Es inevitable. El fin de año trae adosado un balance aun precario. Y cuando se hace el repaso es imposible no advertir que Tucumán estuvo a punto del descalabro institucional. Primó la cordura, pero estuvo al borde de un ataque de nervios y de la esquizofrenia.

Y quedó al descubierto cuan deshilachado está el federalismo argentino y cómo el Gobierno nacional se apoya en su soberbia y en sus caprichos para tomar decisiones. Ha corrido tanta agua bajo el puente que nadie recuerda que hubo un día en el que a Juan Manzur le ofrecieron ser Jefe de Gabinete de la Nación, cuando Alberto y Cristina se tiraban con todo lo que encontraban virtualmente, como un matrimonio desavenido en el peor momento.

Manzur se sintió halagado, pero cuando se miró al espejo veía que una banda presidencial le atravesaba el pecho. Le gustó el convite. Era hacer realidad su sueño y sólo tenía que empezar a tejer en la telaraña de poder. Eso sí, tenía un problema: en Tucumán le dejaba el poder servido en bandeja a quien para entonces se había convertido en su archienemigo en apenas un semestre. Palabras más, palabras menos le pidió a Alberto y a Cristina que sacasen a Jaldo a como diera lugar: cuando lo hicieran, él se sentaría en el sillón más grande de la Jefatura de Gabinete.

Cuarenta y ocho horas antes de jurar gritaba con cierto descontrol: “¡Se va!, ¡Jaldo se va!”. Se lo repetía a quién se le acercaba. La estrategia no era muy imaginativa. Era más de lo mismo. El Poder Ejecutivo Nacional le inventaba un cargo a Jaldo, este se iba a Buenos Aires y en Tucumán Manzur seguía haciendo lo que quería, pero por control remoto desde la Casa Rosada, mientras avanzaba su proyecto nacional y su tarea ejecutiva.

Lo que nunca esperaron en la metrópoli fue que el vicegobernador de Tucumán hiciera dos cosas: por un lado, decirle “no” a Cristina y a Alberto; y por el otro, que fuera capaz de priorizar lo que correspondía naturalmente. Esto último parece una antigualla en tiempos en que muchos políticos hacen lo que quieren con las instituciones con tal de cumplir sus deseos.

El final es conocido: Jaldo se quedó pegado al sillón de Lucas Córdoba y desde allí proyecta su futuro político. Los manzuristas lloran por los rincones porque no sólo extrañan su libre y poderoso deambular por los pasillos de Casa de Gobierno, sino que también extrañan a Manzur. Es que él, en la Casa Rosada, es otro. Ya más de un intendente del interior se quedó esperando en la antesala de la Jefatura de Gabinete más de cinco horas sin que nadie le llevara el apunte -solamente algún café-. Es que Manzur no es Dios: anda por todas partes, pero no a cualquiera atiende en Buenos Aires.

Si Manzur repasase esta historia, podría decir que este año -al que tan poca vida le queda- fue un muy bueno, ya que lo puso en carrera nacional. Jaldo, en tanto, podría decir que llegó al lugar deseado antes de tiempo. Sin embargo, es ineluctable que en 2021 las instituciones estuvieron en peligro.

La sangre no llegó al río, pero se estuvo por crear un cargo para Jaldo cuando lo que menos hace falta es seguir inflando el gasto público. Tanto el Presidente como la Vicepresidenta y el flamante Jefe de Gabinete preferían forzar la decisión popular en favor de sus apetencias personales. El federalismo y el libre juego de las instituciones no se iba a respetar: se ordenaba cumplir lo que quería la Casa Rosada. Un pésimo ejemplo.

Primó la cordura.

- Juan, lo mejor para Tucumán es que vayas a Buenos Aires, ¿qué necesitás?.

- Vos, ¿qué querés?

Así comenzó el diálogo entre los dos referentes tucumanos después de cinco meses de tirarse con un oflador o con improperios. En síntesis, mal que les pese a los jaldistas que no consiguen los cargos que hubieran soñado en el Ejecutivo, y a los manzuristas que perdieron la brújula del poder, el diálogo evitó una crisis institucional en Tucumán.

Sería un buen ejemplo para el resto del país.

Mal ejemplo

Agoniza 2021. En cambio, se reanima y revive la reconciliación entre Jaldo y Manzur sobre la base del diálogo. Algo que la oposición y el oficialismo nacional no logran aprender.

Ha quedado demostrado que la diferenciación política imprescindible entre el Frente para Todos y Juntos por el Cambio es una cosa, y que es otra la verdadera y profunda grieta que está presente en la sociedad, lamentablemente.

Un ejemplo -mal ejemplo, en realidad- es lo que ocurrió en el Colegio de Abogados de la provincia, donde la conducción no logra el equilibrio necesario para que una institución de la trascendencia histórica de este cuerpo sea útil para la construcción de una sociedad menos agrietada.

Este 2021 también ha demostrado que una nueva forma de alternancia política ya rige en la Argentina. La sociedad ordena y distribuye poder como un péndulo que oscila de una extremo al otro. Alternativamente distribuye responsabilidades a dos coaliciones de signo político inverso que no van a tener otra alternativa que encontrar algún encuentro.

El oficialismo, no obstante, el 14 de noviembre, quedó advertido acerca de que si no corrige rumbos en favor de todos -como el nombre de su frente lo indica-, está muy cerca de perder el Gobierno nacional. En tanto, la oposición ha recibido el mensaje de que debe mejorar su estructuración interna si está dispuesta a volver a la Rosada.

La culpa es del virus

Lo curioso es que mientras unos y otros intentan acomodar su protagonismo con miras a 2023, el coronavirus sigue siendo el gran decidor de la vida.

Los argentinos han aprendido a convivir con la pandemia que no se termina de ir nunca. Desde que se metió en los hogares, la Covid-19 ha dejado importantes lecciones de convivencia, de solidaridad y ha instalado nuevos códigos para relacionarnos.

Sin embargo, a medida que nos vamos acostumbrando a convivir con el mal, aprendimos nuevas trampas para burlar las normas vinculadas a la nueva normalidad. Los politólogos y los analistas han extraído una conclusión de apariencia indiscutible, tal como que la agresión pandémica ha incidido en el orden político global. Así explican que ningún gobierno ha salido indemne de los efectos del virus en el humor colectivo ni en la conducta electoral de los ciudadanos.

Hasta el flamante Joe Biden perdió imagen de la mano del virus asesino. Pero aquel artilugio no alcanza para explicar la derrota que sufrió el Frente de Todos este año. La diferencia de 17 puntos en las Paso fue un mazazo que dejó semi groggy al gobierno nacional. Sin embargo, con el resultado de las generales de noviembre, el mensaje fue para la oposición: deberá entender que el peronismo es un hueso muy difícil de roer al demostrar que en dos meses revirtió notablemente aquella diferencia lapidaria.

Bombero inesperado

La Navidad llegó en medio de la pobreza, la desocupación y la inflación que los dirigentes no parecen dispuestos a combatir. Sin embargo, pasó sin los sobresaltos a los que suele acostumbrarnos diciembre.

No obstante, el gobernador interino llegó a la Nochebuena con algunos mensajes malos. Uno tuvo que ver con los problemas para asegurar la provisión de energía en algunos sectores. El otro lo sacó de las casillas porque fue un amigo quien le avisó de una protestas de transportistas, y no los funcionarios correspondientes del área.

Jaldo está dispuesto a sostener el gabinete de Manzur siempre y cuando los funcionarios funcionen, como diría la Vicepresidenta.

Fue Jaldo quien personalmente desactivó la protesta, pero sólo las autoridades de Transporte del gabinete provincial activaron sus propios problemas.