Test rápido para padres. ¿Alguna vez contestaste “no sé”, “ni idea” o “dejame que googlee” cuando tus hijos te consultan cosas como por qué el cielo es azul o las arvejas circulares?

Si la respuesta es afirmativa no te preocupés, eso sólo implica que sos parte del 99,9% de la humanidad que intenta sobrevivir a la “edad de las preguntas”.

Durante esta etapa (de los dos a los cuatro/cinco años) nuestros hijos se valen del lenguaje para seguir descubriendo el mundo que los rodea y eso los lleva a compartirnos un montón de interrogantes que -muchas veces- no sabemos contestar.

“Por cansancio, hartazgo o al estar ocupados, es usual que los adultos demos respuestas aleatorias o rápidas para desligarnos del trabajo de sentarnos a charlar en profundidad. Sin embargo, es necesario tenerles paciencia porque en esta etapa se potencia el desarrollo de sus capacidades cognitivas”, comenta la psicóloga infantil Nancy Mediavilla.

Además, la manera en que los guiamos y contestamos también va a moldear a futuro su autoestima y algunos rasgos de la personalidad.

Sugerencias

Antes de arrancar la charla es importante chequear en qué lugar se encuentra parado el niño. Es decir, averiguar cuál fue el hecho puntual que activó su duda y lo que él ya sabe sobre el asunto.

“Resulta muy común que los chicos consulten sobre temas (como la sexualidad, muerte o embarazo) que para los padres requieren de grandes reflexiones o análisis para evitar meter la pata. En estos casos no hay que complicarnos porque la esencia de los planteos suele ser más simple de lo que imaginamos”, explica.

Otra opción es responder con un “¿y vos qué pensás?” para incentivarlos a plantear hipótesis por sí mismos.

“También es típico que luego aparezcan las repreguntas. Acá se vale volver a insistir con las mismas argumentaciones que ya dimos y va a llegar un momento en que ellos se quedarán satisfechos incluso si no entienden del todo la idea”, agrega la psicóloga infantil Cecilia Cardozo.

El lenguaje

Las palabras que usemos para aclarar sus incertidumbres deben ser sencillas y sin tecnicismos, sumado a mostrar muchos ejemplos ilustrativos.

“En esta instancia algo que suele avergonzar a los padres es la falta de filtros. Eso lleva a los niños a preguntar por qué una persona luce así mientras está parada al lado o consultar aspectos demasiados groseros en público”, agrega Mediavilla.

De hallarlos en esa encrucijada, la especialista recomienda evitar regañarlos o demostrarles que sus dudas molestan. En su lugar hay que trabajar sobre las nociones del espacio privado, la intimidad y confianza.

“Tampoco debemos demostrarles que existen temas prohibidos o evadir lo embarazoso de algunos diálogos con un ‘no tenés edad para saber eso’ o ‘cuando seas grande te explico’. Es necesario darles aunque sea una respuesta básica para que no crean que existen cosas negativas, secretas o malas para externalizarnos”, aconseja Cardozo.

Además, cuando el conocimiento se les niega, los niños buscan las respuestas por otro camino y su interés o angustia aumenta.

“La solución es elegir bien la información que se comparte y fijar entre ambos padres los límites de lo que se dirá. Tampoco hay que tenerle miedo al no sé. Es preferible tomarnos un tiempo para investigar a contestarles con mentiras que después deberemos aclarar”, sugiere.

La última advertencia es cuidar nuestras reacciones y evitar ridiculizarlos por la carga de “realismo mágico” de sus pensamientos.