Días pasados y de cara a las elecciones del 14 de noviembre y a la sociedad misma, tres candidatas a senadoras en segundo término por Tucumán intentaron debatir ideas. El espectáculo fue, indudablemente, entre infructuoso y lamentable. En la opinión del periodista de LA GACETA, Álvaro Aurane, fue un verdadero “elogio de la sordera”. Así lo calificó ya que: “fueron monólogos, entre gritos, ninguna escuchó a la otra y voces que se superpusieron hasta el paroxismo”, señaló Aurane. En fin, opino que fue una triste situación, pero esto nos debe llamar más a la reflexión que al enojo. Y pensar y repensar el modo de rescatar el intercambio de ideas que debe existir en una sociedad que pretende ser civilizada y democrática a la vez. ¿Misión imposible? No lo creo, aunque sí pienso que se debe trabajar de alguna forma para mejorar, incorporando lo que se llama inteligencia emocional a nuestro proceder y a su vez enseñándoles a los jóvenes de la existencia de la misma, clave para la vida en comunidad. Hace algunos años un psicólogo, antropólogo, periodista y escritor norteamericano, Daniel Goleman, realizó numerosas investigaciones sobre el vínculo entre las emociones y las funciones cerebrales y en el año 1995 publicó su libro “Inteligencia emocional”, de fama mundial, en el que explica cómo se pueden controlar los impulsos, regular mejor nuestros propios estados de ánimo, cómo generar capacidad de empatizar y confiar en los demás, o bien cómo evitar que la angustia interfiera con las facultades emocionales, entre otras habilidades; en fin, todo dirigido a mejorar la conexión con los seres humanos, seres sociales por excelencia en un marco de normal convivencia civilizada. Si por definición empatía es la capacidad que tiene una persona para percibir los sentimientos, pensamientos y emociones de los demás, basada en el reconocimiento del otro como similar, digamos que esta resulta vital para la actividad social y política de una nación, y esa será la base de la solidaridad y la vida en democracia. Contrario sensu: la falta de inteligencia emocional impide tener empatía con el otro e impacta negativamente en nuestra sociedad (F. Manes). Si con sinceridad pretendemos erigirnos como una comunidad republicana, con auténtico diálogo, como la diseñaron nuestros mayores, pensemos por un instante que escuchar al otro es importante y a su vez aplicando la inteligencia emocional mejoraremos nuestra capacidad de reconocer, comprender y manejar nuestras emociones y con ello también comprender e influenciar en las de los demás. Se ha naturalizado y es muy frecuente escuchar en las discusiones de los políticos: la agresión permanente, asignación de culpas, falta de autocrítica y pretensiones de salir airosos de la discusión levantando la voz con marcada soberbia. Todo esto se podría obviar si con dedicación y paciencia educáramos y capacitáramos a nuestros jóvenes en todas las bondades que la inteligencia emocional les puede brindar, por ejemplo, ser más sensibles a los sentimientos de los demás, más conducta prosocial, mejor autodominio, conciencia social y toma de decisiones dentro y fuera del aula; más responsables, mejores habilidades para la resolución de conflictos, etc. Y soñar no cuesta nada, que algún día algún periodista, refiriéndose a un debate, pueda titularlo: “elogio del diálogo”.

Juan L. Marcotullio


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