Detrás de la guarangada, de la falta de respeto y de la incapacidad para tratarse como corresponde, hay una estrategia electoral y una campaña con vistas a las PASO.

El gobierno de Alberto Fernández hace esgrima con los escándalos de Olivos, que se convierten en chismes de alcoba; con la incapacidad para manejar la pandemia, porque mientras casi todo el mundo se desespera porque la gente se vacune en la Argentina seguimos preocupados por conseguir las vacunas; y, finalmente, con las dificultades de formar parte de una coalición política que no termina de ser tal.

Detrás de bambalinas transcurre otra historia. El gobierno nacional encuentra un camino más despejado por las cuestiones sanitarias. La posibilidad de combinar vacunas disimula el fracaso de la misión Sputnik V. Más vacunados implica mayor flexibilización en las restricciones. Los teatros podrán llenarse hasta un 75%, los negocios empezarán a sacudirse el polvo de la parálisis y eso, indefectiblemente, hace menos funesto el futuro inmediato y mejora el ánimo de los ciudadanos. ¡Qué más puede pedir el oficialismo! Fue la estrategia de prorrogar los comicios y aparentemente le estaría dando resultado positivo.

Al mismo tiempo el Gobierno consigue un poco de oxígeno con respecto a sus negociaciones con organismos internacionales y eso le ayudará a aflojar un poco el cinturón del ajuste y, obviamente, lo que no apriete la cincha será volcado a la vida electoral. Ya se lo está viendo. Hasta los bancos se animan a ofrecer créditos un poco más accesibles respecto de los de principios de año.

La favorita

Las elecciones cambian los humores sociales, pero también generan espejismos que después, cuando las urnas son historia pasada, el país entero termina padeciendo. Es que la contienda y la sed de triunfo todo lo justifican.

Pero el público que pueda estar viendo esta obra no debería dejarse llevar por el relato de los protagonistas. Hay un meta-texto escondido. La mayor cantidad de dinero que tenga el oficialismo para volcar en los próximos días tendrá un claro beneficiado. Sí, acertó. Tampoco era muy difícil de adivinar: Buenos Aires siempre será la provincia favorecida. Es el termómetro electoral. Allí se define todo, aunque los actores anden recitando largos parlamentos sobre el federalismo.

Justamente, y al igual que en 2017, el parámetro de los próximos comicios será el territorio bonaerense. Su enorme cantidad de electores marca una gran diferencia y concentra la atención y la estrategia de los contendientes. El gobierno de la provincia tiene en Axel Kiciloff un lastre porque el ex ministro de Economía de Cristina no termina de consolidarse. Sin embargo, la oposición tampoco logró poner el mejor equipo en la cancha, sobre todo al borrarse y pedir cambio la mismísima María Eugenia Vidal. Para completar el cuadro, en estos días a Facundo Manes lo están matando los de su propio espacio, antes que los rivales del oficialismo.

En el Santa Fe de Omar Perotti, la aparición del ex ministro de Defensa Agustín Rossi le dio más ilusiones al oficialismo. No le asegura un triunfo, pero un “empate” sería un alivio que se festejará, más allá de las internas palaciegas.

En Mendoza no hay una gran preocupación para las PASO. El oficialismo de Juntos para el Cambio está más preocupado por organizar el festejo, y por organizarse para las generales, que por la disputa. Y a la oposición peronista sólo le queda encontrar los mejores argumentos para reconocer los resultados.

Algo parecido ocurre en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, donde el peronismo incluso ha apostado a un dirigente de perfil absolutamente diferente a lo acostumbrado, como Leandro Santoro que tuvo origen radical. Horacio Rodríguez Larreta, en tanto, monitorea y cuenta votos en todo el país, pero no va a dejar que se le escape ni una boleta en su terruño.

Mientras el sur del país es anotado en la Casa Rosada como propio, en el norte saben que Jujuy es como Mendoza y que Salta no les promete nada con el kirchnerismo jugando por afuera.

Córdoba, en tanto, se para en el centro del país como un híbrido. No anda sólo con nafta, pero tampoco tiene autonomía eléctrica. El contador Juan Schiaretti es peronista, pero no comulga con el kirchnerismo. Por lo tanto, el resultado va a ser incierto y en Olivos no lo cuentan como propio.

La reyerta

Despejadas estas variables nacionales, en Tucumán el oficialismo está en otra. Hay una pelea personal, desgarradora, entre el gobernador y el vicegobernador. Convivieron como hermanos gemelos durante seis de los ocho años de gobierno. Fueron ambos a la casa de José Alperovich como dos chicos obedientes que visitaban a su padre. Pero, finalmente, la sangre llegó al río.

Aunque no lo diga, aunque no lo nombre, Juan Manzur quiere liquidar políticamente a Osvaldo Jaldo. En medio de su silencio, el mandatario provincial sueña con que en 2023 el apellido Jaldo no se lea en ninguna pared ni en ninguna papeleta electoral. Cabe aclarar que no hay proyectos diferentes en pugna. Jaldo y Manzur son lo mismo. Y ahí comienza el riesgo que siguen atentamente desde Buenos Aires. Al no haber diferencias no suman, restan.

La coincidencia

Las encuestas que van y vienen. Los sondeos se muestran en las mesas de café; se mandan por WhatsApp aunque siempre tachando los datos comprometidos. Los encuestadores por ahora prefieren no aparecer, se esconden. Sin embargo, los números parecen mostrar razones y no tantas mentiras.

La mayoría coincide en que Manzur lleva las de ganar con un porcentaje que no le augura los 400.000 votos que acostumbra sacar el oficialismo tucumano. Y si se suman los porcentajes -siempre menores que los de Manzur- que le auguran a Juntos por el Cambio, la oposición estará mordiéndole los talones al oficialismo.

Lo curioso es que los números de los distintos opinólogos son muy parecidos, por lo tanto el peronismo tucumano ha hecho una apuesta muy riesgosa y el sueño podría convertirse en una pesadilla. Eso puede ocurrir apenas concluyan las PASO, pero podría durar hasta 2023.

Manzur, durante los años de convivencia con Jaldo, no ha aprendido algunas características propias de su vicegobernador. El hombre de Trancas tiene un nivel de pelea -así lo viene demostrando- propio de los Rottweiller. No será un dócil rival que aceptará una derrota o una diferencia. Pero, además, en la Casa de Gobierno no pueden olvidar que aún quedarán dos años de Gobierno.

Manzur habrá podido -tal vez- hacerle morder el polvo de la derrota a Jaldo, pero no podrá sacarlo de la poltrona mayor del tercer piso de la Legislatura. La historia reciente de Tucumán cuenta que desde ahí es tal el poder de daño que se puede ejecutar que los gobernadores no suelen volver a dormir en paz cuando las desavenencias indigestan la relación con sus compañeros de fórmula.

Las artimañas que el vicegobernador utilizó para salvar a su hijo putativo, el vocal de la Corte Daniel Leiva, fue apenas una pequeña muestra de lo que puede realizar.

La humareda

Cuando las PASO hayan concluido es muy posible que la sonrisa de Manzur esté justificada por un triunfo. Pero la cercanía de los votos de la oposición, y la amenaza que implicará un Jaldo herido, lo obligarán a cambiar algunas estrategias y a endurecer sus gestos.

Al igual que en Buenos Aires, en Tucumán la contienda electoral ha salido a escena y ha tomado el control de los protagonistas. Sin embargo, los espectadores no pueden ver muy mucho porque el humo de la quema de caña no sólo hipoteca los pulmones de las generaciones que vienen -tal cual lo alertó esta semana el doctor Juan González-, sino que también también pone en riesgo a los que transitan por las rutas, a la vez que incrementa los daños ambientales.

Esa tal vez sea la metáfora de la transparencia institucional de la provincia.