Vaya tema la Navidad.

Esa conjunción de convenciones infecundas, despropósitos familiares, etapas infantiles, consumo, conquistas culturales e ingesta masiva que no siempre en todos busca los mismos objetivos ni tampoco alcanza los objetivos buscados. Sin embargo, ahí está, firme, como toda creencia, pagana o no. Y la literatura –siempre ella- ha sabido leer los vínculos que plantea este extraño cónclave pasajero.

Repasemos algunos títulos.

Quizás Cuento de Navidad -también conocida como Canción de Navidad o El cántico de Navidad-, de Dickens, sea el paradigmático. Aunque si de clásicos se trata habría que ir, también, hasta ciertos límites con lo terrible de la condición humana como son los clásicos “La niña de los fósforos” de Andersen (otro con variantes traducciones) o el “Vanka” de Chejov, o alusiones más contemporáneas como “La Navidad es triste para los pobres” de Cheever o el breve “Cuento de Navidad” de Bradbury.

No todos, claro, pero muchos de ellos –y la instancia anual lo amerita-, como dice Reynold Price en el prólogo a los Cuentos completos de Truman Capote hablando de dos de los cuentos del autor de A sangre fría (“Un recuerdo navideño”, “Una navidad”), quizás resulten “algo dulzón para los gustos contemporáneos”.

Es, claramente, una dificultad a atravesar como lectores. En palabras de Paul Auster, “su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza. Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así. Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental? Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja”. “Solo Chejov”, dice Price, “nos viene a la memoria como un escritor igualmente dotado para el tratamiento de un asunto parecido”.

Es que, si de Paul Auster hablamos, es inevitable pasar por “El cuento de Navidad de Auggie Wren” (recomendamos esa bella edición Booket ilustrada por Isol), que forma parte del film Smoke, escrito y dirigido por mismo Auster. Una hermosa historia que deja de lado todo abrasivo moral y se centra en la felicidad como objeto mismo más que en cualquier elucubración, y se permite, como en gran parte de la obra del autor de la Trilogía de Nueva York, jugar con diferentes planos de la metaficción.

Claro que hay muchos ejemplos más. Entre los clásicos, el póstumo “Última navidad de guerra”, de Primo Levi; “Nochebuena”, de Gógol; “La Navidad para un niño en Gales”, de Dylan Thomas; Un regalo de Navidad, de Stevenson o los dos cuentos de Dostoyevski. Más acá en el tiempo –y en la geografía-, “La fe ciega” de Gustavo Nielsen, o esa maravilla de relato, fin de la inocencia y gran invocación de la inmadurez adulta al mismo tiempo que es “Papá Noel duerme en casa” de Samanta Schweblin. Sin olvidarnos, por favor, de “El asesino de Papá Noel”, del norteamericano Spencer Holst (publicado originalmente en Estados Unidos en 1971 en El idioma de los gatos), adelantado en el tiempo a los derechos de la mujer, las imprescindibles libertades infantiles y la fugacidad del consumo.

No importa desde qué lado se lo aborde –o sí, pero es que son muchos-, porque en la Navidad, qué tanto, lo mejor es laburar para comprarle un par de regalos a los pibes, emborracharse, decir algunas malas palabras y, al final, pasar desapercibido, como bien lo representa el querido Negro Fontanarrosa en “Y te digo más”. A ese léanlo después de las doce, copa en mano, y a las risas.

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Hernán Carbonel – Periodista, escritor y bibliotecario.