“Vencedores y vencidos escriben la misma historia y crean el mismo acontecimiento y derraman luego juntos el último sueño. Hay que luchar, sin duda, pero hay que estrecharse la mano antes y después del combate, como en un ring”. Alberto Rougés. Carta a Manuel Lizondo Borda, 1/10/1928
“¿En qué momento se había jodido el Perú?” La pregunta de Zavalita en “Conversación en La catedral”, de Mario Vargas Llosa, es perfecta para sacudir la conciencia sobre la vida social. El autor se interroga y definirá luego que no hubo ningún momento específico en Perú, que han sido en realidad varias instancias a lo largo de su historia. ¿Y en Tucumán? Depende del enfoque y de la mirada política, habrá varios mojones negativos (algunos espantosos, como el cierre de ingenios y el infierno del operativo Independencia, seguido de la dictadura) y otros que abrieron la puerta al lento olvido de poblaciones enteras. Siempre agrietados y sacudidos por las emergencias del momento, es complicado mirar muy atrás para ver cuál fue el momento en que se había jodido Tucumán. O ver cuál fue el momento en que estuvo bien. ¿En el Congreso de la Independencia, tiempo mítico en que creció la población sustancialmente? ¿Cuando comenzó a generarse una tendencia industrial con la iniciativa cañera del obispo José Eusebio Colombres? Precisamente, la efeméride de los 200 años de la industria azucarera ha permitido avizorar algunos de los momentos que han marcado el destino de Tucumán y también pensar que hubo un tiempo tal vez no paradisíaco pero sí de ilusiones. Lo tenía claro la Generación del Centenario y lo planteó como estrategia el ex gobernador Ernesto E. Padilla, que no sólo estableció que en Tucumán estaba el origen industrial argentino –calificó al trapiche del obispo Colombres como “la primera máquina que conoció el país”- sino que sentenció que la naciente industria era la que había venido a obrar la “feliz transformación”. En su visión, eso era definir un destino paradisíaco.
La riqueza, en el interior
¿Cómo imaginarse ese Tucumán que empezó a crecer? Las ilusiones de la primera industria se fueron consolidando con las aperturas de los ingenios a lo largo de medio siglo y en 1876, con la llegada del tren, se disparó el crecimiento “a tasas chinas”, como dice el historiador Daniel Campi. “El período más vertiginoso de crecimiento de la actividad azucarera en Tucumán iría de 1880 a 1896… crece a una tasa del 20% anual”, describe. ¿Qué pasó en esos años hasta los primeros del Siglo XX? Se extiende la telaraña ferroviaria con un manto de progreso por todo el interior provinciano, se fundan ingenios y pueblos, el humo de la industria floreciente genera transformaciones productivas, sociales y de paisaje, cuenta Campi. “La industria azucarera organiza el Tucumán moderno desde el punto de vista de la administración”, explica la historiadora María Celia Bravo, que señala un dato que fue elemental durante 100 años y que desde 1966 nos resulta extraño: “la riqueza en Tucumán estaba en el interior”.
Fue tan rico ese interior que hubo casos como el de Clodomiro Hileret, que había llegado con el ferrocarril para construir la estación del Central Córdoba, adquirió un ingenio en Lules y luego fundaría el poderoso ingenio Santa Ana en Río Chico, de apogeo entre 1889 y 1930, cuyo chalet sería centro de discusiones sobre la política tucumana. Lo visitaron los presidentes Julio A. Roca, Carlos Pellegrini, Miguel Juárez Celman y Roque Sáenz Peña, el presidente saliente norteamericano Theodore Roosevelt y el primer ministro francés Georges Clemenceau. Del Santa Ana -hoy demolido- persisten el maravilloso parque con árboles exóticos que Hileret hizo que el paisajista francés Carlos Thays construya para su hija y el mito oscuro del Perro Familiar, leyenda que ha surcado las noches de las zafras tucumanas. Un mojón: ahí, en 1930, se jodió Santa Ana, pueblo sepultado en el olvido. Hoy sus escasos habitantes –muchos trabajadores golondrina- pintan sus casas para rescatar algo de ese pasado casi mítico de centro crucial del mundo tucumano. Rescatarlo sin El Familiar, eso sí.
Origen e identidad
Para el Centenario se fueron consolidado las líneas de esa ilusión de progreso. Nace la Estación Experimental –dice Campi que el desarrollo científico industrial brasileño, que en los años 30 apostó al etanol- es copia del modelo tucumano surgido de las experiencias de la Eeaoc- y nace la Universidad para acompañar a la industria azucarera. Aunque hubo crisis por sobreproducción, eran tiempos de esplendor y Tucumán se animaba a contrarrestar la hegemonía rioplatense. Padilla advertía que, mientras Tucumán crecía, paulatinamente se iba despoblando el NOA y se beneficiaba el Puerto. Pero sostenía el concepto de que Tucumán era el centro original del NOA, que era el reservorio de la tradición y la identidad del país. El monumento a la Independencia en la Quebrada de Humahuaca da cuenta de esa visión ideal. Lo decía Manuel García Morente en 1937: Tucumán y el NOA –hasta Córdoba- eran la parte más antigua de la república.
En el interior tucumano hubo crecimiento social en circunstancias singulares: los pueblos azucareros pertenecían a la fábrica –señala la arquitecta Olga Paterlini- y hubo estructuras laborales y sociales en las que los obreros rurales tuvieron acceso a casas de material y a un sistema de vida organizador de las tareas.
Había, sí, miles de trabajadores golondrina tan pobres como los de hoy. Dice Campi que en los años 20-30 llegaría el concepto de la justicia distributiva, de conjugar desarrollo con prosperidad democrática. Ahí comenzó el drama del monocultivo, sin opciones. ¿En esos momentos comenzó a joderse el asunto? Llegó el Laudo Alvear. Surgieron los ingenios cooperativos (Marapa y Ñuñorco) y a su alrededor se gestaron poblaciones de clase media fuerte, que enviaron a sus hijos a la universidad y consolidaron sociedades pujantes, de diferente esplendor al industrial pero con idea de futuro. Dice Campi que el gobernador Miguel Critto –que abrió la ruta a Tafí e incorporó esa zona al mundo- probó un auto a etanol en los valles. ¿Imaginaba un futuro?
Tiempos de sueños
A comienzos de siglo, un industrial como Alfredo Guzmán se animó a tentar la diversificación –la pujante Granja Modelo (hoy ruinas perdidas) y a ensayar desde los primeros cultivos de limón hasta probar con gusanos de seda. A comienzos de los 60, el gobernador Celestino Gelsi definió como destino del sur el tabaco (hoy actividad moribunda) y del norte la cuenca lechera (que estaría siempre con crisis cíclicas) y comenzó la electrificación del este, poco dotado por la naturaleza. Igual, eran tiempos de sueños: la UNT se había proyectado al NOA desde los 30 a los 60.
Después se jodió todo. El dictador Onganía le dio el mandoble feroz a la provincia para desmantelar a lo bruto una industria que tambaleaba y comenzó la crisis social honda, el éxodo, la violencia, la feroz dictadura, la debacle económica.
¿Cuánto debatió la provincia su decadencia? Lo que vino después no reemplazó el perdido esplendor. ¿Tucumán es limón? Tiene superficies sembradas con citrus que abarcan más que los 90.000 km2 de San Miguel de Tucumán pero los limoneros están ahí en las rutas, protestando por un salario mínimo. ¿Tucumán es soja? Eso da riqueza a algunos pero no desarrollo. Vayan a ver los extensos campos del noreste tucumano y piensen qué puede hacer progresar a pueblos hundidos como Gobernador Piedrabuena. ¿Tucumán es arándano? Fruta deliciosa pero actividad limitada. ¿Tucumán es turismo? Tafí del Valle tiene que organizar su explosivo crecimiento. Amaicha y la zona de Quilmes tienen que definir su historia. Todavía falta mucho para resolver los conflictos por la tierra.
¿Dónde más hay turismo? Se acaba de comenzar a excavar la ciudad de Ibatín. El lugar promete. Se ha armado un gran circuito con el Cadillal. Falta que el entorno –incluidas las comunas de El Cadillal y de Ticucho- se sumen. Se quiere jerarquizar San Javier. Le falta ruta y agua. Se promete darle entidad al “Pozo del pescado” en Trancas. En Taco Ralo se ilusionan con hacer un circuito gastronómico con el cabrito (entre esa localidad y La Madrid proporcionan el 50% de los cabritos que se comercializan en Río Hondo). Parece que desde la época de la colonia en Taco Ralo se ilusionan con tener jerarquía con sus aguas termales. Pero es ilusión, nada más.
María Celia Bravo dijo que Tucumán ha ido cambiando con la industria azucarera pero que su identidad sigue siendo azúcar. ¿Cuál será el futuro? ¿El biocombustible? Hace 40 años que lamentamos las frustraciones del plan Alconafta. En 2021 –con el debate arduo por la ley en el Congreso- se vio cuán lejos estamos del centro del poder y cuánto influye el lobby petrolero (que está jaqueado en el mundo por la contaminación) para que acá no cambien demasiado las cosas. Y si cambiaran, ¿se derramarían los beneficios del etanol con justicia distributiva, como menciona Campi?
Otra grieta
Por estos días ha comenzado otra grieta, derivada de los anuncios gubernamentales de un plan de Fomento al Desarrollo Agroindustrial. El campo lo rechaza, el oficialismo tucumano lo recibe aplaudiendo, con la idea de que se van a dinamizar las economías regionales. “Estimular la agregación de las materias primas del agro por medio de procesos industriales en origen, que agregan valor a las cadenas, crean empleo de calidad, generan oportunidades para las comunidades rurales e incrementan la oferta de alimentos y fibras, aumentando las exportaciones y la generación de divisas”, dice el parte oficial. ¿Habrá pueblos prósperos como los que formaban parte de la ilusión de Tucumán antes de que se jodiera? ¿Puede salir eso de la grieta? ¿Qué tendrán que decir la Eeaoc, el Inti, el Inta, la Fundación Lillo, el Conicet, la Universidad y la Secretaría de Planificación de esta propuesta? Tiene algo interesante: se habla del Tucumán de 2030 y más adelante. ¿Refleja una mirada pensando en la provincia de dentro de tres décadas, como planteó el padre Marcelo Barrionuevo en el programa “Panorama Tucumano” (22/09)?
Tal vez alguien debería juntar a todos, plantear la viabilidad de los objetivos pequeños. Por ejemplo: Yerba Buena será destino de recreación, descanso y servicios, y por eso todos se quieren ir a vivir ahí; Monteros será una ruta de salud, randa y poesía, y el Valle será turismo, antes o después, eso se sabe. Sería importante pensar en ese crecimiento en el futuro. También, ver la fuerza de megaproyectos que delineen una senda que saque del pozo a lugares hundidos como los del este tucumano. Alguien que los junte y los haga preguntar no cuándo se jodió la provincia, sino “¿Quo vadis, Tucumán?”