Por Daniel Medina
El libro se siente híbrido. Son relatos, que de a ratos presentan contaminaciones de la crónica o de un diario íntimo. Son "brevedades" que condensan una potencia impensada de sentimientos y sensaciones.
"Parajes", publicado por la editorial cordobesa Nudista, es el tercer libro de relatos de Cristina Iglesia, quien nació en Corrientes en 1944. Corrientes es, justamente, uno de los escenarios de varias de las historias . No es el único, pero sí el más importante y es el que, de alguna manera, se filtra en los otros. Porque la narradora (tenemos la sensación que todos los relatos del libro nos llegan por la misma voz -elegante, nostálgica, algo adolescente) evoca y vuelve a Corrientes. O mejor: es como si el tiempo se hubiera detenido en ese momento de niñez-adolescencia y, quizás, Corrientes sea el lugar donde una parte de esa narradora quedó estancada, sin poder salir.
La brevedad de los relatos puede ser una trampa para un lector porfiado: no hay sencillez ni superficialidad en la prosa de Iglesias: hay climas y tensiones, hay palabras tremebundas y silencios apabullantes. Hay sensaciones radioactivas, que siguen trabajando en el lector, una vez finiquitado el texto.
La palabra "recordar" puede ser clave para tratar de revelar los mecanismos de estos relatos: la narradora toma un elemento y eso es un disparador otros momentos. El lector se monta a un carrousel de evocaciones y es por eso que la nostalgia es un sentimiento que se pega a quien lee. Un ejemplo:
"Vuelvo a la ciudad con la esperanza de no cruzar jamás a la Rive gauche para no ver lo que vimos juntos y con la ilusión de que la caminata rescate los relatos de esa bruma, de ese enjambre. Frente a un restaurant pequeño, leo, en un cartel aún más pequeño, el nombre de un postre delicado y frágil que mi abuela preparaba en su diminuta cocina de la casa nueva. El postre se llamaba, en nuestra casa, isla flotante y era un verdadero desafío hasta para su reconocida habilidad de cocinera. Mezclaba, primero, una crema suave que dejaba reposar en una fuente transparente mientras se concentraba para el momento culminante que llegaba cuando las claras batidas a nieve, tomadas en cucharadas grandes, eran pasadas, fugazmente, por leche hirviendo y así, apenas cocidas, estas diminutas islas blancas eran colocadas, como pequeñas señales de triunfo, como quien pisa tierra después de un largo vuelo, sobre la base amarilla de la crema. Me encantaba esta ceremonia lenta con mucho de suspenso porque no siempre le espuma blanca llegaba a convertirse en isla. Me gustaba estar cerca de su cariño, en la cocina o en cualquier otra parte de la casa o del mundo".
La otra palabra clave es "voyeur": la narradora -esa joven lectora aspirante a escritora- no es una protagonista que actúa: es una espía de las vidas ajenas. Esa protagonista lee los paisajes, los animales y las personas con la misma avidez con la que se lee un libro. Un ejemplo:
"El hombre de la vereda se apoya en la reja cuadriculada que protege el kiosko de los robos, se apoya en el cuadradito que le permite ver a la mujer llorando con una congoja que merece una cercanía mayor. El locutorio de Rioja al 500 es único no solo porque no protege la intimidad de las emociones de los que llaman a sus familias lejanas sino que los expone, uno junto al otro, a las miradas indiscretas como las mías o las de ese hombre. Sus clientes, casi siempre mujeres, hablan por teléfono a pueblos peruanos o a ciudades de Bolivia frente a un vidrio enrejado que apenas los separa de la calle. Si se entra al local también se puede escuchar estas conversaciones que se interrumpen varias veces por razones diversas, pero me atraen más los rostros sin voces que puedo ver al paso. Seguro no hay en esta ciudad una vidriera que muestre de forma tan nítida la marca de la melancolía en los rostros como sucede allí. Siempre reprimo el gesto de volver a casa y tomar la cámara para detener algunos de esos instantes".
Ya hemos dicho que la narradora es una observadora de la realidad. Es necesario precisar que no es una observadora neutra. No narra lo que ve -o lo que recuerda haber visto- con la frialdad de un documental. La narradora opina, infiere sensaciones, incluso de los mismos animales:
"Sigo prefiriendo los caballos sobre cualquier otro animal en este mundo: ellos saben vivir con la tensión –insoportable para los humanos– entre el agobio del sometimiento y el desparpajo de la felicidad.
Y este verano, al mirarlos, comprendí que ya saben, con seguridad, que los hombres los necesitan cada vez menos, que solo los usan como remedo del pasado y que ese desinterés disimulado les permite intuir un futuro más libre, más ornamental".
Las citas largas en esta reseña han tenido como objetivo dejar ver la elegancia y la destreza de la prosa de Cristina Iglesia.
Las observaciones vertidas por este reseñista no alcanzan a abarcar la complejidad ni la riqueza del libro.