El reloj del auto marca las 8 menos 10 de la mañana y ocho grados de temperatura. Estaciono marcha en la calle, a 45 grados, en el Pasaje 2 de abril.
Bajo del auto y tengo que cargar dos biblioratos, dos libros, la cartera, el vaso con café (con tapa, por suerte), y la computadora. Hago malabares para bajarlos y para que no se me caigan y supongo que me veo ridícula. Cierro el auto y me doy cuenta de que me dejé el tapado, el gorro (amo los gorros) y los guantes adentro. Operación complicada. Dejo biblioratos y libros en el suelo (en la calle, digamos), la computadora en el capot, agarro el café con la otra mano y abro la puerta. De reojo veo que los que cuidan autos me miran con cara de asombro y de pena. Casi a cuatro patas saco gorro, guantes y tapado y salgo, siempre con el café en la mano.
Creo que ya me hace calor, pero no me alcanzan los brazos para llevar todo cargando. Voy a tener que ponerme el tapado así que tendré que dejar el café en algún lado. Lo pongo en el techo del auto. Me pongo el gorro. Me pongo los guantes (grave error, menos habilidad todavía). Me pongo el tapado y cuando voy por la segunda manga, me doy cuenta de que tengo la maldita cartera puesta, cruzada como bandolera. Me tengo que sacar el tapado (con los guantes puestos mi poca motricidad fina se ha convertido en nula). Transpiro y el glamour con el que salí de casa se convierte en una maraña de pelos enredados. Me saco la cartera, la dejo en el piso (sí, en la calle), y me pongo el tapado. Ya me hace mucho calor.
Intento disimular el mal humor haciéndome la espléndida que se acomoda el gorro estilo francés, pero me sale mal y se me engancha el pelo en un botón del tapado. Me acomodo con lo poco de dignidad que me queda. Me agacho a levantar la cartera que había quedado en el piso y me la cuelgo. Me agacho de nuevo a levantar los biblioratos y los libros. Con la mano que me queda suelta agarro la computadora y me la cuelgo en el hombro. Respiro. Me hace calor, mucho calor. Y con el gorro me hace más calor aún, pero ya no me lo puedo sacar. Comienzo a caminar erguida y como si nada hubiera pasado, y a los seis pasos veo que los chicos que cuidan los autos me hacen seña. Señalan el auto. Me doy vuelta con ganas de estampar los biblioratos y los libros y la computadora en el piso, y veo el vaso de café en el techo del auto. Respiro profundo y sonrío. Creo que los cuidadores nunca presenciaron algo tan patético, pero voy a hacer de cuenta que no pasa nada. Vuelvo al auto intentando ser digna, agarro el vaso, giro nuevamente para caminar haciéndome la canchera, y veo que vuelven a hacerme señas. Abren y cierran la mano. “Dra. Vanessa! ¡Apague las balizas!”.
Quiero llorar.