe poner sobre la creación de ámbitos comunicativos y hacer del hogar, un lugar seguro.
“Una mamá dice que a su hijo lo ve bien y feliz. Ahí es cuando se está haciendo lo que yo llamo una ‘apreciación pobre’, que termina siendo fatal”, sostiene Bono. Agrega que para hablar de un niño feliz, debemos preguntarnos, ¿desde qué lugar de adulto lo estamos mirando?
“Las apreciaciones deben ser más profundas. Quiero decir, que yo como adulto responsable voy y le pregunto a mi hijo ¿cómo estás? y no debo cerrar la conversación porque el niño me dijo ‘estoy bien. Hay que ir más allá y profundizar. Hoy no existe el diálogo y estamos actuando de manera automática. Si no hay buena comunicación, tenemos que ir y preguntar cómo lo ven los otros. Porque el nene puede no hablar con nosotros, pero los demás me pueden decir cómo lo perciben -más flaco, callado, tímido, solitario-”, destalla la especialista.
Estamos inmersos en tiempos que la dinámica familiar se genera de manera autómata. “En esas situaciones no sembramos diálogo sino alejamiento. En mi caso brindo un espacio de contención, de confianza, soy empática y de pronto me cuentan todo. Y yo les pregunto si hacen lo mismo con sus padres y hay casos donde las realidades son muy difíciles. Hay momentos de mucha soledad. Hay chicos que son hostigados, que llegan a su casa, dicen ‘hola’ y no obtienen respuesta. Hay que extender el diálogo. No se puede ampliar lo que se separa, lo que se quiebra y lo que se pierde”, manifiesta.
Desnaturalizar
“Hubo un quiebre, antes se naturalizaban ciertas actitudes y comportamientos. Se los tomaba como parte del crecimiento y no se le daba el lugar que debían tener. La sociedad empieza a decir ‘no, esto no me gusta’, ‘no me hace bien’, ‘no quiero esto’. Desde el mismo momento que hay sufrientes, víctimas que ponen en palabras estas cuestiones todo cambia y se lo toma con más seriedad”, detalla.
Explica Bono que tenemos que re-conocer y asumir que el bullying existe. Cuando se reconozca, y se trabaje a fondo recién se podrá hablar de herramientas, de dar tips para saber si un niño lo está sufriendo. Caso contrario, si no existe el diálogo ni hay empatía, siempre habrá alguien que la esté pasando mal y alguien que esté haciendo pasar mal a otra persona. Porque en el bullying hay dos seres que están pidiendo ayuda.
Señal de alerta
“En este tema del acoso escolar, no se pueden dar tips, recetas que se tienen que cumplir. La situación es compleja y estos hechos tan dramáticos -caso de Drayke Hardman- tienen que activar las alertas tanto de las familias o de las nuevas configuraciones familiares y de las escuelas”, enfatiza Norma Contini, doctora en psicología y profesora de la Facultad de Psicología de la UNT.
“Hay que hacer un trabajo muy a fondo de los valores que es lo que está en crisis. Hay que admitir que es un problema en alza y que no se le ha encontrado la solución. El que genera el daño tiene una falla. Hay una falta de la inscripción en valores. Le falta haber aprendido que la otra persona, sus compañeros son sujetos de derechos, que merecen respeto. Eso es un concepto fundamental y otro valor complementario es la solidaridad. Y eso hoy está en vías de extinción”, asegura Contini.
¿Quién instaura eso? “El adulto con quien convive el niño. Es muy difícil cuando las familias están dañadas. En esos casos los niños acuden a la escuela y recurren a maestros porque sus familias no están en condiciones de contenerlos”, enfatiza Contini.
Debate abierto
“En las escuelas hay educadores que trabajan muy bien y que los niños llegan a la terapia gracias a ese contacto, a través de ese ojo avizor que está en la escuela. Hoy hay un debate no cerrado en que la instalación de valores no es tarea de la escuela sino de la familia que debe encargarse”, dice Contini.
“El abusador además no infringe el dolor a cualquier otro, sino que es capaz de interpretar al otro chico que es vulnerable. Hay que trabajar sobre la pregunta ¿Ha nacido vulnerable? No. ¿Ha nacido agresivo? No. Eso es una construcción que se va haciendo con el tiempo. Si usted tiene un niño tímido e inseguro, la maestra o el profesor lo advierte. Ahora yo también digo en el caso de Drayke ¿nadie lo advirtió?, pregunta la especialista.
Por este motivo considera que se debe abordar dos realidades: las del acosado y el acosador. Porque lo que hay que construir es la autoestima, el grado de seguridad con el que un sujeto se presenta frente a su interlocutor. Ambos están haciendo un llamado de atención y sufren.
“Es una señal de alarma, nosotros lo llamamos síntomas. Es la punta del iceberg. La pregunta, es ¿qué lo lleva a ese agresor a vincularse tratando de dañar o destruir al otro?. Y la pregunta desde la perspectiva del niño tímido que es víctima, ¿qué es lo que determina a que no pueda posicionarse como un sujeto frente a otro?”, subraya la especialista.
La solución es un proceso en el que los padres y los educadores adviertan que necesitan una mirada atenta.
“Hay un psicoanalista Donald Woods Winnicott, que habla de un concepto fuerte que es ‘la función de sostén’. Se necesita de un sostén emocional y por el otro lado también la puesta de límites y marcar los valores de cómo se van a conducir con otros. Eso a mi criterio está en baja porque hay crianzas muy flexibles, hay una mala interpretación de la psicología, se confunde el concepto de autoridad. Es un tema muy complejo. De donde viene un problema de crisis de valores” cierra Contini.
La familia como eje
El núcleo familiar es el lugar al que se le debe poner real atención. Es decir que primero está la familia y hay que empezar por casa, puntualizan las especialistas. “La familia es la punta del ovillo. Primero uno debe saber el contexto familiar, qué conductas hay y cuál es la dinámica entre cada miembro. A veces no necesitamos salir del entorno familiar porque el mismo bullying está en la familia. La conductas se transfieren. Por eso la casa es central, fundamental e importante”, finaliza Bono.
El caso Hardman
Drayke Hardman tenía 12 años y falleció el pasado jueves 10 después de un intento de suicidio. Según medios locales, hace tiempo que sufría acoso y hostigamiento por parte de sus compañeros de escuela y nunca lo contó a sus padres.
El miércoles, su hermana de 16 años lo encontró ahorcado en su habitación. Sus padres intentaron salvarlo y le practicaron RCP mientras esperaban a la ambulancia. Drayke murió a la mañana siguiente. Su mamá, Samie Hardman, compartió en su cuenta de Instagram cómo fueron sus últimas horas y decidieron como familia publicar las fotos de los últimos momentos del niño para crear conciencia sobre las consecuencias del bullying. (Producción periodística: Gianna Camarda)