Turismo hot

Con un pasaporte que apenas conocía América Latina, en 2019 Clara Vaca decidió trazar una aventura más audaz junto a su marido. Tras varios años de ahorros la meta era conocer Alemania, Bélgica y Ámsterdam.

“El último destino no me convencía tanto porque tenía en la cabeza muchos preconceptos y estereotipos sobre su pase libre al libertinaje. Algo que no iba con mis principios. No obstante, acepté por los argumentos de Fabián diciendo que eso era una movida de marketing y que no veríamos orgías ni nada extremo”, relata la fonoaudióloga.

Dos días después de llegar a la capital de los Países Bajos, el matrimonio se animó a un recorrido nocturno. “Nos hicimos amigos de varios extranjeros con los cuales acordamos salir a recorrer boliches.

En un pub incluso nos aplaudieron por bailar tango. Al terminar, el encargado se acercó y nos regaló una invitación para ir a una fiesta privada”, señala.

El matrimonio aceptó y el sábado acudieron a la dirección de la tarjeta. Al cruzar las puertas de la antigua casa, aguardaba un mundo aparte.

“Terminamos en un espacioso salón con un montón de sillones y butacas. Además había una fuente de agua y cristales que colgaban del techo. Literal, nos sentimos en una película de burlesque”, acota.

En ese ambiente íntimo, una mujer y un hombre se acercaron a preguntarles si querían cambiar de pareja. “Aceptamos y continuamos bailando como si nada hasta que, a los minutos, la señora comenzó a besar a Fabián. Él la rechazó y ambos se fueron. Quedamos muy confundidos, en especial porque vimos a varios invitados hacer lo mismo”, narra.

Al shock inicial le siguió un pensamiento compartido: “creo que estamos en un evento swinger”.

“Por la distancia, ese día habíamos pagado de antemano un auto para que nos regrese a nuestro hotel. El asunto fue que recién vendría en una hora, así que pasamos ese tiempo viendo a diversas parejas entrar en salas con cortinas o pasearse en corpiño o sin camisa”, especifica Clara.

- No los veas tanto que vamos a quedar mal. Hay que respetarlos y actuar normal.

- ¿Qué decís que no mire? Si según vos esto es solo una ilusión para los turistas.

Equilibrismo veraniego

Playas de arena blanca, fiestas y tragos frente al mar… esos ítems formaron parte del paquete que Ibiza le prometió a su nuevo visitante, Marcos Augier. En aquel entonces (2018) el objetivo era viajar durante dos meses y aprovechar para conocer 28 locaciones.

Del recorrido, cinco días le pertenecieron a la isla mediterránea. “Allí me quedé en un hostal, con un cuarto en el quinto piso. Recuerdo que no había ascensores y los baños eran compartidos, aunque poco importaba porque la vista resultaba increíble y podía observar el castillo y la ciudad medieval”, comenta el tucumano.

Su anécdota representa un clásico en los accidentes viajeros. Tras una caminata, él decidió regresar a la pieza a recoger algunas cosas para bañarse. ¿Quién no conoce la sensación? entre la premonición y el descuido, todo pasó en apenas segundos. Mmm, ¿agarré la llave?

“Cuando me di cuenta quise parar la puerta, pero ya era tarde. Lo primero que hice fue bajar a ver si existía una copia. Sin embargo, la recepción estaba cerrada y no había nadie. Encima mi celular había quedado dentro”, agrega el comerciante de 35 años.

Siendo las 23, el plan B fue pedir socorro a los vecinos. “Toqué y me atendió una pareja italiana de hombres. Pese a la barrera del idioma, intenté contar lo que ocurría y ellos llamaron varias veces por teléfono a los dueños. El resultado fue el mismo”, detalla.

A esas alturas solo quedaba una solución viable y completamente racional por intentar: ignorar la altura y trepar de un balcón al otro. Atravesar la pared de tres metros y, antes de llegar al techo, sortear una abertura de alrededor de 50 centímetros.

“Al final apilé una silla arriba de una mesa y pegué el salto. Habiendo pasado la mitad del cuerpo me pregunté por qué me pasaban estas cosas. Por suerte, logré entrar y al día siguiente le llevé a mis nuevos amigos unas cervezas en agradecimiento”, finaliza Marcos.

Soñar con el 79Aunque hayan pasado ya dos décadas, Jesús Fernández todavía puede evocar las vacaciones que pasó -a los 10 años- en Costa Azul (Buenos Aires). Fue un viaje en patota que incluyó a sus padres y hermana mayor; sumado a una familia compinche (otros cuatro miembros, entre los que iba su amigo Gerardo) y tres personas más. En total 11 inquilinos (grandes y chicos) para disfrutar de un dúplex a estrenar.

“La vivienda tenía una planta baja, un piso intermedio y una planta alta para distribuirnos. Al roncar, tanto mi papá como el padre de mi amigo decidieron tirar sus colchones al lado de la puerta de entrada”, detalla el estudiante de veterinaria.

Una noche -para que corriera viento- ambos dejaron la persiana que daba a la calle entreabierta. De esa manera, entre los ruidos de locomotora, fue que un grupo de ladrones entró al hogar. Jesús fue consciente de lo que ocurría recién al escuchar la voz de Mimi (su mamá) hablar con los intrusos armados.

Al margen del mal trago, él resalta que el episodio tuvo diálogos dignos de un sketch. Los maleantes entraron a cada pieza y luego los concetraron en un mismo espacio.

“En el ático dormía Bibi (la amiga de mamá). Cuando dos de los ladrones intentaron llevarla con el resto de nosotros se dieron cuenta que no reaccionaba. Entonces uno le susurró a su compañero que ella era sorda. En realidad, tomaba unas pastillas para dormir bastante fuertes por lo que estaba totalmente dopada”, agrega el joven de 33 años.

Del resto de escenas hilvanadas por los protagonistas, Jesús recuerda un “señora, tápese por favor” al observar los asaltantes a su mamá en bombacha y/o camisón y el coucheo de su papá con un “laburen tranquilos muchachos”.

“En otro momento él les pidió fuego a los asaltantes para sus cigarros. Entre las cosas que se llevaron estaba mi PlayStation y un televisor de 14 pulgadas casi nuevo. Además de otros electrodomésticos, plata y joyas”, especifica.

Una vez los ladrones escaparon (y tras un periodo prudencial) las familias salieron de la habitación. O al menos casi todos sus miembros porque durante el hecho siempre faltó alguien: Gerardo.

“Él nunca se despertó porque tenía el sueño muy pesado, y eso que revolvieron la habitación del ático por completo. A la mañana siguiente, a eso de las ocho, bajó por las escaleras sin entender nada y en shock”, rememora.

El paso siguiente fue hacer la denuncia policial y acudir a la inmobiliaria. “Para no regresar a Tucumán nos dieron como alternativa mudarnos a un departamento en San Bernardo. Este estaba en una peatonal, encima de un local comercial. En esa época estaba de moda la canción 'Estoy saliendo con un chabón' de Los Sultanes y escucharla a cada momento del día fue la frutilla del postre”, finaliza.