Atila el Rey de los hunos (400/451 dC.), el azote de Dios; decía “yo soy el martillo del mundo, donde mi caballo pisa no crece más la hierba”. Esto nos da una idea de la crueldad con que actuaba este líder tribal (Europa occidental y Asia central) que invadió al imperio romano. El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro es peor de dañino y cruel que Atila; entre agosto del 2020 y el pasado mes de julio se desmontaron 745 millones de árboles en la Amazonía, en un área de 13.235 km, equivalente a 63 veces la ciudad de Buenos Aires (CABA). El 1 de enero del 2019, cuando Bolsonaro llegó a la presidencia, fueron tumbados 1.900 millones de árboles hasta el mes de julio/21. La Amazonía se desangra frente los ojos mundo, aunque este irresponsable asesino de árboles y ecosistemas globales, trata por todos los medios, sin lograrlo, de disminuir el tamaño de esta colosal tragedia, donde no solo está cuestionado él, sino también la imagen de Brasil en todos los foros internacionales alarmados por este criminal e impune accionar de Bolsonaro para beneficiar y potenciar la cría de ganado ovino y ceder más tierras de las reservas indígenas, que son invadidas con una voracidad creciente. Está matando también aparte de la flora y a millones de animales de la rica fauna amazónica para favorecer a sus amigos, los terratenientes ganaderos. El mundo tiene que reaccionar antes de que sea demasiado tarde, ante este desastre ambiental. Los representantes de las naciones de la tierra, la justicia internacional, deben tomar cartas en este grave e irreparable daño al planeta Tierra. La Amazonía es el pulmón verde más grande del mundo; cuidarlo entre todos es una obligación de vida; el aire global y la respiración de todos los seres vivos del mundo así lo requieren.
Luis Marcaida
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