Es un domingo caluroso y húmedo de diciembre. Los periodistas que están de turno durante la siesta se desesperan por encontrar alguna información que les permita actualizar la portada de LA GACETA.com. Es difícil: hay días en los que todo parece ir más lento. El domingo es uno de ellos y hallar noticias atractivas se vuelve un desafío. De golpe, las redes se empiezan a mover: a los celulares llegan fotos y videos impactantes, y la adrenalina se dispara. La rama inmensa de un árbol acaba de caer sobre el sector de juegos infantiles de un restaurante. Y allí había chicos. Los mensajes son confusos: algunos dicen que hay heridos, otros aportan datos que es necesario chequear. Lo concreto es que la noticia está ahí y no la produjo el cronista profesional, sino los ciudadanos que fueron testigos circunstanciales del hecho y lo “reportearon” con su teléfono. El rol del periodista adquirirá relevancia después: será al momento de empezar a investigar lo que ocurrió y revelar la cadena de responsabilidades que derivaron en la tragedia. Se podría decir que hoy, en muchos casos, el ciudadano se encarga de la foto y el periodista, de la radiografía de los hechos.

Este ejemplo hace referencia a un acontecimiento real: ocurrió el domingo 12 de diciembre en el parque Avellaneda. Y sirve para reflejar algo que no es nuevo, pero que constituye hoy parte de la mecánica de la generación de la información: aquella vieja y clásica pareja de reportero y fotógrafo que solían recorrer juntos la ciudad, los despachos oficiales, los bares y los más diversos rincones en busca de historias y noticias le dio paso a una ciudadanía muy activa en la generación del contenido ¿Esto significa el fin del periodismo? Definitivamente no.

Validar los hechos

Hoy la demanda de información es más grande que nunca. La prueba está en que, durante 2020 y buena parte de 2021 y a causa de la  pandemia, se dispararon los niveles de tráfico (es decir, de visitas) y de suscripciones en los sitios de noticias. Ante lo desconocido, frente al miedo y la incertidumbre, los seres humanos se volcaron en masa a las marcas que construyeron una trayectoria asociada al periodismo de calidad. LA GACETA fue parte de este fenómeno.

¿Qué nos dice esto? Que a pesar de la sobre oferta de informaciones que circulan por distintas redes -principalmente Whatsapp, Facebook y Twitter- los lectores buscan medios con trayectorias asociadas a la veracidad y a la seriedad para validar los hechos, para conocer aquello que el poder busca ocultar, para escuchar voces plurales (es decir, todas las partes de una historia) y para buscar informaciones que los ayuden a tomar decisiones. En definitiva, para ejercer su libertad. Esta es la esencia del periodismo, su principal valor. Y la pandemia no hizo más que confirmarlo (al igual que cualquier otro hecho anómalo que conmueva a una comunidad).

Para realizar esta tarea de manera independiente del poder de turno (es decir, sin condicionamientos) es necesario contar con compañías solventes financieramente. Hacer buen periodismo es caro (en términos de recursos humanos, estructura y tecnología). Es por eso que, en la búsqueda por diversificar los modelos de negocio, hoy se apuesta con fuerza a generar nuevos ingresos mediante las suscripciones digitales. LA GACETA las lanzó hace ya dos años y constituyen un éxito. Pero no son exclusivas de nuestro diario: se trata de un modelo que se aplica a nivel global. Hay lugares, como Estados Unidos y Europa, donde están generalizadas. En América Latina son cada vez más las empresas periodísticas que se suman a esta forma de monetización. Y en Argentina, los principales diarios cobran por sus contenidos digitales. Sin dudas, se trata de una tendencia que terminará de consolidarse en 2022 y en 2023.

Otro desafío será la relación con dos gigantes: Google y Meta (Facebook), que son quienes hoy ponen las reglas para la distribución de los contenidos (siempre en beneficio propio), los que concentran la mayor parte de la publicidad digital y que operan como inmensos amplificadores de las campañas de desinformación. A pesar de los esfuerzos demostrados durante la pandemia, este es un fenómeno que aún no se logra frenar y que produce todo tipo de daños.

Gravedad

En un país con instituciones débiles, la relación con el poder político también constituye un desafío para la prensa independiente. Las presiones económicas, las amenazas a periodistas o a medios proferidas por altos funcionarios, las persecuciones judiciales, los atentados contra los bienes de una empresa y las campañas de desprestigio en las redes son herramientas con las que se intenta acallar las voces disidentes que encarnan la prensa libre. En Tucumán -provincia modelo por la baja calidad institucional-  Irene Benito, periodista de LA GACETA, fue citada a indagatoria por la Justicia en una causa abierta a partir de la denuncia de un funcionario del Poder Ejecutivo. “Es la manifestación de la criminalización de mi trabajo como periodista”, sentenció Benito.

En esta provincia, además, se diluye un año más sin Ley de Acceso a la Información Pública. A pesar de que al inicio de su gestión Juan Manzur y Osvaldo Jaldo se habían comprometido a impulsar esta norma, eso aún no sucedió. Esta ley constituye una herramienta esencial para combatir la corrupción, lograr el principio de transparencia en la gestión pública y mejorar la calidad de nuestra democracia, a veces demasiado signada por una cultura de secretismo.

Buenas noticias

Este repaso puede dejar una sensación más bien sombría sobre el presente del periodismo en Argentina y en Tucumán. Sin embargo, hay noticias excelentes: las audiencias son hoy más grandes que nunca y su deseo por obtener información chequeada es voraz. ¿Llegaremos a ellas mediante una pantalla? ¿Desde la hoja del papel? ¿Con historias en las redes? ¿Con podcasts? Posiblemente por medio de todas estas plataformas y muchas más que aún ni siquiera imaginamos. Con 109 años de trayectoria, LA GACETA se encuentra en este camino: LGPlay, LA GACETA Podcast y nuestras redes sociales se sumaron en los últimos años al ecosistema que integran nuestras ediciones clásicas, el papel y el digital. Sin dudas, la innovación en el modo de contar historias y en el uso de la tecnología seguirá siendo clave en la tarea de llevarles información de calidad a usuarios y comunidades cada vez más diversas ¡A por ellas!