El suyo es un nombre al que el olvido ha ido sepultando pacientemente en los últimos 20 años, cuando alcanzó notoriedad planetaria. Eric Moussambani, sin embargo, debería ser un hombre a quien conmemorar de manera frecuente. Sobre todo en este país…
No fue filósofo, jurista, literato ni estadista. Fue un nadador. Nada más, pero nada menos. Los amantes de las gestas deportivas lo recordamos de manera perenne: su paso por las Olimpíadas de Sidney, en 2000, fue histórico. Moussambani, a modo de presentación, fue un perdedor consagrado. A partir de su desempeño, hay un antes y un después en la historia de los grandes perdedores. Con el fin de dimensionarlo acabadamente bastará decir que perdió en aquellos juegos en una carrera de 100 metros en la que nadó sin ningún competidor.
Parece difícil de superar. Pero siempre está la Argentina para plantear que si aquí inventamos la birome y la identificación por huellas dactilares, arrebatarle el cetro a Moussanbani no iba a ser imposible. Tomó dos décadas lograrlo, pero finalmente lo consiguieron...
Esa gloria del periodismo narrativo que es Juan Villalonga Chang no sólo lo evocó, sino que se ocupó de explicar lo incomprensible: ¿por qué estaba en la competición deportiva global? “Había llegado hasta allí luego de haber ganado una competencia en su país y por uno de esos cupos de caridad que el comité olímpico internacional reserva para deportistas de países pobres. En esa competencia contra sí mismo, el único mérito de fue no ahogarse hasta llegar a la meta”, escribió el cronista en “Fábula del perdedor perfecto”.
En Guinea Ecuatorial no había más que dos piscinas y Moussambani nunca había nadado 100 metros continuos. Entrenaba en un hotel de lunes a viernes; y los fines de semana, en un río infestado de cocodrilos: allí había aprendido a esquivarlos más que a lo que, técnicamente, se conoce como “nadar”. Debía competir contra un tayiko (Farkhod Oripov) y un nigeriano (Karim Bare), también “clasificados” en el “cupo de caridad”. Estos últimos se arrojaron dos veces en falso desde la plataforma y los descalificaron. Así que Moussanbani se zambulló (el reglamento lo obliga a medirse contra sí mismo) y logró una marca única. Hasta hoy, insuperable: un minuto con cincuenta y dos segundos. La peor de la historia de las olimpíadas. Lo notable del caso es que el público lo ovacionó. Porque el drama radica a veces en que no importa lo que se haga, siempre hay gente dispuesta a aplaudir. Lo cual, por supuesto, nos deja sin mayores escalas en la Argentina de esta semana. Aquí, comparado con el kirchnerismo, a Moussanbani le hubieran colgado varias medallas de oro…
Perder sin advertirlo
Era martes cuando el ministro de Justicia de la Nación ingresó, a media mañana, a una reunión con los vocales de la Corte Suprema del país. No era una competencia, sino una audiencia. Y el funcionario no estaba obligado a asistir. Más aún: él había solicitado el encuentro.
A la salida de la reunión, el funcionario mostró que el kirchnerismo (el equipo al que representa) es, dentro del océano de las instituciones, como un pez fuera del agua. Como un Moussambani ministerial, el hombre cuya función es ser el nexo entre la Casa Rosada y el Poder Judicial, se movía como si pataleara en círculos. Como si braceara contra sí mismo.
“Se transmitió la preocupación de todo el gobierno nacional, del Presidente, la Vicepresidenta y de este ministro sobre esta tremenda falta de legitimidad”, afirmó Soria respecto de los integrantes que tienen la última palabra en materia de interpretación de las leyes.
Soria manifestó en público que, en privado, les había dicho a Ricardo Lorenzetti, a Juan Carlos Maqueda, a Carlos Rosenkrantz y a Horacio Rosatti que incurren en “abuso” de los plazos procesales. “Por un lado, está la indecorosa pasividad para tratar algunos casos, por ejemplo, las denuncias por delitos de lesa humanidad contra (el empresario) Carlos María Blaquier”. Respecto de ese expediente, afirmó que lleva seis años sin tratamiento. “Y por otro, hay sospechosa celeridad para resolver algunos casos, como el per saltum de los camaristas Pablo Bertuzzi y Leopoldo Bruglia. Es uno de los pocos casos que abrió la Corte Suprema para tratar en casi tres semanas”, se quejó, en referencia a los magistrados trasladados durante la gestión macrista (2015-2019) a la Cámara Federal, a quienes luego buscó echar el kirchnerismo.
Lo más dramático de la situación fue la descripción del clima de la reunión que ensayó el ministro de Justicia. “Los jueces escucharon cordialmente”, afirmó.
No es fácil lograr lo que el kirchnerismo. El común de las personas comprenden unas cosas; y otras, no. Alcanzar un estadio de gestión en el que no se entiende nada es, en sí mismo, una perfección.
Dos horas después de terminado el encuentro, los cuatro jueces supremos vituperados por el funcionario del gobierno peronista que ha protagonizado la más catastrófica derrota electoral de la historia del peronismo, firmaban una sentencia que es un alarde de los que entienden todo. El fallo determina que el cuarto gobierno kirchnerista de la Argentina debe pagarle a Santa Fe, hoy gobernada por el mismísimo Frente de Todos, 86.000 millones de pesos, en concepto de devolución de Coparticipación Federal de Impuestos mal retenida desde el gobierno de Néstor Kirchner y durante las dos presidencias de Cristina Fernández. Incluye intereses punitorios, derivados de que desde 2015 hay una sentencia que mandaba al Estado nacional a acordar con esa provincia la restitución de los fondos federales que le adeudaban.
Para peor, al día siguiente, Soria seguía tirando manotazos, en lo que parecía más un acto por tratar de sacar la cabeza a la superficie antes que una técnica para avanzar. “El simple hecho de que podamos pensar que la Corte responda con fallos adversos a una crítica evidencia que se lo ve como un actor político con prácticas extorsivas”, ensayó, a modo de exégesis. A Eric Moussambani le llevó casi dos minutos ir y volver, en la piscina del Centro Acuático Olímpico de Sidney. Soria, casi dos días después de ir a la Corte y volver a su despacho, seguía sin entender qué había ocurrido en las aguas de la realpolitik nacional.
Ahí es donde ocurre lo inimaginable: el kirchnerismo le juega una carrera a Moussambani y termina derrotado. Porque el atleta de Guinea Ecuatorial corría una carrera solo y perdía. El oficialismo argentino hace lo propio, pero con un agravante: no sabe que perdió.
Celebrar el desastre
La culpa, lo que se dice “toda la culpa”, no es del ministro de Justicia nacional.
Si, en términos metafóricos, las instituciones sobre las que la Constitución Nacional funda la república pudieran equipararse a piscinas, habría que admitir que ahí donde se entrena Soria hay dos piletas, nomás: la Casa Rosada y el Senado. Y el kirchnerismo (“La Cámpora” mediante) ha hecho del acceso a los cargos públicos un verdadero elogio de las carreras cortas…
Para mayores limitaciones, el manager del equipo de Gobierno, ningún otro sino el Presidente de la Nación, festeja las derrotas históricas que él conduce como si fueran triunfos épicos. “El miércoles, que se celebra el día de las militancias, llenemos la Plaza de Mayo y celebremos este triunfo como corresponde”, había arengado en la noche del domingo 14 de noviembre, luego de conseguir lo que ningún otro opositor: desperonizar la Cámara Alta. Perdieron el quórum luego de perder 5 millones de votos en dos años.
Es más: como al fallo de los $ 86.000 millones en favor de Santa Fe es de una Corte estallada en la relación entre sus miembros, en cualquier momento la Casa Rosada declara el “triunfo” de haber logrado unir a los jueces supremos.
Dos años más así y lo Moussambani se convertirá en la utopía del oficialismo…
Insistir en el fracaso
No sólo Alberto Fernández se manifiesta incapaz de reconocer las derrotas: todo su Gobierno, en plenitud, hace gala de ese negacionismo. El mismo martes en que Soria nadaba de espaldas en una competencia de estilo libre, la Casa Rosada remitía al Congreso un proyecto para volver a reformar el Consejo de la Magistratura de la Nación. Todo el derrotero de cambios y manoseos de ese órgano que selecciona, sanciona y destituye magistrados son obras del kirchnerismo.
El Consejo de la Magistratura fue incorporado a la Carta Magna nacional en la reforma de 1994, con Cristina Fernández de Kirchner como convencional por Santa Cruz. En 1997 lo regula la Ley 24.937. Ese año, la actual Vicepresidenta estuvo en las dos Cámaras: renunció al Senado y asumió como diputada. Luego, ella misma fue una de las artífices de la modificación del Consejo en 2006, cuando redujo su composición de 20 a 13 miembros. ¿La razón? Se dijo que la institución era lenta, ineficiente y corporativa, así que con menos integrantes sería dinámica. ¿El resultado? El predominio del oficialismo: mantuvo sus cinco miembros (dos senadores, dos diputados y un miembro del Poder Ejecutivo). En 2013, ya con ella como Presidenta, vino la reforma de la anterior reforma. ¿La razón? La “democratización de la Justicia”. ¿El resultado? En abierta contradicción con la primera modificación, pasaba de 13 a 19 miembros. Pero ahora había que elegirlos por el voto popular y sólo mediante los partidos políticos. La Justicia declaró inconstitucionales esos cambios.
Ahora, cuando es inminente el fallo de la Corte que declare inconstitucional también la composición de 13 miembros dado su desequilibrio (advertido, justamente, ya en el fallo “Rizzo” de 2013), los “K” proponen otro viraje: llevar a 17 el número de miembros. Si sólo pretendieran con ello que la derrota en la Justicia no pareciera derrota, sería una ilusión para el relato de los fanáticos. Pero es peor: quieren cambiar la ley para que el presidente de la Corte no sea quien presida el Consejo de la Magistratura. Es una propuesta contra Rosatti. Porque nada duele tanto como las astillas del mismo palo…
Rosatti fue ministro de Justicia de Néstor en el inicio de su presidencia. Renunció porque se negó a avalar un proyecto para construir cárceles con el estilo de la arquitectura contratista que promovía Julio de Vido, sempiterno ministro de Planificación Federal “K”. Un acto de honestidad que enorgullece a muchos kirchneristas y que, sin embargo, resulta imperdonable para tantísimos otros…
El Gobierno formalizó el atropello una hora antes de que Soria fuese a encontrarse con Rosatti y sus pares; y un mes después de perder el control del Congreso.
Moussambani es ya inalcanzable. Pero no por ello sus enseñanzas deben dejar de inspirarnos. Cuenta Villanueva Chang que el deportista africano jamás dejó de practicar y, tras su paso por Sidney, decidió competir en las Olimpíadas de Atenas, en 2004. Pero no pudo: las autoridades de su país habían extraviado la fotografía de su pasaporte. “Ha sido lo peor que me ha pasado”, declaró, sin mayor registro de sus actuaciones anteriores.
Era, como dice el magistral periodista peruano, “un ambicioso en la derrota”.