“Sin perdón no hay futuro, pero sin confesión no puede haber perdón”. Fueron las palabras del arzobispo Desmond Tutu, Premio Nobel de la Paz e ícono sudafricano de la lucha contra el apartheid y por los derechos humanos en todo el mundo, que murió el pasado domingo a la edad de 90 años. Después de que Nelson Mandela fuera elegido como el primer presidente negro de Sudáfrica, el arzobispo Tutu presidió la Comisión para la Verdad y la Reconciliación, donde abogó por la “justicia restaurativa”.
La justicia restaurativa es la respuesta ante la criminalidad que se centra en la resolución de los problemas derivados de un delito, de manera que las víctimas, los delincuentes y la comunidad se unen para solucionar los conflictos provocados, como el sufrimiento de la víctima, la responsabilidad del delincuente y los daños a la comunidad.
En sus reflexiones, Tutu sostenía que nos educamos creyendo estrictamente en la justicia como desquite, lamentando así que en algunos lugares del mundo parezca que los hombres y mujeres no han podido ir más allá del adagio bíblico del “ojo por ojo” en su ansia de desagravio. Así concluyó que las represalias producen contrarrepresalias del tipo de espiral sangrienta. Sostuvo que si fuera verdad que la gente no puede cambiar y que si se ha sido un asesino una vez siempre se lo será, entonces todo el proceso de la Comisión que le tocó encabezar habría sido imposible. Ocurrió porque “creímos en que incluso el peor racista tenía la capacidad de cambiar”, dijo.
Las palabras del desaparecido Arzobispo calan hondo en nuestra sociedad actual y se transforman en un desafío para la aplicación de los mecanismos de resolución de conflictos que contiene el nuevo Código Procesal Penal de Tucumán. Quienes nos desempeñamos en la Justicia, advertimos a diario que el proceso penal, como lo conocemos, está huérfano de verdad. El imputado de cometer un delito suele esconderla sin asumir la responsabilidad del daño causado por el ilícito. Por su parte, la víctima necesita esa verdad para cerrar las heridas emocionales y vitales generadas por el delito. Mientras, el juez la busca, como puede, dentro del garantista Estado de derecho. Es así que el proceso penal genera un intenso sufrimiento a todos los que ingresan en él y poco repara y menos aún, resocializa.
La huella que dejó Tutu a partir de la justicia practicada en Sudáfrica nos interpela a repensar el clásico proceso penal basado en la justicia retributiva en el cual el Estado es visto como la víctima y el delincuente es responsabilizado mediante el castigo, mientras que las víctimas, en el mejor de los casos, se convierten en una preocupación secundaria, sirviendo generalmente como testigos del Estado.
Hay mucha sabiduría en las viejas costumbres de la sociedad africana – conocidas como “ubuntu” -, donde la justicia era un asunto comunitario y la sociedad lograba altos niveles de armonía y paz social. Se creía que una persona lo es sólo a través de otras personas, y una persona rota necesita ser ayudada para sanar. “Lo que el crimen ha roto debe ser restaurado, y el transgresor y la víctima deben recibir ayuda para reconciliarse”, sostiene una máxima ancestral.
En comparación con la justicia retributiva, la justicia restaurativa otorga una importancia mucho mayor a la participación de los protagonistas, de manera que tanto la víctima como el delincuente asumen un papel activo.
Esto no significa tener mano blanda con el delito. Los delincuentes deben darse cuenta de la gravedad de sus actos mediante el tipo de sentencias que reciban, pero debe haber esperanza, esperanza de que el criminal pueda llegar a ser un miembro útil de la sociedad tras pagar el precio que le debe. Cuando actuamos como si realmente creyéramos que algo puede ser mejor, ese algo puede llegar a ser mejor y a menudo superar nuestras expectativas. De este modo, no cabe duda de que el legado que nos dejó Desmond Tutu con su partida, es un camino a explorar en nuestro actual sistema Justicia.