“Misbehaviour” (Netflix, 2020) es uno de los últimos títulos de Netflix que se suma al catálogo de películas, documentales o series que buscan retratar parte de la historia del feminismo y su lucha en todo el mundo. Esta comedia dramática titulada en español Miss Revolución estuvo dirigida por Philippa Lowthorpe quien dirigió varios capítulos de la segunda temporada de The Crown y la película La otra Bolena, entre otros títulos.
La historia del feminismo se divide, al menos hasta ahora, en cuatro olas. La primera, nace con el feminismo a mediados del siglo XVIII. Allí se reclamaba principalmente el derecho a la educación, al voto y los derechos matrimoniales y relativos a los hijos. La segunda ola abarca desde mediados del siglo XIX hasta los años 1950, en donde se buscaba mayor participación política a través del derecho al voto femenino, critican la obligatoriedad del matrimonio y comienzan a liberarse en su aspecto físico. Para conocer más de esta época se puede ver Las sufragistas (Amazon Prime Video, 2015). La tercera ola, por su parte, llega cerca de 1970 y aparecen ahí las feministas “radicales” que buscaban ganar espacio público con la igualdad en el trabajo, la educación, los derechos civiles y políticos y transformar el espacio privado cuestionando las tareas domésticas y de cuidado. Por último, la cuarta ola feminista es la que vivimos en la actualidad en donde existe una activismo desarrollado en la calle y en el mundo virtual que abarca la lucha por múltiples derechos y plantea el fin de los privilegios de género establecidos históricamente hacia el hombre. Con la violencia de género establecida en todos los ámbitos de la vida, este movimiento repudia la violencia sexual y el acoso.
Debemos recurrir a ejemplos específicos para que alguien que no ve la importancia del feminismo pueda comprenderlo
La historia de Miss Revolución se centra justamente en el inicio de esta segunda ola feminista y cuenta la historia de Sally Alexander (Keira Knightley), una madre separada con nueva pareja que busca terminar sus estudios universitarios en un mundo machista. El film, basado en hechos reales, cuenta la historia de un grupo de feministas que interrumpió en Londres la transmisión del concurso Miss Mundo, en 1970. El show televisivo reunía a más de 100 millones de espectadores en todo el mundo cuando el Movimiento de Liberación de Mujeres (WLM), decide boicotearlo organizando un “escrache”.
El film de casi dos horas de duración muestra pasajes plagados de estereotipos que muestra cómo durante décadas se construyeron los estereotipos femenino y, por oposición, el masculino. Sin embargo, también se aprecia la diferencia de posición de cada mujer en sus respectivos países ya que este concurso, para muchas de ellas, representaba una oportunidad de crecimiento profesional.
“No somos bellas, no somos feas: estamos enojadas”, gritaron estas mujeres como slogan de liberación. Mientras sus cuerpos eran juzgados por un tribunal masculino en cada certamen de belleza previos al concurso internacional, paralelamente juzgan también al personaje de Knightley quien se enfrenta a un tribunal académico para ingresar a la universidad. “¿Es divorciada? ¿Cómo podrá estudiar si debe cuidar a su hija? ¿Quién cuida a su hija? ¿Está capacitada para estudiar?”, preguntan los jurados. Los interrogantes y prejuicios que nos formaron social y culturalmente expresados en diálogos que hoy suenan retrógrados pero, sin embargo, continúan existiendo.
Una de las escenas imperdibles sucede en un estudio de televisión a donde invitan a Sally Alexander a debatir por qué las feministas estaban en contra de este concurso. “Lucen hermosas”, les dice el conductor antes de que se enciendan las cámaras. La impotencia de Knightley ante esos comentarios se refleja en su rostro. “Nuestro reclamo no es contra las concursantes. Nuestra objeción es que el sistema le otorga un valor según estándares físicos a las mujeres”, explica Sally. “¿Y qué tiene de malo esto? Las mujeres bellas han sido admiradas desde siempre”, dice un hombre mayor, panelista de la mesa de debate. “Es que las mujeres no somos adornos, no somos objetos y no existimos para el placer de otros”, responde. “¿Y qué tiene de malo que una chica exhiba sus encantos? Nadie las está obligando a presentarse...”, dice el hombre. “Protestamos porque este concurso es un símbolo de nuestra explotación. ¿Por qué las concursantes deben ganarse su lugar en el mundo por cómo lucen o, mejor dicho, por lucir de una determinada forma? ¿Por qué yo debo lucir de una manera determinada? ¿Por qué cualquiera de nosotras? A usted no lo juzgamos por su físico y él tampoco. Entonces, ¿por qué sí a las mujeres? En el único ámbito en donde se pesa, mide y examina públicamente para asignársele un valor, es en un mercado de ganado”, justifica en un monologo que no es descifrado por los compañeros de debate pero es el reclamo de miles de mujeres hasta el día de hoy.
La popular feminista Chimamanda Ngozi explica que para cambiar el mundo necesitamos movimientos masivos que hablen sobre esto en un idioma que todos comprendamos, con ejemplos sencillos. “Debemos recurrir a ejemplos específicos para que alguien que no ve la importancia del feminismo pueda comprenderlo”, dice. En Miss Revolución los ejemplos y estereotipos abundan, chocan y hacen ruido. Ahí comienza el cambio