En 2020 un lector me mandó un e-mail advirtiéndome sobre cierta curiosidad a la que nos había introducido la aparición de este virus convertido en asesino invisible para toda la humanidad. Recuerdo que en aquella carta virtual destacaba que al igual que épocas remotas se imponía la moda del uso de las siglas AC y DC. Agradecido de este lector que hacía un aporte y no se dedicaba a agredir violentamente como muchos lo hacen satisfaciendo vaya a saber qué, utilicé durante varios meses estos modismos que nos advertían que había una nueva era Antes del Coronavirus (AC) y Después del Coronavirus (DC). Las abreviaturas coincidían con las que aprendimos en los libros de historia cuando estudiábamos las cosas que habían sucedido AC (Antes de Cristo) y DC (Después de Cristo). Fue un hallazgo de este lector solidario que compartió su saber.
Este fin de año volví a pensar en él. No empezaba un año más ni terminaba otro como nos habíamos venido acostumbrando. Despedíamos al segundo año con coronavirus y le empezaba el tercer año de la era DC. Esta era que había nacido infundiéndonos el peor de los miedos y que nos había encerrado a todos ni siquiera nos permitía un saludo con los seres más queridos. Lo que es peor: si a alguno le tocaba morir tampoco se lo podía despedir, no se le podía dar el famoso “último adiós”. Todo cambiaba a un ritmo inusitado. El viejo estrechón de manos se iba desarmando hasta encontrar en el agresivo puño cerrado un punto de encuentro entre dos. La era DC trajo palabras que se desconocían hasta entonces; impuso una forma distinta de trabajar y de aprender. Las cortadas a las que siempre suele recurrir el marketing hasta le puso un nombre al cambio: “nueva normalidad”.
Hace unas horas, cuando a 2021 ya no le saturaba el oxígeno y ni el intubamiento lo salvaría, dio pena. Capaz que se le pondría dar una nueva oportunidad, pero ya era tarde. Este segundo año de la era DC no había logrado cambiar mucho. Al contrario, sus aportes vacunatorios sólo consiguieron que la humanidad salga de la cueva para volver a hacer lo mismo. No lograron instalar modernas formas de vivir. Tal vez 2021 sea un fracasado y dieron ganas de despedirlo a las apuradas porque da la sensación de que todo sigue igual. La llegada de 2022, el tercer año de la era Después del Coronavirus (DC) nos ilusiona como toda cosa nueva. Pero sólo eso. El periodismo es incapaz de hacer futurologías (artes reservados a otros conocimientos), pero tal vez puede subrayar que la covid-19, además de enseñarnos a vivir en la incertidumbre permanente, nos permite inferir que en la era DC nada se puede prever con este mal. Por eso los viajes son más cortos, la inflación no cede, la ciencia y la medicina avanzan a una velocidad difícil de acompañar, la comida artificial se mastica como la natural, el espacio exterior es un país cercano, las impresoras 3D hacen magia, las criptomonedas cambian la manera de pensar y la edad de invertir.
Pero nada de esto parece que pasara en nuestra Argentina ensañada en aplicar recetas del pasado en este futuro DC. La política es llevada adelante por dirigentes muy preocupados en su presente y en su bienestar y no en lo que vendrá. Presas del individualismo no logran descifrar el mensaje de las urnas y agreden a la sociedad con actos como los de esta semana, cuando los intendentes bonaerenses decidieron aprobar sus reelecciones indefinidas.
Años locos
A los fanáticos del juego les encanta encontrarle significado a los números. Esos cabuleros dicen que el 22 es “el loco”. Y la Argentina llega a este 2022 con algunos síntomas de locura. Se asemeja a un país que sale de una guerra, después de varios años de recesión combinada con alta inflación y esta insoportable pandemia que se resiste a irse. Acompañan el escenario los elevados indicadores de pobreza, la caída del salario real, la desestabilizante insegurida y el desempleo, por citar cosas de todos los días. Pero esta última semana reapareció un aspecto no tan visible pero no menos importante cual es el estado de los servicios públicos, parámetro obligado en el análisis del desarrollo de una sociedad.
Es el caso de la energía eléctrica, cuya escasez tiene efectos realmente lacerantes sobre la población máxime cuando la temperatura veraniega se vuelve insoportable. Como si el Túnel del Tiempo nos hubiera transportado al pasado de fines de los 80, los tucumanos volvimos a vivir con crudeza, los cortes masivos “programados” (eufemismo reglamentarista que permite multas y penalidades), pero tampoco escapa al flagelo de la falta de energía el resto del país. Sin ir más lejos, la noche del viernes 150.000 usuarios tuvieron que brindar en la oscuridad y la cuarta parte de ellos seguía sin luz hasta el mediodía del primero de enero en Buenos Aires.
Fue saludable que el gobierno provincial dijera al menos “esta boca es mía”, al advertir a EDET que debe descontar el servicio no prestado (dicho sea de paso: algo que se supone obvio, pues si no hay luz el medidor no registra consumo). La prudencia de las explicaciones de la empresa dejaron gusto a poco, y el silencio del ente regulador, también. En el trabalenguas explicativo se entendió que por tareas de la SAT se cortó un cable de Transnoa (Transportadora de la energía) y dejó a la distribuidora EDET incapacitada de repartir casi un 35% de energía. El lío se armó por culpa de las obras de la SAT, que realizan empresas privadas en condiciones que dieron lugar a denuncias públicas y presentaciones judiciales, como la del ex diputado José Vitar que se tramita en la Justicia Federal.
Denuncias que, además, enojaron a los empresarios en lugar de entusiasmar con que se logre la mayor de las transparencias.
Sin embargo, el ente regulador quedó envuelto en la bruma política sin poder contribuir a desenredar esta madeja, sobre todo porque se supone que debe fiscalizar a ambas empresas, a EDET y a la SAT. Su poca claridad ayuda a confundir a diferentes actores de la política que terminan buscando una marquesina para que brille su nombre y no un aporte para que los años 80 no vuelvan en este siglo.
Han pasado casi 40 años y seguimos dando vueltas sobre lo mismo y con iguales recetas.
Un secreto opositor
El loco de 2022 hace presagiar un año de grandes tensiones políticas, tanto a nivel nacional como provincial. Por primera vez en bastante tiempo las dos coaliciones que disputarán el poder padecen problemas parecidos. Ambas deberán resolver intrincados conflictos internos.
En Tucumán, por primera vez en 20 años, la oposición logró instalarse como opción de poder, tras perder por solo dos puntos. Pero… ¿saldrá indemne de la resolución de sus candidaturas?
La reunión de esta semana que no volverá nunca más fue un síntoma de salud en un Juntos por el Cambio que en la era AC ni siquiera se podía juntar. Después de escucharse (algo también inédito en la agrupación), infirieron que el trabajo de 2022 debía ser generar empatía entre todos los dirigentes. No había faltado nadie y los pocos que no pudieron asistir fueron ausencias con aviso debidamente justificadas. Inclusive los comunicados posteriores no tuvieron dueños y se quedaron bajo el paraguas de Juntos por el Cambio. El hacedor del encuentro y de la apuesta a la empatía entre los egos nunca estuvo sentado en la mesa principal. Desde afuera, mochila en mano ayudaba al encuentro que entusiasmó a gran parte de la conducción opositora. El secreto había sido tener predisposición para construir sin ambiciones de cargos.
En el oficialismo la situación es más complicada. Mientras el gobernador Osvaldo Jaldo cuenta de a miles los infectados con el virus malditos, respira aliviado porque el número de camas ocupadas no llegan ni a la treintena.
No obstante, en el balance del hombre de Trancas hay algunos “debe” que lo desvelan y tienen que ver con las heridas que se abrieron en la lucha fratricida, y que aún no cierran. Esperan respuestas los dirigentes Marcelo Caponio, Daniel Deiana y muchos contratados que creen que el vicegobernador a cargo del Poder Ejecutivo debe poner las curitas para que los tajos dejen de sangrar.