A los 33 años su vida dio un vuelco circunstancial. Decidió dejar de lado la vida rutinaria, el saco, la corbata, los expedientes, un trabajo estable y bien rentado para incursionar en un mundo que lo apasionaba: la cocina. Hoy, Agustín Delacroix es uno de los principales exponentes que tiene la gastronomía tucumana por los sabores y las sensaciones que despiertan sus comidas en la clientela.

Como la experiencia de todo joven que decide emprender en estas latitudes del mundo, la historia de “Ayo” –como le dicen sus familiares y amigos desde que era niño- está marcada por el sacrificio y la resiliencia para anteponerse a los vaivenes de la economía, la presión impositiva y también ahora a la pandemia. De hecho, el empresario calificó al rubro como “cambiante” porque demanda “adaptarse día a día a las necesidades de la gente y a los gustos que cambian no tanto por modismos, sino por temporadas”.

“En países con mayor previsibilidad económica, social y hasta climática puede ser más sencillo emprender. Pero aquí, aunque todo resulte sacrificado y cualquier proyecto este sujeto a miles de cambios que pueden surgir, es muy gratificante”, dijo el emprendedor sobre el proceso de llevar adelante una inversión, y completó: “ver que lográs plasmar un producto que tenías en la cabeza y que a la gente le gusta y te apoya es fantástico”.

Ante LA GACETA, Delacroix confesó ser un amante de la buena comida y la buena bebida y relató que su vínculo con la cocina comenzó a forjarse desde el lugar de cliente. En función de sus gustos y no encontrar lugares que cumplan sus deseos, junto a un socio fundó Cayetano (una parrilla a puertas cerradas) y cuya clientela principal eran sus propios amigos. “Eso fue llevando a otra cosa y de ahí nunca paramos de abrir por año un nuevo emprendimiento”, destacó el cocinero que hoy administra seis locales en los que venden desde bandejas de comida hasta sofisticadas recetas.

En los últimos meses, Casa Croix se ha convertido en uno de los puntos gastronómicos más elegidos por los tucumanos para comer y beber. Y para explicar ese fenómeno, el propietario asegura que pasó de trabajar en un lugar en el que se administraba justicia a ser un administrador de alegría. “Nosotros no vendemos una porción de carne, una medida de cualquier bebida, estamos vendiendo un momento. Estamos vendiendo alegría y siempre remarco eso a las personas que trabajan conmigo”, aseguró sobre el restaurante ubicado en Yerba Buena.

Cambio radical

Ocho años después de haber dejado sus estudios de abogacía y su cargo en la Justicia Federal para abocarse al arte culinario “Ayo” se siente contento porque logró su propósito de romper con la vida rutinaria. “No hay un despertador que suene todas las mañanas a la misma hora ni un uniforme. Me oprimía pensar qué me iba a tener que poner al otro día. Hoy puedo ponerme pantalón largo un día y una bermuda al otro. Me gusta saber que conocí tantísima gente en este proceso y saber que logramos dar trabajo a muchas familias y eso no es menor en estos tiempos”, señala.

El giro que tomó su vida también asombró al núcleo familiar. En su casa costó entender por qué dejaba un trabajo estable y decidía dedicarse a un rubro donde no tenía ningún referente cercano a su entorno. A pesar de eso, el emprendedor destacó que la familia nunca se opuso a su decisión y recordó una conversación que tuvo con su padre a raíz de esto. “En tono preventivo me pidió que me cuidara y que no me agarre la noche con sus vicios. Y pude demostrar que mi voluntad de dedicarme a la gastronomía iba mucho más allá que tener un bar para conocer chicas o estar de fiesta con mis amigos. Lo tomé como un negocio, para poder vivir de esto y hacer algo en lo que sentía que podía ser bueno”, contó.

A pesar del crecimiento y el reconocimiento alcanzado, el cocinero tucumano es cauteloso al hablar del éxito y de hecho asegura que no sabe si definirse como exitoso. “Me gusta lo que hago, lo que hice y si estar contento con lo que logré me convierte en exitoso, desde ese lugar te puedo decir que sí lo soy”, manifestó.

Estilo propio

Delacroix destaca que cocinar le gustó desde siempre y en este último tiempo fue capacitándose y perfeccionando técnicas para poder sorprender a los comensales que se acercan a sus locales. A su vez sostiene que la mejor forma de aprender sobre cocina radica en dos simples pasos: comiendo y cocinando.

Aunque no tiene un cocinero predilecto, “Ayo” se considera un gran admirador de muchos chefs argentinos como Fernando Trocca, Lele Cristóbal, Germán Martitegui y Renato “Tato” Giovannoni, a quién califica como un artista y su mayor referente. Pero su cocina también tiene un guiño al estilo de Francis Mallmann. “Me gusta interpretar la cocción del fuego directo”, dice Delacroix. Y agrega: “Me parece que el fuego es el artífice primero de la cocina. Me gusta tratar de entenderlo y creo que muchas veces lo entiendo. Me gusta admirarlo, seguirlo y ver las reacciones que produce. Es un elemento que me cautiva y me atrapa”.

Ante la predilección por el fuego para cocinar, “Ayo” asegura que sus parrillas, a leña y carbón, le dan un toque distintivo a las carnes que prepara. “Siempre trato que la comida tenga ese toque de hogar. Sabor a casa. Y nuestra parrilla sigue manteniendo el concepto de casa”, remarca. “Soy fiel a mí y es ahí donde encuentro el asado familiar de los domingos, el que se hace como en una ceremonia y también remite al encuentro con amigos”, destacó.